Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.
En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.
Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.
En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.
Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.
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Capítulo 5 - El vestido
La lista de regionales la pegaron en la puerta del vestuario.
Había doce nombres. El mío estaba el último. Escrito a mano, con letra de Thompson. Yasmin Safi.
Me quedé mirándolo un minuto entero. Maya me abrazó por detrás y gritó. Dos chicas me miraron raro.
Chloe pasó, vio la lista y se quedó quieta. No dijo nada. Solo tomó una foto con su celular y se fue.
Esa tarde Thompson nos llamó a todas. Dijo que regionales era en tres semanas, en Ottawa. Que necesitábamos vestido de competencia, música lista y examen médico.
Yo no tenía nada de eso.
Música tenía, la que me había puesto Alexei, una mezcla de piano con tambores. Vestido no.
Uno nuevo vale trescientos dólares el más barato. Yo tenía cuarenta en mi cuenta y debía cien de renta.
Le dije a Maya.
"Vamos a Value Village", me dijo. "Yo encontré el mío ahí el año pasado. Le coses unas piedras y listo."
Fuimos el sábado. Yo nunca había entrado a una tienda de segunda en Canadá. Olía a ropa vieja y a perfume. Buscamos una hora. Encontré uno negro, talla grande, con mangas largas y una mancha en la espalda. No era de patinaje, era de baile. Costaba quince dólares.
Me lo probé en el probador que no tenía puerta. Maya me miró.
"Con tu cuerpo, todo te queda bien. Pero ese negro no dice nada. Tú necesitas que te vean."
"¿Qué me van a ver con quince dólares?"
Me sacó del probador y me llevó a la sección de vestidos de fiesta. Sacó uno rojo, muy rojo, con espalda abierta y con algunos brillos caídos. Era talla S, pero tenía el cierre roto.
"Este", me dijo. "Este es de villana."
Costaba veinticinco. No tenía cierre. Maya dijo que ella lo arreglaba con una aguja.
Lo compramos.
En la casa, Maya me ayudó a coserle piedras que compramos en Dollarama por cuatro dólares. Nos quedamos hasta las dos de la mañana. Yo pinchándome los dedos, ella riéndose de cómo cosía.
Al otro día lo llevé al club para probarlo en hielo.
Chloe me vio entrar con la bolsa y se rió fuerte para que todas escucharan.
"Ay, qué emoción. La competencia de disfraces."
Yo no contesté. Me metí al baño y me lo puse. El cierre arreglado por Maya se atoraba un poco pero cerraba. Me miré en el espejo. Rojo, corto adelante, largo atrás, con las piedras que brillaban poco pero brillaban.
Salí a la pista.
Alexei me estaba esperando. Me miró de arriba abajo. No dijo nada de bonito o feo.
"Ahora pareces patinadora. Antes parecías niña perdida."
Patiné con el vestido. Era incómodo, se subía, pero cuando giraba, el rojo se abría y se veía todo.
A mitad de la prueba, el tirante se rompió. Uno solo. El vestido me quedó colgando de un hombro. Seguí patinando así, con un hombro al aire y el pelo suelto.
Cuando paré, Alexei aplaudió. Otra vez, una sola vez.
"Déjalo así", me dijo. "Roto. Así vas a ir a Ottawa."
Daniel me vio desde la grada. Se quedó mirándome el hombro. No dijo nada, pero después de la clase me esperó afuera con una caja.
"Es de mi hermana. Nunca lo usó. Es negro, con cristales de verdad."
Abrí la caja. Era un vestido negro precioso, con cristales que brillaban de verdad, no plástico.
"¿Por qué me lo das?", le pregunté.
"Porque no quiero que te caigas por un tirante roto."
"Si me lo pongo, todas van a decir que me acuesto contigo para tener vestidos."
"¿Y te importa?"
Lo pensé. Hace un año me habría importado. Ahora no.
"Me lo prestas. No me lo regalas. Te lo devuelvo después de Ottawa."
Daniel sonrió. "Trato."
Esa noche me probé los dos vestidos en el cuarto. El rojo roto de veinticinco dólares y el negro de quinientos que me había prestado Daniel.
Maya entró, me vio y dijo: "Si vas de negro, eres una más. Si vas de rojo roto, eres tú."
Me quité el negro y me quedé con el rojo. Le cosí el tirante a propósito para que quedara un poco caído, como si fuera a romperse en cualquier momento.
Me miré en el espejo del baño que estaba manchado. Tenía diecinueve años, ojeras por no dormir y un vestido roto.
Me veía peligrosa. Y por primera vez, eso me gustó.