Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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El que también recuerda
La figura sin rostro no avanzó.
Se quedó inmóvil en el umbral de la puerta, ocupando el espacio como una amenaza que no necesita moverse para imponer su presencia. El aire temblaba a su alrededor en ondas casi visibles, y yo sentía esa vibración profunda en los huesos, como un zumbido antiguo que reconocía mi sangre y respondía a ella.
—Respira —ordenó la Voz dentro de mí, baja y urgente—. Te está midiendo. No le des ninguna debilidad.
—Que termine de hacerlo —respondí en voz alta, con la espalda recta y la voz firme a pesar del terror que me apretaba el pecho.
La sombra inclinó la cabeza una vez más, un gesto lento y deliberado, como si evaluara una respuesta que no esperaba encontrar.
—No huyas dijo. Su voz no era voz; era un eco que reverberaba directamente en mi mente.
—No obedezco —corregí, sosteniéndole la mirada aunque no tuviera ojos visibles.
Hubo un silencio denso, cargado, que pareció durar una eternidad. Luego, la oscuridad retrocedió un paso. No desapareció; simplemente se replegó sobre sí misma, como una marea paciente que decide esperar otro momento.
—Aún no —susurró antes de desvanecerse—. Pero aprenderás.
La presión opresiva se disipó de golpe. La luz del techo regresó en sacudidas irregulares, parpadeando hasta estabilizarse. Las paredes volvieron a ser solo paredes. La casa recuperó su apariencia normal, aunque yo sabía que nada volvería a ser normal nunca más. El teléfono se me escapó de la mano y cayó al suelo con un golpe sordo cuando la llamada se cortó sin ninguna despedida.
Me quedé sola.
O eso quise creer.
—Se fue —murmuré, apoyándome contra la pared para no caer.
—Te marcó —respondió la Voz, con un tono grave—. No es lo mismo. Ahora llevas su huella.
No tuve tiempo de procesar sus palabras. Tres golpes firmes resonaron en la puerta principal de la habitación. Golpes humanos. Reales. Insistentes.
Abrí con cautela, manteniendo el cuerpo parcialmente oculto tras la hoja de madera.
Él estaba allí.
Alto, empapado por la lluvia torrencial, con el cabello oscuro pegado a la frente y el rostro tenso, los ojos demasiado despiertos y alertas para esa hora de la noche. No era Adrián. No era nadie cuyo rostro recordara con claridad… y, sin embargo, algo en su presencia resonó de inmediato en mi interior, como un eco familiar que no lograba ubicar.
—No tenemos mucho tiempo —dijo sin saludos, ni preámbulos—. ¿Puedo pasar?
Lo miré directamente a los ojos, buscando cualquier señal de engaño.
—Dime algo que solo yo sepa —exigí.
No dudó ni un segundo.
—Moriste pensando que nadie te escuchó gritar mi nombre —respondió en voz baja—. Pero yo sí. Te escuché.
El mundo se estrechó a mi alrededor hasta convertirse en un túnel.
—Pasa —dije, abriendo la puerta del todo.
Cerré tras él con llave y eché el pestillo. Se movía como alguien que conocía el peligro de forma íntima: atento a cada sombra, a cada reflejo en los muebles, a cada sonido que no encajaba con la normalidad de la casa.
—Me llamo Gabriel —dijo, quitándose el abrigo mojado y dejándolo sobre una silla—. Y no estoy vivo como tú entiendes la palabra “vida”.
—Empieza por el principio —pedí, cruzando los brazos.
—El principio no nos pertenece a ninguno de los dos —respondió con una sonrisa amarga—. Solo el punto donde despertamos nos une.
Nos sentamos frente a frente en las dos butacas junto a la ventana. Él se frotó las manos con fuerza, como si el frío que sentía no viniera del clima exterior sino de algo mucho más profundo.
—Yo estuve allí —continuó—. La noche en que moriste. No te vi caer… pero te sentí. El pacto se cerró y algo se quebró dentro de mí al mismo tiempo. Una fisura que nunca se cerró del todo.
—¿Qué eres exactamente? —pregunté, sin rodeos.
