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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
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Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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YA NO TE AMO.

Lauro sabía que ese día iba a ser especialmente difícil.

La fecha era evidente. Esteban no tardó en recordárselo de manera innecesaria.

—Señor —dijo mientras dejaba un par de sobres sobre su escritorio—, hoy es su aniversario.

Lauro ni lo miró.

—Lo sé.

—Reservé en Villa Luna. Mesa para dos, música en vivo, las flores están encargadas y el vino que pidió la vez pasada.

—¿Y la serenata?

—También. Discreta. Justo como a ella le gustaba.

“Le gustaba”. Suspiro frustrado. Lauro sabía que eso no sería suficiente, nada lo era ni una cena en la Toscana, ni un anillo de diamantes, ni siquiera los años compartido, nada equilibraba el resentimiento que Cora le escupía cada vez con más rabia.

—Está bien —dijo sin emoción—. Déjalo así.

Esteban asintió y se giró hacia la puerta, pero esta se abrió antes de que pudiera alcanzarla. Era Cora.

Furiosa.

Estaban casi tuvo que pegarse a la pared por la manera en la que ella abrió la puerta.

Entró como una tormenta mal contenida. Llevaba un vestido negro de oficina que le marcaba la silueta con la misma precisión con la que sus palabras estaban a punto de herirlo. Ni miró a Esteban.

—¡¿Qué carajos hiciste, Lauro?!

Él se levantó despacio.

—No es el lugar para hablar de eso.

—¡Pues debiste pensarlo antes de mandar esa propuesta al despacho de mi papá anoche sin mi aprobación! ¿O de verdad creías que no me iba a enterar?

—Cora…

—¿Me vas a decir que fue un error? ¿Una confusión de archivos? ¿O vas a admitir que tomaste mi borrador, borraste mis notas y mandaste tu versión como si fuera la conjunta?

Esteban se quedó estático. Miró de reojo hacia la puerta, como considerando si debía esfumarse o esperar órdenes.

—No modifiqué tanto —dijo Lauro—. Solo ajusté el cierre fiscal para hacerlo presentable. Tu redacción tenía varias cosas sin sustento técnico.

—¡¿Sin sustento?! ¡¿Te atreves a cuestionar mi análisis y encima robártelo?!

—¡No te lo robé! ¡Lo salvé! ¡Nos estaban observando, y tu planteamiento era demasiado agresivo para un cliente como los Saldívar!

—¿Y en vez de hablarlo conmigo, preferiste mandarlo a espaldas mías? ¿Después de todo lo que nos dijo mi padre ayer? ¿Después de que él mismo nos obligó a trabajar codo a codo?

Lauro dio un paso al frente, fastidiado.

—¡No podía arriesgarme a que volvieras a defender un planteamiento legal “gris” como dijiste la semana pasada!

—¡No me vengas con esa mierda! ¡Tú usaste eso como excusa para hacer lo que siempre haces: decidir por mí!

Esteban respiró hondo, discretamente no sabía si irse o quedarse.

—Yo hice lo que creí que era mejor para ambos —replicó Lauro.

—¡No, Lauro! Lo hiciste porque no soportas que tenga más visión que tú. Porque no puedes con la idea de que mi propuesta tenga más fuerza. Y ahora, no solo me borraste del documento: hiciste que mi papá creyera que esa porquería era nuestra propuesta conjunta.

—No fue una porquería.

—¡Fue una traición! ¡Otra maldita traición!

Esteban ya había llegado a la puerta, con la mano en el pomo. Pero esperó. Porque lo que venía… lo intuía.

—¿Tú sabes lo humillante que fue ver su cara cuando me preguntó si yo realmente firmaba eso? —continuó Cora, con la voz quebrándose de furia—. ¿Sabes lo que me costó mantenerme firme en esa sala, cuando tú… tú me dejaste sin defensa?

Lauro tragó saliva. No iba a pedir perdón. No ahora.

—No creí que reaccionarías así —dijo en voz baja.

—No creíste, punto. Porque ya no me ves. Ya no me escuchas. Porque tú solo te oyes a ti mismo, a tu orgullo, a tu ego.

¡Maldita sea!

Cora salió furiosa.

Lauro la siguió con la mirada mientras salía.

Esteban carraspeó con cautela.

—¿Cancelo la cena, señor?

Lauro no contestó de inmediato. Solo respiró, con la mirada fija en la puerta por donde Cora acababa de salir.

—No —dijo finalmente—. Déjala.

Esteban asintió con un dejo de lástima que trató de disimular, y se fue.

Lauro volvió a sentarse. Cerró los ojos, no sabia cuanto tiempo mas podría aguantar.

