Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¿Qué fue lo que hiciste esta vez?
Después de lo sucedido con Maximiliano, Sofía decidió volver a su apartamento; aquel en el que decidió vivir desde que abandonó la gran mansión de su padre con la excusa de que era para poder cumplir fácilmente con los planes de este. Pero en realidad este lugar se había convertido en su refugio, un lugar en donde podía ser ella misma sin máscaras, aunque a veces ni siquiera ella misma sabía cuál era la verdadera.
El sonido de sus tacones resonaban con firmeza en el pasillo del edificio, pero su ritmo era distinto al de siempre; ya no caminaba con el porte de una mujer que disfruta de la noche, sino con la tensión de quien carga demasiado sobre sus hombros.
Sofía abrió la puerta de su apartamento dejando salir un suspiro profundo. Las luces tenues del lugar la recibieron con una cálida tranquilidad que contrastaba con el caos del exterior. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre el sofá, dejándose también caer sobre este.
— Por fin en casa… — Murmuró para sí misma, cerrando los ojos un segundo.
Pero una voz conocida la hizo abrirlos de golpe. No estaba sola en el lugar.
— ¿Y se puede saber qué fue lo que hiciste esta vez? — Dijo Fernanda, apoyada en el marco de la cocina, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba reproche y preocupación.
—¿Podrías al menos saludar antes de interrogarme? — Hablo mientras mostraba una sonrisa cansada.
— Sofía, no es necesario que te haga un interrogatorio. Ya vi las noticias. — Fernanda se acercó despacio. — ¿Era realmente necesario enfrentarte a Maximiliano Ferreira en público?
— Ah… así que ya todos lo saben. — Sofía caminó hasta el minibar, sirviéndose una copa de vino tinto. — Bueno, al menos esta vez la prensa tiene una historia verdadera.
— ¿Verdadera? — Fernanda la observó con incredulidad. — Lo acorralaste frente a todos, haciéndolo quedar como un tonto. Ese hombre tiene poder, influencias… no es cualquier persona.
— Créeme, hermana, he lidiado con hombres peores. — Dijo mientras bebía un sorbo de vino con calma, como si nada de aquello le afectará. — Además… — Hizo una pausa como quien recuerda algo interesante. — Maximiliano es como un pequeño cachorro, tierno y adorable.
— Eso no lo hace menos peligroso. — Fernanda se cruzó de brazos nuevamente mientras la observaba fijamente. — Papá no estará nada feliz si se enteré de lo que hiciste.
— Papá nunca está feliz con nada que no le beneficie. — Soltaba mientras dejaba ver una risa amarga. —- Pero tranquila, él cree que todo lo que hago es parte de su plan.
— ¿Y no lo es?
La mirada de Sofía cambió por completo. La arrogancia habitual desapareció, y en su lugar apareció algo más humano, más real. Observó a su hermana dejando la copa sobre la mesa.
— No, Fernanda. No lo es.
Hubo un silencio. Fernanda se acercó y se sentó frente a ella, con los ojos llenos de dudas.
— Entonces… todo esto qué estás haciendo…
— Lo que hago… es sobrevivir. Fingir que juego bajo sus reglas mientras creo las mías. — Su voz se volvió más baja. — Nuestro padre me enseñó lo peor del poder; que la gente solo vale si le sirve. Yo me negué a seguir ese camino, pero tuve que aprender a moverme entre sus sombras para que no me destruyera. Me arrebato a mi madre, lo único bueno que tenía.
Fernanda bajó la mirada, con el rostro cargado de tristeza. Sabía y entendía a su hermana. Ella en algún momento también la lastimó.
— Y por eso lo odias.
— No, ya no lo odio. — Sofía suspiró. — El odio solo le da poder a quien te hirió. Y él ya no tiene poder sobre mí.
— ¿Y sobre mí? —preguntó Fernanda en voz baja.
Sofía la miró con dulzura, una expresión poco común en ella.
— Contigo fue diferente, Fer. Tú fuiste mi recordatorio de que todavía quedaba algo bueno entre tanta mentira. — Se inclinó hacia adelante, tocando su mano. — No me arrepiento de que ahora estés conmigo.
— Al principio te odiaba, ¿sabes? — Fernanda sonrió apenas. — Creía que eras otra pieza más del juego de papá y por eso te trate mal desde el principio. Pero cuando descubrí la verdad… todo cambió.
— Yo también me odié muchas veces por dejarme manipular. — Sofía apoyó la cabeza en el respaldo, mirando al techo. — Pero ya no más. Estoy a poco de encontrar a mi madre, y cuando eso suceda, no tendrà más poder sobre mi..
Hubo un breve silencio entre ambas, interrumpido solo por el sonido lejano de la brisa golpeando las ventanas. Pero Fernanda, curiosa, preguntó finalmente.
— Entonces, si no estás haciendo lo que él quiere… ¿qué estás haciendo realmente?
Sofía sonrió con ese brillo en los ojos que siempre precedía a algo peligroso.
— Estoy derribando su tablero. Pero pieza por pieza, sin que lo note.
—¿Y Maximiliano tiene algo que ver en eso?
La sonrisa de Sofía se ensanchó, aunque su mirada se volvió más melancólica.
— No. Al principio sí lo había pensado tomar como parte de mi juego. Pero ahora… èl solo… es una complicación. Un hombre demasiado herido como para distinguir entre una amenaza y una aliada.
— ¿Y tú qué eres? — Preguntó Fernanda mientras arqueó una ceja.
Sofía soltó una pequeña risa, levantándose del sofá.
— Depende de quién pregunte. Para algunos, soy una pobre e ingenua mujer. Para otros, una mujer caprichosa y arrogante. Y para otros una mujer peligrosa. Pero contigo… — La miró con ternura. — contigo solo soy Sofía.
— ¿Aún lo amas? — Fernanda era una joven que hablaba sin rodeos. Y a decir verdad, Sofía no se esperaba esa pregunta.
— No lo hago. — Mintió Sofía sin vacilar.
— Ja… ahora repítelo a ti misma las veces que sean necesarias hasta que sea verdad.
Sofía no supo qué responder a eso. Fernanda se levantó del sofá y la observó mientras se dirigía hacia el balcón.
— Solo prométeme que no vas a hacer nada que te ponga en peligro.
— No puedo prometerte eso. — Respondió Sofía sin mirarla. — Pero puedo prometerte que, cuando todo esto acabe, ya nadie podrá usar mi nombre como si fuera una sombra.
La brisa de la noche agitó las cortinas, y durante unos segundos, ambas permanecieron en silencio, cada una con sus pensamientos. Fernanda, llena de preocupación y Sofía, con la mente afilada como una daga.
Porque aunque nadie lo sabía, aquella mujer no solo estaba planeando liberarse de su padre… sino de todo aquello que le causaba daño. Y Maximiliano Ferreira era uno de ellos, aunque él no lo sabía.