Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 4: Amigos indeseados
Keily
La tarde estaba tranquila… hasta que dejó de estarlo.
Yo estaba en mi cuarto, rodeada de apuntes, intentando resolver un problema de programación para la clase del día siguiente. Tenía todo organizado: café caliente, auriculares puestos, concentración al máximo.
Hasta que la puerta del departamento se abrió de golpe y una ola de risas estridentes inundó todo el lugar.
—¡Bro, este lugar es una locura! —gritó alguien con voz exageradamente entusiasta.
—¿Y esa vista? ¡Man, estás viviendo como un rey! —añadió otro.
Me quité los auriculares, incrédula. No tardé en escuchar la voz de Gastón, claramente orgulloso de ser el anfitrión del circo:
—Relájense, chicos, hay espacio de sobra. Siéntanse en casa.
Rodé los ojos. Claro, su “casa” también era mi casa ahora.
El ruido fue subiendo: carcajadas, música fuerte, pasos corriendo por el pasillo. Y de pronto, unos golpes en mi puerta.
—¿Nerd? ¿Estás ahí? —la voz de Gastón sonaba divertida.
Me levanté, abrí la puerta con mala cara y me encontré con cuatro chicos metidos en el pasillo, uno de ellos con una bolsa enorme de snacks en la mano. Todos me miraron como si hubiera aparecido un personaje inesperado en su fiesta privada.
—Chicos, les presento a mi… —Gastón sonrió con esa maldita pausa teatral—, futura prometida.
Hubo un segundo de silencio incómodo y luego estallaron en risas.
—¿En serio? —dijo uno, tratando de contenerse—. ¿Esta es…?
—Sí, esta es Keily —contestó Gastón, todavía disfrutando la situación—. La nerd oficial de la casa.
Me crucé de brazos.
—Encantada de conocerlos. Ahora, si no les importa, estoy estudiando para algo más importante que escuchar cómo se ríen como hienas.
Algunos se miraron entre sí. Uno de ellos, de cabello oscuro y sonrisa genuina, me observó distinto: sin burla, solo curioso.
—Soy Diego —dijo, extendiéndome la mano.
Lo miré, dudando. Al menos parecía más decente que los demás. Le estreché la mano rápido y me metí de nuevo en mi cuarto.
Intenté concentrarme, pero la música empezó a retumbar como si viviera en una discoteca. Después vinieron los gritos, las bromas pesadas, hasta sonidos de botellas chocando.
Respiré hondo. Uno, dos, tres.
Nada. El ruido seguía.
Me levanté furiosa, salí al living y encontré a todos tirados en los sillones, con videojuegos en la pantalla gigante y comida desparramada por la mesa de vidrio.
—¡¿Qué demonios creen que están haciendo?! —exploté.
Todos me miraron sorprendidos, menos Gastón, que seguía con el control en la mano, relajado.
—Lo que parece, nerd: divirtiéndonos.
—¡Estoy intentando estudiar! —grité—. ¿Es tan difícil entender la palabra silencio?
Uno de los chicos rio.
—Wow, la prometida es intensa.
—No soy intensa, soy estudiante. Y a diferencia de ustedes, algunos necesitamos usar el cerebro para cosas útiles.
Hubo un coro de “uuuh” burlones.
Gastón se levantó del sillón y me enfrentó con una sonrisa de suficiencia.
—Relájate, no vamos a estar toda la noche.
—¿Relajarme? ¡Están haciendo un escándalo como si esto fuera una fiesta! —Me crucé de brazos, temblando de ira—. Y si sigo escuchando esa risa insoportable de tu amigo con la gorra, voy a meterle el control de la consola por donde no le da el sol.
El chico de la gorra se atragantó con el refresco y los demás se doblaron de risa.
—¡Me cae muy bien tu prometida, bro! —dijo entre carcajadas.
Gastón apretó la mandíbula, aunque todavía sonreía.
—Ya, chicos, déjenla. Es que Keily necesita silencio para sus ecuaciones mágicas.
—Programación —lo corregí, fulminándolo con la mirada—. Pero claro, pedirte que entiendas algo más complejo que una selfie es demasiado.
Los chicos se miraron con los ojos muy abiertos y uno silbó bajo.
Por primera vez, vi a Gastón sin respuesta inmediata. Su sonrisa arrogante titubeó apenas un segundo antes de recomponerse.
—Bien, nerd. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que solo yo lo escuchara—. Tú ganas esta.
Me di media vuelta con la frente en alto y regresé a mi cuarto, cerrando la puerta de un portazo.
Detrás escuché carcajadas, comentarios sueltos, y, para mi sorpresa, la voz de Diego diciendo:
—Oye, bro, tu prometida tiene carácter.
Sonreí sin querer. Sí, tenía carácter. Y lo iba a necesitar mucho para sobrevivir a convivir con Gastón Moretti.