Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
NovelToon tiene autorización de Ariane Salvatore Falcó para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 8
El viento aullaba fuera como una manada de lobos hambrientos, golpeando las planchas de metal que Susana había logrado arrastrar desde los restos del ala del avión de Mikhail para sellar la entrada de una pequeña cueva natural entre las rocas. Dentro, el único sonido era el siseo de una bengala térmica de emergencia que arrojaba una luz roja y vacilante, bañando las paredes de piedra con sombras alargadas.
Susana estaba arrodillada sobre el suelo congelado, con sus manos temblorosas presionando una manta térmica sobre el pecho de Mikhail. Él estaba pálido, con un hilo de sangre seca recorriendo su sien castaña, pero su respiración, aunque lenta, era constante.
—Por favor, Mikhail... despierta —susurró ella. Su voz, siempre cargada de sarcasmo y fuego, sonaba ahora pequeña, rota por la inmensidad del silencio blanco que los rodeaba.
Había pasado la última hora arrastrándolo a través de la nieve, usando cada gramo de fuerza de sus 1.65 metros para ponerlo a salvo antes de que la tormenta magnética los borrara del mapa. En ese tiempo, la Teniente Reyes, la chica dura de Arizona, había desaparecido, dejando solo a una mujer aterrorizada por la posibilidad de perder al hombre que, hasta hace unas horas, era su mayor dolor de cabeza.
El Despertar del Glaciar
Mikhail soltó un gruñido profundo. Sus párpados vibraron y, lentamente, esos ojos azules que parecían fragmentos de hielo se abrieron, desenfocados por la conmoción. Lo primero que vio fue el rostro de Susana, a escasos centímetros del suyo. Sus ojos cafés estaban empañados, y una sola lágrima trazaba un camino limpio sobre su piel manchada de hollín y nieve.
—¿Reyes? —Su voz era un rastro de ceniza, apenas un siseo.
Al escucharlo, Susana soltó un sollozo ahogado que no pudo reprimir. Se dejó caer sobre su pecho, abrazándolo con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
—Estás vivo... maldito seas, Volkov, estás vivo —sollozó ella, aferrándose a su uniforme como si temiera que fuera un espejismo.
Mikhail se quedó rígido. Su mente aún procesaba el impacto, pero el calor del cuerpo de Susana y la humedad de sus lágrimas en su cuello eran realidades que no sabía cómo manejar. Su instinto era apartarla, recuperar su máscara de hierro, pero el dolor en sus costillas y la extraña vulnerabilidad del momento lo mantuvieron inmóvil.
—Teniente... sus protocolos de distancia personal están... gravemente comprometidos —logró decir Mikhail, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual.
Susana se apartó bruscamente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano y forzando una sonrisa que temblaba en las comisuras. La etapa de pánico absoluto había pasado; ahora necesitaba recuperar su armadura.
—Vaya, despertó el "Capitán Protocolo" —dijo ella, soltando una risita nerviosa mientras se acomodaba el cabello borgoña, ahora desordenado y lleno de escarcha—. Por un momento pensé que tendría que cargar con un cadáver de 1.90 por toda Siberia. ¿Sabes lo pesado que eres? Es como arrastrar un tanque T-90 cuesta arriba.
Optimismo bajo Cero
Mikhail intentó incorporarse, soltando un quejido de dolor cuando sus costillas protestaron. Susana lo ayudó de inmediato, colocando su mochila detrás de su espalda.
—No se mueva mucho, "Hulk". El avión se desintegró bastante bien, pero tú decidiste usar tu cabeza para frenar el impacto —bromeó ella, revisando la herida de su sien con dedos que aún temblaban ligeramente.
Mikhail la miró, observando cómo ella intentaba mantener el ánimo alto a pesar de que estaban atrapados en medio de una tormenta letal.
—¿Por qué no regresó a la base, Reyes? —preguntó él, su mirada volviéndose severa—. Desobedeció una orden directa. Su carrera está terminada.
—Oh, por favor, Mikhail. Mi carrera ya era un desastre desde que decidí que mi color favorito de cabello era el borgoña —replicó ella con un guiño descarado—. Además, ¿quién más iba a soportar tus sermones si te dejaba aquí? Rusia necesita a su "Capitán Hielo" para mantener el equilibrio climático. Sin ti, el calentamiento global ganaría en dos días.
Mikhail cerró los ojos un momento, exasperado.
—Estamos en el sector prohibido, sin radio, con una tormenta magnética que impide el rescate aéreo y con temperaturas que bajarán a treinta bajo cero en una hora. No veo el motivo de su... humor.
—Bueno, míralo por el lado bueno —dijo Susana, sentándose a su lado y pegando su hombro al de él para compartir calor—. Es la primera vez que aceptaste una cita a solas conmigo. Un poco extrema para mi gusto, y el servicio de habitaciones deja mucho que desear, pero la iluminación roja te hace ver muy... misterioso. Casi parece que tienes sentimientos.
Mikhail giró la cabeza para mirarla. La luz de la bengala acentuaba la belleza de Susana, la curva de su sonrisa y esa chispa indomable en sus ojos que nada podía apagar. A pesar de la situación desesperada, ella seguía siendo fuego.
—Es usted una mujer irritante, Teniente Reyes —sentenció él, pero esta vez no había odio en sus palabras, solo una resignación cansada.
—E irritantemente hermosa, no lo olvides —completó ella, dándole un suave codazo—. Vamos, Mikhail, admite que te alegra verme. Al menos soy mejor compañía que un oso polar hambriento.
Mikhail guardó silencio durante un largo rato. El viento rugía fuera, pero dentro del refugio, el aire se sentía denso, cargado de una intimidad forzada.
—Me alegra que esté a salvo, Susana —dijo él finalmente, usando su nombre de nuevo. Su voz era baja, despojada de su autoridad militar—. Pero no debió quedarse. Un buen piloto sabe cuándo sacrificar una pieza para salvar el resto de la formación.
Susana dejó de sonreír por un momento. Apoyó la cabeza en el hombro de él, ignorando si él la apartaría o no. No lo hizo.
—Yo no juego al ajedrez con las personas que me importan, Mikhail —susurró ella—. En México decimos que la familia y los compañeros no se dejan atrás, ni en el sol ni en la nieve. Así que tendrás que aguantarme hasta que vengan por nosotros. Y prepárate, porque tengo una lista de chistes sobre rusos amargados que te va a encantar.
Mikhail soltó un suspiro que sonó casi como una risa sofocada. Su mano, todavía fría, se movió tentadoramente cerca de la de Susana, pero se detuvo a medio camino.
—Tengo la sensación —murmuró él, mirando hacia la entrada sellada— de que la tormenta fuera va a ser mucho más pacífica que pasar la noche escuchando sus bromas, Teniente.
—Ese es el espíritu, Capitán —rió ella, cerrando los ojos por un segundo, disfrutando del simple hecho de que él estaba allí, sólido y vivo—. Mañana nos rescatarán, y entonces podré decirles a todos que el gran Mikhail Volkov necesitó que una chica de Arizona le salvara el trasero. Esa historia va a ser legendaria en la cantina.
Mikhail no respondió, pero por primera vez, no se alejó. En la oscuridad roja del refugio, el hielo y el fuego finalmente habían encontrado un punto de tregua.