Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.
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Capitulo 6: Después del abrazo
El abrazo duró más de lo que cualquiera de los dos había planeado.
Yo seguía con el rostro apoyado contra el pecho de Daniel, escuchando su respiración irregular. Sus brazos me rodeaban con una fuerza cuidadosa, como si temiera que, si apretaba demasiado, yo pudiera desaparecer o arrepentirme.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez unos segundos. Tal vez varios minutos.
El pasillo seguía vacío.
—¿Vas a seguir sin decir nada? —preguntó Daniel.
Su voz vibró contra mi cabello.
—No sé qué decir.
—Podrías decirme que me odias por hacerte llorar.
—No te odio.
—Podrías decirme que te parezco insoportable.
—Eso sí puedo decirlo.
Daniel dejó escapar una risa leve. El sonido hizo que el momento resultara menos aterrador, aunque no menos importante.
Me aparté despacio. Él mantuvo las manos en mis brazos durante un instante y luego las dejó caer.
—Lo siento —dije.
—¿Por qué?
—Por no haberte respondido.
—Todavía no me has respondido.
La frase hizo que el nudo en mi garganta regresara.
—Ya lo sé.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Sí tengo.
Daniel me miró con una seriedad que pocas veces le había visto. No parecía exigirme una respuesta. Parecía ofrecerme una oportunidad para dejar de escapar.
—No quiero que pienses que no siento nada —dije.
—Nunca pensé eso.
—¿Entonces qué pensabas?
—Que quizá sentías algo, pero no lo suficiente.
Cerré los ojos.
—Ese no es el problema.
—¿Cuál es?
—Que siento demasiado.
Daniel guardó silencio.
Yo había imaginado muchas veces cómo sería decirle que me gustaba. En algunas versiones lloraba. En otras me reía de los nervios. En las peores, él me miraba con lástima.
Nunca imaginé que las palabras pudieran salir tan despacio.
—Me gustas —dije.
El pasillo pareció hacerse más estrecho.
Daniel no se movió.
—¿Qué? —preguntó.
—Me gustas tú.
Esta vez no había forma de esconderlo detrás de una broma.
—Desde hace mucho.
La expresión de Daniel cambió lentamente. Primero fue sorpresa. Después alivio. Luego una emoción tan intensa que tuve que apartar la mirada.
—¿Desde cuánto? —preguntó.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Sé que ya me gustabas cuando te mudaste al edificio de enfrente. Sé que ya me gustabas cuando fingiste estar enfermo para no presentar un examen. Sé que me gustabas cuando te vi llorar por primera vez y decidí que iba a quedarme contigo aunque no me lo pidieras.
Daniel tragó saliva.
—Eso fue hace años.
—Sí.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Tú tampoco.
—Yo intenté hacerlo.
—No lo suficiente.
—Tú te escondías cada vez que me acercaba.
—Porque pensaba que querías a otra persona.
—¿A quién?
—A cualquiera menos a mí.
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—¿De verdad pensabas eso?
—Cuando hablabas de alguien, nunca me dabas razones para creer que era yo.
—¿Y qué razones necesitabas?
—Que me lo dijeras.
—Te lo estoy diciendo ahora.
—Ahora porque te lo dije yo primero.
Él sonrió, pero en sus ojos había una tristeza antigua.
—Nunca tuve el valor.
—Yo tampoco.
—Entonces somos dos cobardes.
—Somos dos personas que tenían miedo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que el miedo se puede entender.
Daniel dio un paso hacia mí.
—¿Y ahora?
—Ahora sigo teniendo miedo.
—Yo también.
—¿De qué?
—De que mañana te arrepientas.
Mi corazón se encogió.
—No me voy a arrepentir.
—No puedes prometerlo.
—Puedo prometerte que lo que siento es real.
Daniel bajó la mirada.
—Eso no significa que todo vaya a funcionar.
—Lo sé.
—Podríamos intentar algo y perder nuestra amistad.
—También podríamos no intentarlo y perderla igual.
Él levantó la cabeza.
—Eso mismo me dijiste aquel día en el parque.
—Porque sigue siendo verdad.
Daniel se quedó frente a mí, tan cerca que podía ver el brillo de sus ojos. Durante años había querido saber qué se sentiría tenerlo así, sin conversaciones interrumpidas, sin otras personas alrededor, sin la necesidad de fingir que mi corazón no cambiaba cada vez que él me tocaba.
Ahora lo sabía y no encontraba cómo acostumbrarme.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
La pregunta no sonaba como una exigencia. Sonaba como una confesión de que ninguno de los dos tenía experiencia en aquello.
—No lo sé.
—¿Quieres que salgamos?
El corazón me dio un vuelco.
—¿Como una cita?
—Como dos personas que por fin están dejando de mentirse.
—Eso suena menos romántico.
—Puedo mejorar.
—¿Cómo?
—Te invito a cenar. No te obligo a elegir el restaurante. No llego tarde. No hablo de Elena.
—Eso último debería ser fácil.
—Nunca se sabe.
Me reí, y él pareció relajarse.
—Sí —dije.
Daniel parpadeó.
