Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
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Capítulo 7: La voz de la advertencia
El aire en el despacho de Eric se sentía enrarecido, como si los propios muros de caoba y las hileras de tomos jurídicos juzgaran cada uno de sus movimientos. Eran las cinco de la tarde de un martes gris. Sobre el escritorio no descansaba ningún borrador de demanda, sino un extracto bancario con tres transferencias consecutivas a una cuenta desconocida: depósitos de garantía, pagos en tiendas departamentales y el saldo de un tratamiento dental estético. Todos a nombre de Patricia Albarracín.
Eric tamborileó los dedos sobre el papel, sintiendo un cosquilleo de irritación bajo la piel. Patricia se había vuelto experta en deslizar pequeños desastres financieros en medio de caricias y miradas desamparadas: «Eric, amor, el dueño del monoambiente me pide un adelanto imprevisto o me desaloja», «Eric, me da vergüenza presentarme a las entrevistas con esta ropa vieja, no consigo trabajo si parezco una pordiosera». Y él, incapaz de romper el espejismo del protector infalible, había firmado cada cheque.
Dos golpes secos en la puerta de madera interrumpieron sus pensamientos.
—Adelante —dijo Eric, apresurándose a deslizar el extracto bancario bajo una carpeta de fojas judiciales.
La puerta se abrió y Julián entró a la oficina. No traía la habitual sonrisa desparramada ni la actitud distendida de los viejos tiempos universitarios. Su rostro estaba tenso, con la mandíbula apretada y una rigidez en los hombros que auguraba tormenta. Cerró la puerta con llave a sus espaldas, un gesto que encendió de inmediato las alarmas de Eric.
—¿Qué haces, Julián? Tengo una reunión con un cliente en veinte minutos.
—Cancélala —ordenó Julián, acercándose al escritorio a paso firme—. O dile a tu secretaria que atienda ella. Tú y yo vamos a hablar ahora mismo, y no me voy a mover de esta silla hasta que me mires a los ojos como un hombre.
Eric suspiró con fastidio teatral, reclinándose en su sillón ergonómico y cruzando los brazos sobre el pecho.
—Si vienes a darme otro sermón por haber llegado tarde al cumpleaños de mi madre, ahórratelo. Ya me disculpé con ella y le envié un ramo de flores ayer por la tarde.
—A tu madre no le importan tus flores de disculpa compradas por encargo, imbécil —espetó Julián, inclinándose sobre el escritorio y plantando ambas palmas contra la madera lustrada—. Tu madre estuvo llorando toda la noche del domingo. ¿Y sabes por qué? No porque llegaste tarde, sino porque conoce el olor del veneno antes de verlo. Estuviste en el centro comercial con Patricia.
La sangre se retiró de las mejillas de Eric en un fogonazo helado. Intentó sostener la mirada de su amigo, pero sus pupilas vacilaron medio segundo hacia un costado.
—No sé de qué hablas. Te dije que estaba atendiendo una cautelar...
—¡Deja de mentirme a mí! —rugió Julián, bajando la voz lo suficiente para no alertar al pasillo, pero cargándola de una furia demoledora—. Marcos te vio, Eric. Te vio salir de una boutique de lencería cargándole las bolsas como un sirviente mientras ella te colgaba del brazo como si fuera la dueña de tu billetera. ¡Marcos te vio con sus propios ojos! Y se quedó callado por pura lealtad a nuestro grupo, por no quebrar a Aurora en mil pedazos delante de tu familia.
Eric apretó los puños debajo del escritorio. La sensación de ser descubierto, de ver desnudada su doble vida frente a su hermano de toda la vida, no le provocó arrepentimiento, sino una rabia ciega, hija del orgullo herido.
—No es lo que parece —masculló Eric, levantándose para igualar la estatura de Julián—. Patricia volvió destruida. La estafaron, la golpearon, no tiene a nadie. Solo la estoy ayudando a ponerse de pie. ¿Desde cuándo ser solidario con alguien que la está pasando mal es un crimen?
—¿Solidario? —Julián soltó una risa seca, desprovista de gracia, cargada de desprecio—. ¿De verdad eres tan ciego o te volviste completamente estúpido? ¿Ya te olvidaste de cómo te dejó esa mujer? ¿Te olvidaste del año entero que pasaste arrastrándote como una rata en un sillón inmundo, deseando no despertar al día siguiente? ¡Patricia te tiró a la basura cuando no tenías un centavo! Se fue con un tipo que tenía tres autos y cincuenta años sin importarle si te morías de hambre. Y ahora que ese tipo la echó a patadas porque se gastó su dinero, viene a buscar al perrito fiel que ahora tiene título universitario y despacho propio. ¡Te está usando, pedazo de idiota!
