María, enamorada del príncipe de sus sueños como toda doncella, todo a su alrededor caera cuando descubra que no todo lo que creía, era real, y la desilusión la lleva a tomar una decisión, un sacrificio que cambiará su vida y la de todos los reinos.
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CAPÍTULO 08
Omar al escuchar lo que le decía movió la cabeza a los lados en desaprobación a sus palabras y serio le dice. – Aquiles, tenemos varios años viniendo por las jóvenes a los reinos, creo que empezamos cuando teníamos 12 años y ya tengo yo 27 años, tú tienes 25 años, pero en todo este tiempo que hemos viajado juntos tú nunca te acercaste a ninguna joven, siempre fuiste indiferente con todas, hasta con unas que eran prepotentes, que se creían princesas, que trataron de humillarnos, nunca les diste importancia.
Siempre me mandabas a mí o a alguien más a tratar con el problema, pero esta vez, ella no estaba haciendo nada, estaba tranquila, es más subió al barco voluntariamente, nadie de su familia vino a despedirla y me di cuenta porque estuve viendo todo el espectáculo de cada una de las jóvenes que han subido a este barco.
Ella sí es una joven extraña, sin mencionar lo hermosa que es, tiene un cabello negro increíble y si miraste el lunar de pelo blanco que tiene al frente eso la hace que llame más la atención; tiene un pecho grande, es imposible no verlo si le resalta a pesar del vestido que la tapa hasta la clavícula, la cinturita tan pequeña que se le mira, creo que nuestras manos sí la abarcan sin problemas, solo habría que ver sus piernas y su trasero, que si es grande la mujer perfecta.
Aquiles empuña la mano y da un fuerte golpe a la barandilla de madera que rodeaba toda la orilla del barco, le molestó mucho que mencionara el cuerpo de ella, que hablara de su belleza; no entendía qué le pasaba ya que no era la primera vez que hablaban de las partes del cuerpo de una mujer, pero extrañamente lo hizo enojar porque su mejor amigo mencionó todo lo que él miro en la joven.
Tenía que calmarse, no podía mostrarle a su amigo que sus comentarios le estaban molestando, que no le gustaba nada que hablara de lo buena que estaba esa mujer; se dio media vuelta y tratando de sonar tranquilo le dice. – Me voy a dormir, hazte cargo de todo.
Empezó a caminar a su camerino que estaba en la misma área donde estaban todas las jóvenes, al dar unos pasos escuchó la risa de Omar, pero prefirió ignorarlo, apresuró su paso hasta que cruzó la puerta y dejó de oírlo.
Empezó a caminar por ese largo pasillo que estaba lleno de puertas que eran de los cubículos de todos lo que iban en ese barco y de las 25 mujeres que llevaban; por un momento miró cada una de las puertas pensando cual sería el de ella, algo que sintió ridículo, en su vida le había importado saber sobre una de las mujeres que sacaban de los reinos.
Molesto empezó a caminar mientras se decía así mismo “que no era porque le importara, que eso solo era porque era una mujer que ocupaba que la pusieran en su lugar.”
Camino rápido hasta su cubículo, que era el último de la fila, sin saberlo, ella estaba en el cubículo de enfrente; una vez que entró y cerró la puerta empezó a quitarse la ropa, se metió al baño para remojarse el cuerpo.
Su cubículo era el más grande de todo el barco y el único que tenía un baño, que tenía un barril lleno de agua, que usaba diario, tres de los hombres se encargaban de llenarlo todo los días, acarreaban el agua de la bodega, que estaba en la planta baja del barco, donde llevan almacenada bastante para los meses que duraban en el mar, aunque hacían una parada a los 4 meses en el mar se encontraban con una isla desierta, donde podían abastecerse de agua natural, algunas frutas y carne, porque había algunos pájaros comestibles, jabalí, víbora de cascabel que podían comer su carne, venado, iguana, era lo que podían encontrar en ese lugar.
También tenía una letrina que era un tubo que daba al mar, tenían sus propios inventos, lo que hacía la parte donde se sentaban para hacer sus necesidades era como una bacinica que era de café claro, bien tallada, para que fuera lo más cómodo posible.
La misma agua que usaba para bañarse se iba por el tubo que servía para la letrina estaban unidos en el suelo; estaba bien organizado y no se provocaba ni un mal olor, también había unos aromatizantes creados con pétalos de flores y otras hierbas.
Ese baño solo era usado por él, nadie más podía entrar ahí, tenía su propio jabón que estaba creado de una manera simple, tallaba el cuerpo al usarse, tenía un olor simple, que ayudaba a mantenerse limpio.
Una vez que terminó de refrescarse el cuerpo, tomó una toalla, se secó todo el cuerpo y al salir del baño, se recostó en su cama, que era matrimonial, perfecta para que dos personas pudieran dormir.
Su cubículo era bastante grande, donde podía tener esa gran cama pegada a la pared que daba al baño, una mesa cuadrada de madera, cuatro sillas, que estaban en medio a unos tres pasos de donde estaba su cama, a un lado de la puerta de entrada tenía un ropero de madera donde guardaba su ropa; era un hombre ordenado, le gustaba tener todo en su lugar y su espacio lo tenía limpio, algo de lo que su gente se hacía cargo.
A un lado de la cama había una pequeña mesa que tenía clavada al suelo y sobre la mesa tenía candelabro para tres veladoras, lo tenía clavado; al estar en el mar le gustaba que eso estuviera seguro, una vela mal puesta podía causar un incendio y en eso sí era bastante cuidadoso, por eso a las jovencitas no les daban veladoras, las dejaban a oscuras.
Aquiles no había prendido ninguna veladora, conocía tan bien su camerino que no hacía falta ver por donde caminaba, hasta el baño sabía dónde estaba cada cosa, pero esa noche menos que nunca ocupó de la veladora, la luz de la luna que entraba por la escotilla que tenía arriba de la mesa, justo a la altura donde él podía ver.
Se había quedado desnudo, era la forma en que le gustaba dormir. Mientras estaba recostado se quedó pensando en la joven que lo molestó, era extraño, pero no se la podía sacar de la cabeza y no por la forma en que le contestó, ahí le daba la razón a su amigo, la joven era hermosa.
Se quedó recordándola, imaginando su cuerpo, en cómo sería verla sin ese vestido que la cubría completamente y no dejaba ver exactamente como era, se podía imaginar unas piernas gruesas, un buen trasero redondo, con caderas grandecitas, pero no exageradas; en su imaginación la tenía completamente desnuda, pensando en cómo sería y eso no fue nada bueno para él, su hombría reaccionó, haciendo que tuviera una muy mala noche, apenas pudo dormir un poco.
No podía creer lo que le estaba pasando, esa mujer le estaba quitando su tranquilidad, lo provocaba de una manera que lo descontrolaba hasta el punto de quitarle el sueño y eso si lo hacia sentirse molesto con ella; en toda su vida nunca había tenido problemas para poder dormir hasta este día, esa mujer se había apoderado de sus pensamientos como si fuera una hechicera y eso realmente no le gustaba nada.