...****************...

Villa Luna estaba impecable. El mismo rincón privado de todos los aniversarios, la misma luz cálida que jugaba con el cristal de las copas, el mismo pianista tocando boleros lentos que parecían tener polvo. Lauro llegó primero. Con quince minutos de anticipación, como siempre.

Se había asegurado de que todo estuviera perfecto. La música suave, la mesa con su flor favorita — lirios blancos — y una botella de vino tinto italiano que él juraba que a ella le encantaba, aunque nunca estuvo del todo seguro. Tal vez solo lo asumió.

Todo esto envió a Lauro directo a la primera cita que tuvieron.

Lauro se encontraba terminando su turno cuando ella apareció con su melena larga, tan oscura como la noche que los envolvía. Llegó con un par de amigas, pero ellas no entraron. Entró sola.

La cafetería ya estaba casi cerrada. Él estaba en la barra, distraído, limpiando unas tazas, sin notarla hasta que se dio la vuelta.

—Hola —dijo, sin pensar.

—Hola… ¿en qué puedo…? — Lauro no terminó la frase. La vio. Era ella.

—Hola —repitió ella, con una media sonrisa que lo hizo sentirse torpe.

—Hola —repitió él también, intentando no parecer tan nervioso.

—Tal vez te parezca extraño que esté aquí —dijo ella, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja—, pero… no me llamaste, se recargó en la barra.

Él tragó saliva.

—Es que no me diste tu número —respondió, sin entender por qué lo había dicho tan rápido.

—Sí, sí, se me pasó dártelo —rió suave, bajando la mirada—. Y quería decirte que, como tu amigo va a la facultad donde yo estudio, pues me animé a pedírselo. No sé si ya lo viste y te lo comentó, y a lo mejor esperabas que te llamara… pero también me dijo que trabajabas aquí, así que decidí venir mejor personalmente.

—No, no, está bien. Está bien —balbuceó él, sintiendo cómo le sudaban las palmas, casi se le cae la taza de la mano —. Sí, aquí trabajo… pero ya voy a terminar. Si me esperas… te invito a cenar.

Lo dijo demasiado rápido. Se arrepintió apenas las palabras salieron de su boca. Pero ella sonrió.

—Ahora estoy con unas amigas, pero puedo decirles que se vayan. No hay ningún problema.

—Bien… —dijo él, evitando su mirada un segundo, luego volviendo a verla—. Entonces termino… y ya voy.

—Te espero afuera, si quieres. O, ¿por qué no? Me siento, tomo una taza de café, un postre… y platicamos.

—Bien, bien. Si quieres, puedes ir despidiendo a tus amigas y… en lo que yo termino… ya no me falta mucho. Sólo dame un par de minutos.

—Excelente —respondió ella, y sus labios dibujaron una sonrisa tan bonita que le hizo olvidar el cansancio del día.

Lauro la vio salir. Por la cara que pusieron sus amigas, estaban un poco indignadas. Pero al final comprendieron, y se marcharon. Ella volvió a entrar. Caminaba con paso tranquilo, como si no quisiera apresurarlo, aunque sus ojos la delataban: también estaba nerviosa.

Él terminó sus cosas con el corazón golpeándole el pecho. Se secó las manos, respiró profundo y se acercó. Se sentaron en la mesa más cercana a la ventana. Había lirios blancos sobre ella.

—¿Lirios? —susurró ella, tocando uno con la yema de los dedos.

—Sí —respondió él—. Mi madre tiene una amiga que hace algunos arreglos para vender, y cuando no se le venden… los manda para que adornemos las mesas antes de que terminen de marchitarse.

—Debe ser suerte —dijo ella, contemplando el ramo—, porque me encantan los lirios. Y más los blancos. Son mis favoritos.

—Pues sin duda… —se atrevió a decir Lauro, con una sonrisa temblorosa—, ambos estamos de suerte hoy.

Ella bajó la mirada, pero sonrió también.

Lauro esperaba ver esa misma sonrisa esta noche aunque sabía que pedía demasiado.

Ordenó sin preguntar. Plato fuerte para dos. Postre sin azúcar. Sabía sus gustos. Los de antes.

Miró el reloj.

Veinte minutos tarde.

Después treinta.

Casi una hora después, cuando estaba por aceptar que no llegaría, la vio entrar.

Cora.

Vestía de negro. El cabello recogido en una coleta baja y sin maquillaje visible. Entró con paso firme y con los ojos fríos. Él se puso de pie, pero ella estaba seria.

—Pensé que no vendrías —dijo Lauro, tragando la tensión.