—¿Sí?
—Sí, quiero salir contigo.
Sonrió de una forma tan abierta que tuve que apartar la mirada.
—¿El miércoles?
—¿Por qué no hoy?
—Porque hoy tienes clase.
—Puedo faltar.
—No debes faltar.
—Llevas años esperando que te diga que me gustas y ahora quieres que sea responsable.
—Estoy intentando construir una relación sana.
—Qué aburrido.
—Puedo ser irresponsable después de la cena.
—Lo recordaré.
Daniel se acercó un poco más.
—¿Puedo besarte?
La pregunta me dejó sin aire.
Había deseado ese momento durante tanto tiempo que, cuando finalmente llegó, no supe qué hacer con mis manos. Las llevé a su pecho, justo sobre el corazón.
—Sí.
Daniel no se movió de inmediato. Esperó un segundo más, como si necesitara confirmar que no había entendido mal. Luego inclinó el rostro y me besó.
Fue un beso suave, inseguro, casi tembloroso. No se parecía a ninguno de los que había imaginado porque no tenía perfección. Tenía nervios, respiraciones desordenadas y una pausa breve cuando nuestras frentes se tocaron.
Pero era real.
Y por eso fue mejor.
Daniel volvió a besarme con un poco más de confianza. Yo cerré los ojos y sentí que todos los años de silencio se convertían en algo distinto: no desaparecían, pero dejaban de ser una prisión.
Cuando nos apartamos, ninguno habló.
—Eso fue… —comencé.
—¿Malo?
—No.
—¿Muy rápido?
—No.
—¿Entonces?
—Diferente.
—¿Diferente bueno o diferente malo?
Lo miré.
—Diferente tú.
Daniel sonrió.
—Eso no tiene sentido.
—Tampoco tú.
—Pero te gusto.
—No arruines el momento.
—Lo intento.
Nos sentamos en el suelo del pasillo, apoyados contra la pared. Durante un rato hablamos de cosas pequeñas, como si necesitáramos acostumbrarnos a la nueva verdad antes de darle un nombre más grande.
Daniel me contó que había pensado confesarme varias veces. La primera, durante una excursión en el último año del colegio, cuando nos quedamos despiertos viendo las estrellas. La segunda, el día de mi cumpleaños, cuando me regaló un libro con una dedicatoria que nunca me atreví a leer completa. La tercera, la semana anterior, después de que lo ayudé a preparar una presentación.
—¿Por qué no lo hiciste? —pregunté.
—Porque cada vez que iba a hablar, tú mencionabas que no querías perder nuestra amistad.
—Eso lo decía porque no quería perderte.
—Yo lo interpretaba al revés.
—Y yo interpretaba tus silencios como desinterés.
—Somos bastante malos para comunicarnos.
—Pero muy buenos para complicarnos.
—Eso sí.
El celular de Daniel vibró.
Miró la pantalla y su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Elena.
—¿Qué quiere?
—Dice que necesita hablar conmigo antes de la exposición.
—¿Vas a ir?
Daniel me observó.
—Sí. Pero no por lo que pensabas.
—Ya lo sé.
—Quiero decirte algo más.
—¿Qué?
—No quiero seguir escondiéndote.
—No me estás escondiendo.
—Lo hice durante años.
—Entonces deja de hacerlo ahora.
Daniel asintió.
—Voy a decirle la verdad sobre todo.
—No tienes que contarle cada detalle de nosotros.
—No. Pero sí decirle que no voy a usarla para acercarme a otra persona.
—Eso es importante.
Se puso de pie y me tendió la mano.
—¿Vienes conmigo?
—¿A hablar con Elena?
—No. A caminar hasta tu clase.
Tomé su mano.
El gesto fue sencillo, pero me hizo sonreír. Antes caminábamos juntos fingiendo que aquello no significaba nada. Ahora seguíamos caminando juntos, solo que el silencio ya no era el mismo.
Al llegar al patio, algunos compañeros nos miraron. Daniel no soltó mi mano.
Yo tampoco.
—¿No te da miedo que todos se den cuenta? —pregunté.
—Sí.
—¿Y aun así?
—Aun así.
Lo observé de perfil. El viento le movía el cabello y la luz de la tarde le iluminaba el rostro.
—No quiero que vayamos demasiado rápido —dije.
—Yo tampoco.
—Quiero que esto sea real, no solo una reacción a los años que perdimos.
—Entonces iremos despacio.
—¿Y si tropezamos?
—Tropezamos juntos.
Me detuve.
—Eso sonó demasiado bonito.
—Lo practiqué.
—Mentiroso.
—Un poco.
Daniel acercó mi mano a sus labios y besó mis nudillos. El gesto me recordó todas las veces que pensé que jamás iba a ocurrir algo entre nosotros.
—Nos vemos después de clase —dijo.
—¿Promesa?
—Promesa.
Lo vi alejarse hacia el edificio de su carrera.
Esta vez no tuve que esconder las lágrimas.
No eran de tristeza.
Eran el resultado extraño de haber esperado tanto tiempo para escuchar una verdad que, en el fondo, ambos ya conocíamos.