Jay y Gio llevan juntos tanto tiempo que ya podrían escribir un manual de matrimonio... o al menos una lista de reglas para sobrevivirlo. Casados desde hace años, su vida es una montaña rusa de momentos caóticos, peleas absurdas y risas interminables. Como alfa dominante, Gio es paciente, aunque eso no significa que siempre tenga el control y es un alfa que disfruta de alterar la paz de su pareja. Jay, por otro lado, es un omega dominante con un espíritu indomable: terco, impulsivo y con una energía que desafía cualquier intento de orden.
Su matrimonio no es perfecto, pero es suyo, y aunque a veces parezca que están al borde del desastre, siempre encuentran la forma de volver a elegirse
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###** Capítulo 7: Una Recompensa**
Jay esperó afuera del consltorio, revisando su teléfono.
Tres minutos.
No es que contara con exactitud, pero sí.
Gio tardó cuatro.
Jay chascó la lengua cuando lo vio salir.
El alfa se había lavado la cara y acomodado el cabello, aunque seguía viéndose agotado.
Jay le dio un vistazo rápido.
—Parece que sobreviviste.
Gio bostezó y se estiró.
—Apenas.
Jay giró sobre sus talones.
—Bien, vámonos antes de que te dé otro ataque de vejez prematura.
Gio le lanzó una mirada de soslayo.
—Si envejezco rápido es por tu culpa.
—Dios, qué dramático.
Mientras caminaban por el pasillo, varios empleados saludaban a Gio con una mezcla de respeto y miedo, y algunos miraban a Jay con curiosidad, el omega siempre sabia sorprenderlos.
No les prestó atención.
Ya estaba acostumbrado a que la gente intentara descifrar cual sería su siguiente movimiento.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Gio mientras bajaban las escaleras.
—Caótico. Como siempre. —Jay suspiró—. Pero al menos el traje está listo.
—Eso es un milagro.
—Bien. ¿Por qué lo dices con ese tono?
Gio encogió los hombros.
—Solo quería ver si todavía estabas enojado por lo del sofá.
Jay se detuvo en seco.
Gio dio dos pasos más antes de notar que su esposo se había quedado atrás, fulminándolo con la mirada.
—Oh. —Gio sonrió, satisfecho—. Sigues enojado.
Jay se cruzó de brazos.
—¿Y qué si lo estoy?
Gio se giró completamente hacia él.
—Nada, solo que no puedes evitar volver a mis brazos.
Jay bufó.
—Eres un engreído de mierda.
Gio rió entre dientes.
Jay apretó la mandíbula y siguió caminando.
No iba a discutir allí.
Gio lo alcanzó en dos pasos.
—Si te sirve de consuelo, el sofá no es tan cómodo sin ti.
Jay miró al frente, fingiendo que no lo había escuchado.
Pero su oreja izquierda se puso roja.
Gio sonrió.
El camino al auto estuvo lleno de comentarios innecesarios de Gio intentando provocarlo.
Jay los ignoró como pudo.
Cuando por fin llegaron al estacionamiento, Gio se adelantó para abrir la puerta del copiloto.
Jay lo miró con sospecha.
—¿Qué es esto?
Gio ladeó la cabeza.
—¿Qué? No puedo ser un caballero de vez en cuando?
Jay entrecerró los ojos.
—¿Cuánto cuesta esta gentileza?
—Nada.
—Mentirosillo.
—Nada que no puedas pagar.
Jay bufó y se metió en el auto de todas formas.
Gio dio la vuelta y se subió al asiento del conductor.
Jay se acomodó, cruzando una pierna sobre la otra.
—¿Cómo te sientes después de esa siesta improvisada?
—Mejor. Aunque me despertaste demasiado pronto.
—No te desperté yo, te despertó tu propia culpa.
—¿Mi culpa de qué?
—De existir.
Gio soltó una carcajada y encendió el motor.
—Malditamente cruel y aún así me amas.
Jay miró por la ventana.
—Por desgracia.
El auto se puso en marcha.
El trayecto fue relativamente tranquilo, con Jay revisando su teléfono y Gio concentrado en la carretera.
Jay no dijo nada, pero notó algo.
Gio seguía viéndose cansado.
El omega chupó el interior de su mejilla, pensativo.
—¿Ya comiste?
Gio lo miró de reojo.
—Sí.
Jay arqueó una ceja.
—¿Comida real o solo café?
Gio hizo una pausa demasiado larga.
Jay chascó la lengua.
—Eso pensé.
Gio suspiró.
—Luego comeré algo.
—No. Vamos a casa, te bañas y te comes lo que yo quiera darte.
Gio sonrió de lado.
—¿Lo que quieras darme?
Jay levantó el puño amenazante.
—No empieces.
Gio se rió y volvió la vista al frente.
Jay apoyó la cabeza en el asiento.
Maldito alfa testarudo.
