Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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Capítulo 5: No soy quien dicen que soy
El refugio estaba oculto entre montañas.
No figuraba en mapas oficiales ni en rutas comerciales. No tenía nombre ni señal alguna que lo delatara. Era un lugar al que solo se llegaba si alguien sabía exactamente dónde buscar… o a quién seguir. Allí, lejos de las miradas del consejo y de los rumores que lo habían condenado, Ariel empezó a respirar.
De verdad.
Los días transcurrían con una calma extraña, casi irreal. El tiempo parecía moverse de otra forma entre las cumbres. Ariel se acostumbró al silencio, al aire frío que despejaba los pensamientos, al cielo inmenso que no lo observaba con juicio alguno.
Y, poco a poco, también se acostumbró a Kael.
Kael nunca lo tocaba sin permiso.
Nunca invadía su espacio sin advertirlo.
Nunca utilizaba el vínculo para imponerse.
Esa delicadeza —tan inesperada en alguien como él— hacía que cada gesto tuviera peso. Cada roce accidental se sentía más intenso precisamente porque no era exigido, porque no venía cargado de expectativas.
Ariel empezó a notarlo en detalles mínimos: la forma en que Kael se detenía antes de acercarse demasiado, cómo desviaba la mirada cuando Ariel necesitaba pensar, cómo su aroma permanecía presente pero contenido, como una promesa que no apuraba su cumplimiento.
Una tarde, mientras la luz del sol se filtraba entre las rocas y teñía el refugio de tonos cálidos, Kael rompió el silencio.
—He leído los registros.
Ariel alzó la vista de inmediato.
Kael sostenía varios documentos antiguos, amarillentos, marcados por el paso del tiempo. No eran copias oficiales. Eran archivos descartados, versiones previas, fragmentos que nunca debieron sobrevivir… y que, sin embargo, lo habían hecho.
—Todo lo que te atribuyen —continuó— fue manipulado.
El aire pareció detenerse en el pecho de Ariel.
—¿Entonces…? —preguntó, temiendo la respuesta incluso antes de escucharla.
Kael lo miró con una seriedad absoluta.
—Fuiste utilizado. Necesitaban un villano que justificara decisiones ya tomadas. Un omega marcado, sin aliados visibles, era la elección perfecta.
Las palabras no fueron suaves.
Pero fueron reales.
Algo dentro de Ariel comenzó a encajar.
Las acusaciones sin pruebas.
Los documentos incompletos.
Las memorias confusas que no se sentían propias.
No había sido un monstruo.
Había sido una pieza.
—Me arrebataron la vida… —murmuró Ariel, cerrando los puños— incluso antes de que yo naciera en este mundo.
Kael dejó los documentos a un lado y se acercó despacio, como siempre. Se detuvo a un paso de distancia. No lo tocó de inmediato.
—Esta vez no lo permitiré —dijo—. Pero no porque seas mío.
Ariel levantó la mirada.
—Sino porque eres inocente —continuó Kael—. Y porque ya has perdido demasiado.
Algo se quebró dentro de Ariel.
No fue dolor.
Fue alivio.
Sus manos se encontraron sin que ninguno lo planeara. El contacto fue eléctrico, pero suave. Intenso, pero seguro. No hubo urgencia ni exigencia, ni hambre oculta.
Solo elección.
Ariel cerró los ojos.
Por primera vez, alguien estaba de su lado sin condiciones.
No por destino.
No por poder.
No por lo que representaba.
Sino por quien era.
Cuando volvió a abrir los ojos, lo supo con una claridad absoluta:
No era el villano que habían creado.
No era el omega que debía morir.
Y esta vez, no permitiría que el mundo escribiera su historia por él.
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Esa noche, mientras el viento golpeaba las montañas y el refugio permanecía en silencio, el vínculo entre ambos cambió.
Ya no era solo protección.
Ya no era solo destino.
Era lealtad.
Y cuando el consejo volviera a pronunciar el nombre de Ariel, ya no lo haría desde el control…
Sino desde el miedo.