A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 31
Carajo, ya había besado antes, obvio. Pero ningún beso me había puesto duro de esa forma, hasta llegaba a doler y a dejarme incómodo.
Puse un cojín sobre mi regazo e intenté concentrarme en la película, porque está claro que no voy a pasarme de los límites aquí, pero confieso que cada vez estoy más loco por esta mujer. Y esa dulzura e inocencia suya han sido todo un combustible para dejarme insanamente deseoso de ella.
El cojín me salvó de que el momento se volviera incómodo; además, el problema no era solo la incomodidad, tenía miedo de que ella pensara que me estaba pasando de los límites y le faltaba al respeto, pero sinceramente no hubo forma de evitarlo.
La película siguió y nos quedamos en silencio, aunque ahora estuviéramos sentados más cerca uno del otro.
Aun sin tocarnos, sentía su aroma embriagante y, lo juro, tuve que mantener toda la concentración del mundo para no volver a besar esa boca. De verdad tenía miedo de pasarme de los límites.
—¿Vamos a acostarnos, bella? —pregunté en cuanto terminó la película.
—Solo necesito asearme primero.
—Yo lo hago en mi baño, ya que mis cosas están ahí, y enseguida vuelvo, ¿de acuerdo?
Ella asintió, pero yo veía su nerviosismo. Y si no lo logra, no voy a insistir, no quiero forzar nada, pero quiero intentarlo, quiero hacer todo lo que pueda para sacarla de ese pozo en el que la metieron.
Fui a mi nuevo cuarto, me aseé y luego volví, y ella todavía estaba en el baño.
Empecé a arreglar la cama mientras la esperaba, y estaba tardando bastante. No sé si tenía la esperanza de que yo desistiera o si estaba tomando valor.
Me acerqué a la puerta del baño y toqué suavemente.
—¿Todo bien?
—Ya salgo.
—Si no quieres hacer esto, está bien, pequeña, me voy a mi cuarto y lo intentamos otro día.
Se abrió la puerta y de ahí salió una Joana hermosa, con el pelo suelto, un pijama liviano que, aunque le cubría todas las partes del cuerpo, aun así parecía extremadamente sexy, mierda. Su mirada era de determinación, lo que me dejó muy orgulloso.
—No voy a desistir sin antes intentarlo. —No puedo creer que se me haya ocurrido una frase tan cliché, pero: "esa es mi chica".
—Así se habla. Ven conmigo. —La tomé de la mano y la llevé al costado de la cama—. Yo me acuesto primero y después tú te acuestas a mi lado, ¿está bien?
Ella asintió y, aun con recelo, yo seguía viendo la determinación; haría de todo para no desistir, podía verlo.
Me acosté despacio, acomodándome en la cama y dejándole espacio a mi lado. Luego arreglé la cobija y, muy despacio, Joana se fue recostando junto a mí.
En cuanto su cuerpo tocó la cama, su mirada cambió, sus ojos parecían negros y su respiración se volvió pesada.
—Bella, mírame, estoy aquí contigo y no voy a lastimarte. Agarra mi mano.
Me tomó la mano despacio y se acercó un poco a mí, pero todavía estaba distante.
—¿Puedo acercarme a ti?
Pensé que iba a salir corriendo, pero, aunque se quedó en silencio un rato tratando de controlar la respiración, enseguida asintió, y entonces me acerqué despacio y la toqué con suavidad, atrayéndola más hacia mí.
—Olvida dónde estás, pequeña. Solo recuéstate en mi pecho y finge estar en cualquier lugar al que sueñes ir. Un lugar hermoso y que te traiga paz.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro y llevó la mano hasta mi pecho. Su respiración todavía era pesada y agitada, pero de a poco la fue controlando.
—Respira despacio, trata de mantener la respiración calmada. Inhala… exhala… inhala… —Ella fue haciendo lo que yo decía, y enseguida noté que su cuerpo se relajaba. No mucho, pero para un primer día es un progreso inmenso—. ¿Mejor?
—Mejor, pero querría volver al sofá, ¿te molesta? —Solté una risa por la nariz.
—Para nada, estoy orgulloso de ti por intentarlo. Y si quieres, mañana lo intentamos de nuevo, y de nuevo, hasta el día en que se vuelva costumbre dormir bien aquí, a mi lado.
Se levantó despacio y caminó hasta el sofá, llevándose la almohada y acomodando su cobija.
—Gracias por todo lo que has hecho por mí.
—No tienes nada que agradecer, bella. Un día a la vez.