En un mundo donde la lealtad se compra y la traición es moneda corriente, Valeria, una joven entrenada desde niña como asesina de élite, se encuentra atrapada entre dos mundos. Secuestrada a los cinco años y forjada en el fuego de la mafia, Valeria ha aprendido a sobrevivir a cualquier costo.
Valeria es una pieza clave de la mafia gracias a sus habilidades de hacker y estratega, además de ser una asesina letal en la Falange oscura. Sin embargo, una traición de parte de la única persona que ama cambia sus planes drásticamente. Ahora, debe navegar entre las sombras de su pasado y las traiciones del presente, mientras lucha por encontrar su verdadero propósito y vengarse de quienes la traicionaron.
Un trato con la OMSG, que reconoce, su valía, la llevará sin saberlo más cerca de sus raíces. Marcada por un pasado de traición, Valeria es una mujer cerrada al amor, pero se encontrará con un hombre arrogante y déspota, a quien le demostrará que ella sabe jugar tan bien como él. ¿te animas?
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Tortura
Valeria estaba de pie en el centro de la sala, sus ojos recorriendo cada rincón oscuro. El silencio era ensordecedor, roto solo por el goteo constante de una tubería rota. Sentía el sudor frío recorriendo su espalda mientras esperaba. Sabía que esta prueba definiría su lealtad en la falange oscura; también le costaría la vida a su mentor.
Un capitán estaba frente a ella; su respiración era agitada y estaba aterrada, aunque no lo demostraba. Fue llevada hacia una silla, sus manos ahora atadas en los reposabrazos de la silla de metal y sus pies a las patas de la misma.
—¿Cuál es el nombre de tu mentor?— preguntó el capitán Rizo, su voz firme pero baja. Valeria levantó la mirada, sus ojos llenos de miedo y desafío.
—Yo… no sé de qué hablas — murmuró, su voz quebrándose.
Rizo se inclinó hacia ella, susurrándole al oído.
—Sabes que no saldrás de aquí hasta que hables. Hazlo fácil para ambos.
La pequeña de doce años tragó saliva, su respiración acelerada. Valeria podía ver el conflicto en sus ojos, la lucha interna entre la lealtad y el miedo. La tensión en la sala era palpable; cada segundo que pasaba aumentaba la presión. El aspecto del lugar, oscuro, solo con una pequeña luz y con el constante sonido de goteo, hacía todo más opresivo.
—Ya lo dije, no lo sé. Fue firme; sabía lo que venía y debía soportar.
Una sonrisa cruel dibujó el rostro del hombre.
—Veremos, niñita, vamos a ver si sabes cantar.
El hombre observó a su alrededor y tomó una tenaza, cerrándola y abriéndola delante de ella.
—¿Cuándo fue tu última manicura, niñita? —Otra sonrisa cruel se dejó ver; quería verla fallar y llorar.
Valeria utilizó los consejos de sus entrenadores: el dolor era mental y ella sabía alejarlo encerrándose en su mente. Como no recordaba bien, creaba una escena donde salía de allí y sus padres, junto a su familia, la abrazaban. Ella se perdía en ese lugar para poder soportar aquel dolor; era una manera de desconectar la mente con el cuerpo.
El capitán arrancó poco a poco las uñas de la pequeña mano derecha de Valeria; sintió el dolor, pero seguía concentrándose. A pesar de que lo veía a los ojos, estaba muy lejos en su mente.
—¿Cómo se llama tu mentor, basura?
Una cachetada cruzó su cara; el dolor fue intenso al hacerla perder la concentración, pero seguía intentando alejarse. Solo apretaba los dientes; hablar solo causaría daños a su mentira y ella debería repetir la prueba.
—¿No te duele, perra?—Otra cachetada y luego pasó a su otra mano, repitiendo la tortura.
El capitán giró a ver al pulpo, el jefe de la cosa nostra, y este asintió hacia él; sabía que allí estaba sentada una verdadera máquina asesina que, por supuesto, quería en sus filas.
—Ahhh— se desconcentró de nuevo y sintió todo el dolor que recibía, pero entonces le sonrió al hombre de manera cínica; solo había una forma de sobrevivir y era mostrando los dientes.
—No te diré el nombre —sonrió con malicia y el hombre perdió los estribos, la tomó del cabello y le soltó una cachetada en el ojo, partiéndole la cara.
Ella seguía riéndose mientras el dolor era insoportable.
—No me dirás el nombre; veremos si dándote una chispa de alegría hablas— se burló y tomó cables de electricidad con pinzas; al final las pidió en sus dedos y soltó la descarga.
Los gritos eran una locura; trataba de irse lejos en su cabeza, pero era inútil, ni las clases de meditación la estaban ayudando. Él apagó la máquina de electricidad y ella dejó caer su cabeza; el dolor era intenso.
—Me dirás el nombre. Ella sonrió.
—Vete a la mierda.
De nuevo recibió descargas y así pasó un rato, donde no habló. Ella ya no soportaba y solo traía la imagen de su familia; en la calle imaginaba las caras, ya no los recordaba.
La sala quedó en silencio cuando la máquina se apagó y el capitán se paró frente a ella, dio otra mirada al líder y este asintió.
—Prueba superada, llévenla a la enfermería — ordenó y Valeria seguía con una sonrisa cínica en su cara; ya no veía por el ojo golpeado, se le había cerrado de lo hinchado, su piel ya no era clara, estaba moteada por moretones.
Ese día se ganó el respeto de muchos; la mayoría de los demás reclutas necesitaron repetir sus pruebas y sus mentores terminaron golpeados, pero Valeria no, ella terminó a la primera y su mentor estaba a salvo.
Valeria lloró cuando estuvo sola; le preguntaba a Dios por qué le había tocado esta vida y se preguntaba si algún día podría ser feliz, si algún día dejaría de recibir maltrato, si volvería a abrazar a su familia.
Los días seguían y ya los habían dejado de ver como niños; había peleas cuerpo a cuerpo, misiones controladas y simuladas; ya disparaban con mucha más confianza y así una semana pasó a ser un mes y luego otro y luego años, donde ella se levantaba antes que el sol a luchar, a entrenar, a correr, a estudiar sobre todo tipo de cosas.
La falange oscura les enseñaba muchos idiomas; también sobre temas varios debían saber de todo para poder infiltrarse, desde cómo sacar una bala hasta leyes. Ellos controlaban muchas entidades y necesitaban personas preparadas; tomaban a los niños para moldearlos desde cero, tan pequeños que olvidaran a sus familias.
Pero Valeria, aunque había olvidado la cara de su familia, jamás olvidaría a su captor, al ser despreciable que se la llevó, y jura borrar esa sonrisa que tenía el día que la arrancó de su familia. Ya no era la niña de cinco años; Valeria era una joven de 17 años lista para servirle a la falange oscura.