—Y estuve a punto de no hacerlo —respondió mientras se sentaba frente a él, sin mirarlo—. Pero me pareció cobarde dejarte cenar solo sin decirte por qué.

Lauro la observó, supo que ella venía a pelear, y que poco le habi importado el tiempo que la espero.

Un camarero se acercó de inmediato. Ella levantó la mano.

—Nada para mí. No voy a quedarme mucho tiempo.

El mesero dudó, luego miró a Lauro. Este asintió con un gesto seco. El hombre se retiró.

—Cora, por favor… —empezó él.

—No vengo por una disculpa, Lauro. Ni por una explicación. No me interesa. Esta cena no es para arreglar nada.

Lauro apretó la servilleta entre las manos por debajo de la mesa.

Entonces, como si el universo tuviera un retorcido sentido del humor, la voz chillona de Arlet irrumpió desde la entrada del salón.

—¡Pero si son los eternos enamorados!

Lauro giró con lentitud. Cora ni siquiera volteó. Solo cerró los ojos cansada.

Arlet caminaba hacia ellos con una sonrisa amplia, vestida como si viniera de un desfile: colores metálicos, maquillaje impecable, un vestido que hacía a cualquiera voltear a verla. A su lado, Brandon, uno de los hermanos mayores de Cora, alto, discreto, vestido como siempre, con elegancia sencilla.

—¿Interrumpimos? —preguntó Arlet con una fingida inocencia.

—Un poco, sí —respondió Lauro sin moverse.

—Arlet… —murmuró Cora con voz tensa—. No esperaba verte aquí.

—¡Ay, claro que no! Pero el universo nos junta, ¿no? Como en esas historias donde todos fingimos que no pasa nada y después el escándalo revienta. —Soltó una risa chillona—. ¡Estoy bromeando!

Brandon les dirigió una sonrisa amable.

—Perdón por la invasión, no sabíamos que estaban en su aniversario. Pero ya que los encontramos… deberíamos vernos más. Somos familia, ¿no?

Lauro sostuvo la mirada de Arlet, fría, cortante. Ella la sostuvo también, con un dejo de provocación.

Lauro supo que fue ahí a propósito, a arruinarles lo mucho o poco que hibiesen podido pasarla bien el y Cora.

—Los invito a mi próximo estreno —dijo ella, sacando de su bolso una invitacion dorada para dos—. Será en el Teatro Aurora, dentro de dos semanas. Obviamente están en primera fila. Será una noche inolvidable.

Cora no respondió.

Lauro se limitó a decir:

—Gracias, pero no creo que podamos…

—¡Claro que pueden! —interrumpió Brandon —. No digan que no sin pensarlo. Además, hace tiempo que no los veo juntos en un evento, sería lindo compartir algo así.

Lauro dudó. Cora simplemente apretó la mandíbula.

—Está bien —dijo finalmente ella—. Gracias por la invitación.

Arlet sonrió, triunfante.

—¡Qué emoción! Va a ser una noche preciosa. Bueno, no los molestamos más. Vamos a cenar por allá. —Señaló una mesa cercana—. Pero si se cansan del drama… digo, del vino, pueden venir con nosotros.

La sonrisa de Arlet ardía como veneno dulce.

Cuando se retiraron, Lauro volvió a mirar a Cora.

—¿Cómo puede ser tan descarada?

—¿Tú me preguntas eso?

Él parpadeó.

—Cora…

—¿No se supone que me ibas a dejar en paz? —dijo ella, ya de pie—. ¿Que ibas a dejar de hacer esto?

—¡Yo no la invité! ¿Cómo iba a saber que ella vendría?

—Claro que no lo sabías. Así como tampoco sabías cómo explicarme por qué estabas con ella hace dos años a las dos de la mañana . O por qué te desapareciste esa noche. O por qué de repente te volviste experto en fingir.

—No recuerdo nada de lo que paso esa vez, ¡te lo he dicho demasiadas veces!

—Y yo te dije que eso no importa. Lo que duele es lo que hiciste. Por que el video y la evidencia fueron muy claros. Me enamore de un hombre, correcto, con valores y principios, no de esto que ahora está frente a mi.

Cora aventó la servilleta sobre la mesa. Se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia la salida del restaurante.

Lauro, sin pensar, fue tras ella.

Afuera, la noche estaba fresca.

Cora se detuvo a unos metros del restaurante, bajo una farola. Tenía los ojos brillosos, pero no de tristeza: de furia. Aunque la rabia intentaba sostenerle el rostro, había algo quebrado en su mirada que la traicionaba. Las lágrimas le ardían en los bordes de los párpados, amenazando con caer. Su cuerpo temblaba, casi imperceptible, como si fuera un árbol resistiendo una tormenta interna. Apenas él la alcanzó, ella se giró con violencia.