Lo mataría si no lo amara tanto.
Cuando finalmente llegaron a casa, Gio apenas había apagado el motor cuando Jay ya estaba fuera del auto.
El alfa lo vio avanzar con prisa hacia la puerta del apartamento.
—¿Tienes una cita y no me avisaste?
—Sí, con mi paciencia que está a punto de mandarte a la mierda.
Gio rió y lo siguió.
Jay entró primero, dejando sus cosas en la mesa de la entrada.
—Anda a bañarte.
—¿Me vas a acompañar?
Jay le lanzó una mirada asesina.
—Gio.
—Vale, vale, ya voy.
Gio se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre el sofá antes de dirigirse al baño.
Jay se quedó en la cocina, sacando los ingredientes para preparar algo rápido.
Porque claro, tenía que encargarse de alimentar a su alfa idiota.
Mientras cortaba algunos vegetales, su mente divagó.
El cansancio en el rostro de Gio.
El desastre de su oficina.
El hecho de que apenas tenía tiempo para sí mismo.
Jay chupó el interior de su mejilla.
Le molestaba. Le molestaba ver a Gio tan desgastado.
No lo iba a decir en voz alta, por supuesto.
Pero sí podía asegurarse de que al menos comiera algo decente antes de que el trabajo terminara de matarlo.
Para cuando Gio salió del baño, Jay ya tenía el plato servido en la mesa.
El alfa se secaba el cabello con una toalla mientras caminaba hasta la cocina.
—¿Hiciste esto para mí?
—No, es para el vecino.
Gio sonrió y se sentó, tomando los cubiertos.
Jay se cruzó de brazos y lo miró.
—Cómetelo todo.
Gio levantó la vista con diversión.
—¿Y si no quiero?
Jay levantó una cuchara amenazante.
—Gio.
El alfa se rió, pero obedeció.
Jay lo observó en silencio mientras comía.
No lo iba a admitir, pero…
Verlo alimentarse después de un día agotador le daba una extraña paz.
Gio comía con tranquilidad hasta que, disimuladamente, empezó a apartar los trozos de pimentón a un lado del plato.
Jay frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Gio ni siquiera levantó la vista.
—Separando lo que no quiero.
—¿Y quién te dio permiso de ser tan infantil?
Gio bufó.
—Jay, sabes que no me gusta el pimentón.
Jay cruzó los brazos.
—¿Y a mí qué? No pasé media hora cocinando para que vinieras a hacerle asco. Cómetelo.
Gio lo miró con burla.
—¿Y si no quiero?
Jay agarró el tenedor de Gio, pinchó un trozo de pimentón y se lo puso en la boca a la fuerza.
El alfa se atragantó un poco antes de masticarlo con resignación.
—Maldita sea, Jay.
—Eso te pasa por actuar como un niño de cinco años.
Gio se lo tragó con una mueca.
—Voy a divorciarme de ti.
Jay se inclinó y lo miró con una sonrisa peligrosa.
—Hazlo, a ver quién más te aguanta, idiota.
Gio gruñó, pero siguió comiendo sin rechistar.
Pimentón incluido.
Gio terminó de tragar el último trozo de pimentón con una expresión de puro sacrificio.
Luego, se limpió la boca con la servilleta y miró a Jay con una sonrisita ladina.
—Listo. Me lo comí.
Jay lo miró con desconfianza.
—Ajá. ¿Y qué quieres? ¿Un premio?
Gio se inclinó sobre la mesa, apoyando un codo y mirándolo con diversión.
—Sí. Un besito por ser un niño bueno.
Jay bufó y rodó los ojos.
—Ay, por favor.
Pero antes de que pudiera alejarse, Gio ya se había levantado de su asiento y se acercó peligrosamente.
—Es en serio, amorcito —ronroneó, rodeando la cintura de Jay con los brazos y pegándolo a su pecho—. Me lo comí porque mi esposito lo cocinó.
Jay puso las manos sobre su pecho, empujándolo débilmente.
—No me vengas con esa estupidez.
Gio sonrió y deslizó sus manos hasta su cadera, apretándolo con descaro.
—Es que estaba hecho con amor.
—¡Suéltame, animal!
—No. Quiero mi premio.
Jay chilló cuando Gio lo alzó un poco y lo pegó más a su cuerpo.
—¡Gio, para!
—Solo dame un besito. O dos. O los que tú quieras.
Jay gruñó y lo empujó con más fuerza.
—¡Eres un maldito fastidio!
—Pero me amas.
—No en este momento.
Gio soltó una carcajada y aprovechó la distracción para robarle un beso en la mejilla.
Jay gruñó, pero sus orejas estaban completamente rojas.
—Eres un pervertido.
—Soy tu pervertido.
Jay le dio un golpe en el brazo, pero Gio solo se rió más.
Era insoportable.
Pero maldita sea… Jay adoraba a ese idiota.