—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada de lo que pasó entre ella y yo! —gritó Eric, perdiendo los estribos, señalando a Julián con el dedo índice—. Patricia se equivocó, sí, pero fue joven e inmadura. Está arrepentida de verdad. Me lo dijo llorando. ¿Crees que me divierte verla humillada? Ella reconoció que fui el único hombre que la quiso en serio.
—¡Claro que te lo dijo llorando, porque sabe exactamente qué botón apretarte para que saques la chequera! —le retrucó Julián, golpeando la mesa con el puño—. Patricia nunca amó a nadie en su maldita vida. Patricia ama los departamentos de lujo, las cenas caras y las fotos en revistas sociales. ¿Y tú qué estás haciendo? Arruinando lo más valioso que te pasó en la vida por una fantasía barata. Aurora te recogió de la nada. Te cocinó, te tomó las lecciones de la facultad, te levantó la autoestima, puso de sus ahorros para abrir este estudio contigo... ¡Aurora es una santa que te dio una vida!
—¡Aurora no es una santa! —escupió Eric, con una amargura venenosa que asustó al propio Julián—. ¡Aurora es perfecta! Todo el tiempo perfecta, implacable, correcta. Nunca comete un error, nunca pierde los estribos, nunca necesita nada de mí. ¿Sabes lo que se siente vivir con alguien ante quien siempre estás en deuda? ¡Estoy harto de sentirme el proyecto de rehabilitación de Aurora! ¡Harto de que todos me miren como si fuera un perro callejero al que ella le hizo el favor de adoptar!
Julián se quedó petrificado, mirándolo con una mezcla de horror y lástima profunda. Dio un paso atrás, negando lentamente con la cabeza.
—Así que de eso se trata... No es amor por Patricia, Eric. Es tu maldito ego. No soportas que Aurora sea más brillante, más digna y mejor persona que tú. Prefieres revolcarte en el barro con una oportunista que te aplauda las gracias a cambio de billetes, antes que estar a la altura de la mujer que tienes en tu casa.
—Vete de mi oficina, Julián —ordenó Eric con la voz temblorosa, la mandíbula desencajada y los ojos inyectados en sangre—. Vete antes de que olvide los años de amistad que tenemos.
—La amistad la rompiste tú cuando decidiste convertirte en un traidor —sentenció Julián con frialdad implacable, caminando hacia la puerta—. Pero grábate esto en la cabeza, Eric: el día que Aurora se entere de toda la verdad —y se va a enterar, porque ella es diez veces más inteligente que tú—, no va a hacer un escándalo. No va a gritar ni te va a rogar. Te va a borrar de su vida como si hubieras sido una pesadilla. Y cuando Patricia te deje en la ruina otra vez, porque lo va a hacer, no te molestes en tocar mi puerta. Para mí, desde hoy, estás muerto.
La puerta se cerró de golpe con un chasquido sordo que resonó en el silencio del despacho.
Eric se desplomó pesadamente en su sillón, respirando con dificultad, con la frente perlada de sudor frío. Las palabras de Julián le zumbaban en los oídos como martillazos, provocándole una náusea profunda. Por un segundo, la niebla de su soberbia pareció disiparse, dejándole ver el abismo al que se estaba asomando a toda velocidad.
Pero entonces, el teléfono en su bolsillo vibró.
Era una notificación de mensaje de texto. Eric lo sacó con manos temblorosas. En la pantalla iluminada, un mensaje de Patricia brillaba en la penumbra:
> «Mi amor, pasé por tu departamento para dejarte unos papeles y vi a tu esposa salir... Qué mujer tan fría, Eric. Se nota que no te cuida ni te entiende como tú mereces. Te estoy esperando en mi casa con tu postre preferido. Ven a refugiarte conmigo, mi héroe.»
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Eric leyó las líneas tres veces. En lugar de advertir la flagrante provocación y el cerco peligroso que Patricia tendía sobre su hogar, la adulación barata volvió a adormecer su juicio moral. Cerró los ojos, suspiró con resignada cobardía y guardó el teléfono.
La advertencia de su mejor amigo había caído en saco roto. El destino de Eric estaba sellado, y él mismo se encargaba de empujarse, paso a paso, directo al matadero.