—Una fisura —respondió con sencillez—. Un error menor que sobrevivió al error mayor. Alguien que pagó un precio parecido al tuyo, pero no llegó a morir del todo.
La Voz en mi interior se tensó de inmediato.
—Es uno de los afectados —advirtió—. No un elegido. Ten cuidado con lo que le revelas.
—¿Por qué ahora? —le pregunté a Gabriel, ignorando por un momento la advertencia—. ¿Por qué venir a mí precisamente esta noche?
—Porque tú regresaste —dijo, mirándome con intensidad—. Cuando lo hiciste, los que estamos a medio camino… recordamos. Fragmentos. Dolor. Imágenes que no tenían sentido hasta que apareciste tú.
Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una cadena antigua de plata ennegrecida. En el centro colgaba un símbolo que reconocí al instante: el mismo que había visto arder la noche anterior, marcado en el suelo donde cayó mi sangre.
—Esto me quema desde entonces —explicó, mostrándomelo—. Cuando me acerco a ti, el dolor disminuye. Como si tú fueras el contrapeso que necesitaba.
Me levanté despacio, con los nervios a flor de piel.
—Entonces dime la verdad completa. Sin omisiones.
Gabriel respiró hondo, como si estuviera reuniendo fuerzas.
—El pacto exige equilibrio absoluto. Tú fuiste el precio que se pagó. Al volver, abriste una deuda enorme en el sistema. Ellos necesitan cerrar esa cuenta cuanto antes.
—¿Con mi muerte otra vez? —pregunté, sintiendo cómo se me helaba la sangre.
—O con tu reemplazo —respondió sin suavizarlo.
El silencio cayó pesado entre nosotros.
—¿Reemplazo de qué?
—De lo que sostiene la grieta —dijo Gabriel—. De lo que evita que lo antiguo cruce del todo hacia este lado. Tu sangre era el ancla. Ahora esa ancla está suelta.
La Voz habló de nuevo, grave y cercana:
—No le digas más de lo necesario. Aún no sabemos de qué lado está realmente.
—Necesito saber —respondí en voz alta, mirando a Gabriel—. Para decidir qué hacer.
Gabriel sostuvo mi mirada sin parpadear.
—Si aceptas lo que eres ahora, dejarás de ser invisible para ellos. Te cazarán sin descanso. Si no aceptas… buscarán a alguien más. Y esa persona no sobrevivirá al proceso.
Tragué saliva con dificultad.
—Así que la opción es convertirme en… esto, o permitir que otra persona muera en mi lugar.
—No hay caminos limpios en este juego —dijo Gabriel con tristeza—. Nunca los hubo.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la ciudad que seguía latiendo abajo, inocente y ajena a todo.
—¿Cuántos como tú hay? —pregunté sin girarme.
—Muy pocos —respondió—. Y cada día somos menos. Algunos desaparecen. Otros… simplemente dejan de recordar quiénes fueron.
Me giré hacia él.
—Entonces escucha bien —dije, con una determinación que me sorprendió incluso a mí misma—. No voy a huir. No voy a esconderme. Y no voy a permitir que esto se repita con otra vida inocente.
Gabriel asintió lentamente. En sus ojos apareció algo parecido al alivio, como si hubiera estado esperando esas palabras durante mucho tiempo.
—Por eso te buscaba —murmuró.
La Voz resonó dentro de mí, más cerca que nunca:
—Cuidado. Elegir es cruzar una línea que no se puede deshacer.
—Lo sé —respondí en voz baja—. Y aun así elijo.
Un trueno lejano sacudió el cielo fuera de la mansión.
—Entonces —dijo Gabriel, poniéndose de pie— tenemos que movernos. Antes de que ellos decidan por nosotros.
Tomé mi abrigo negro del respaldo de la silla y me lo puse con gestos precisos.
—Llévame con los que recuerdan.
Él sonrió por primera vez. No fue una sonrisa de alegría. Fue una sonrisa de reconocimiento mutuo, de dos almas que habían sobrevivido a lo imposible.
—Bienvenida al otro lado, Eliana —dijo.
Salimos juntos a la noche húmeda y tormentosa.
Y supe, sin necesidad de que nadie lo dijera, que acababa de romper la primera regla del pacto.