—¡No me toques! ¿Ahora qué quieres? ¿Qué vengas a salvar esta noche también?

—Cora, escúchame…

—¡No quiero escucharte! ¡Estoy harta de tus palabras! —le tembló la voz, y se obligó a no parpadear—. Harta de tus gestos de culpa. Harta de que me mires con esa maldita tristeza como si fueras el único que sufre.

—Yo también he perdido cosas contigo…

—¡No me hables de pérdidas! ¡Yo perdí más! —El aire salió como un puñal entre sus dientes—. Perdí la confianza. Perdí la calma. Perdí la certeza de que eras mi hogar. ¡Y ahora cada vez que te veo me siento una extraña durmiendo al lado de un extraño!— Ella lo empujaba eñ el pecho en cada palabra.

Una maldita lágrima traicionera resbaló por su mejilla. La limpió de inmediato, furiosa consigo misma por permitirse soltarla frente a el.

Algunas personas que pasaban por la calle se detuvieron con disimulo, fingiendo mirar vitrinas mientras prestaban atención.

Lauro dio un paso hacia ella.

—No grites así —dijo en voz baja, intentando mantener algo de dignidad, aunque por dentro se sentía un niño indefenso, devastado. Pero más que nada sentía el dolor de ver a la mujer que amaba con los ojos húmedos.

Y aunque Lauro no quería tambien se humedecieron los suyos.

—¿Te da vergüenza que te vean así? —susurró con veneno, sus labios temblaban—. ¿Te preocupa que vean cómo se cae tu mundo? A mí no. Que lo vean. Que vean cómo se quiebra todo esto que tú rompiste. Lo que eres realmente. Porque ya me cansé de fingir que eres el hombre perfecto, que tengo suerte de tenerte y que no sé valorarte.

Lauro sintió cómo su garganta se cerraba. Su pecho dolía. De aguantarse las ganas de llorar sentía que le faltaba el aire.

—Cora, basta…

—¡No, no basta! ¿Quieres saber la verdad? —Sus ojos ya estaban cubiertos de lágrimas, pero aún no lloraba—. Te odio. Y me asusta. Pero lo hago porque te amaba. Pero ya no. YA NO TE AMO, LAURO.

Las palabras retumbaron en su cabeza a como eco sin fin y retrocedió un paso.

—¿No? — Preguntó cómo si haya escuchado una noticia de muerte.

—No —respondió ella, con voz temblorosa, apenas un susurro de derrota—. Porque, carajo… aún me duele como el primer día.

Y entonces las lágrimas salieron sin permiso pero no fueron escandalosas. Se mordió el labio. Bajó la mirada. Por un segundo, él pensó que lloraría más, que le gritaría o lo golpearía.

Pero no.

Solo se giró, con la espalda tensa, y se alejó.

Él se quedó en la calle, paralizado, sintiendo el frío tensando sus músculos. Los murmullos de desconocidos pasaban flotando, pero él no escucha nada.

Solo quedaban él, la farola que aún brillaba tenue y la calle frente a el.

No volvió a casa esa noche.

Dentro del restaurante, Arlet levantó su copa con una sonrisa cómplice.

—Cora siempre ha sido tan… explosiva, ¿no crees?

Brandon frunció el ceño.

—No la recuerdo así. Al menos, no con Lauro.

—Oh, bueno, tal vez es que no sabes todo. Hace un tiempo… él fue un poco amable conmigo de más, si entiendes. No pasó nada, claro. Yo soy muy correcta. Pero desde entonces, ella me tiene entre ceja y ceja.

—¿Amable de más?

—Sí, bueno… tal vez fue una copa de vino y una conversación más íntima de lo normal. Pero ya sabes, cuando las mujeres están inseguras…

Brandon no respondió. Solo la observó con detenimiento. Algo en su tono, en su manera de jugar con la copa de vino, lo hizo desconfiar.

—¿Y tú le dijiste eso a ella?

—No, jamás. Solo lo noté. Pero después, cuando ella empezó a evitarme… entendí que me culpaba.

—Entiendo…

Arlet sonrió.

A Brandon se le hizo raro el conocía a su hermana, sabía que no pelearía con una mujer sin razón.

—¿Y tú? ¿Sigues solo?

Brandon dejó la copa sobre la mesa.

— Si aún no llega el hombre perfecto para mi.

—Ya vendrá, lo aseguro.

Brandon sonrió con cortesía, pero su mente estaba en otro lado. Algo no encajaba. Y tenía la molesta sospecha de que esa cena, lejos de ser una coincidencia, había sido una emboscada.

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