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Amarte No Estaba En Mi Venganza

Amarte No Estaba En Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El eco que no debía existir

El sueño llegó cuando mi cuerpo ya no pudo seguir luchando contra el agotamiento.

Al principio solo hubo oscuridad, densa y pegajosa como el mármol frío del despacho donde moriría diez años después. Luego las imágenes se volvieron nítidas, crueles, sin piedad.

Me vi a mí misma en el suelo. La sangre se extendía lentamente debajo de mi cuerpo, tiñendo de rojo oscuro las vetas blancas del mármol. Cada latido de mi corazón empujaba más vida fuera de mí. Los pasos de Víctor se alejaban sin prisa: tacón izquierdo, tacón derecho, tacón izquierdo… un ritmo indiferente, casi aburrido. No miró atrás ni una sola vez. La puerta se cerró con un clic suave. Y entonces solo quedó el silencio. Nadie vino a buscarme. Nadie gritó mi nombre. La muerte, en esa vida, fue un asunto privado y terriblemente solitario.

—No esta vez… —susurré dentro del sueño, con la voz rota—. No esta vez.

Desperté de golpe, incorporándome en la cama con tanta violencia que las sábanas se enredaron alrededor de mis piernas. El corazón me martilleaba contra las costillas como si quisiera escapar. Tenía la frente empapada en sudor y las manos temblando. Pero no fue el sueño lo que me heló la sangre.

No estaba sola.

Lo supe con esa certeza animal que no necesita pruebas. El aire de la habitación estaba cargado, eléctrico, como antes de una tormenta. Una presencia invisible presionaba contra mi piel, se deslizaba por mi nuca, se enredaba en mi columna vertebral.

—Estás despierta antes de tiempo —dijo la voz.

No venía de ningún rincón concreto. No tenía dirección. Vibraba directamente dentro de mi cabeza, baja, serena, casi amable. Como si un viejo conocido estuviera sentado al borde de mi cama hablando en susurros.

Me quedé muy quieta, respirando apenas.

—¿Quién eres? —pregunté. Mi voz sonó demasiado pequeña, demasiado asustada en la penumbra de la habitación.

—Alguien que llevaba mucho tiempo esperando ver si elegirías distinto esta vez.

Apreté las sábanas entre los dedos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Ya lo hice —sentencié.

—Lo sé —respondió la voz con una calma inquietante—. Por eso el tiempo se ha plegado bajo tus pies como papel mojado. Diez años devueltos. Una segunda oportunidad que no deberías tener.

La presencia pareció inclinarse más cerca. Sentí un roce helado en la sien, como un aliento que no era aliento.

—¿Por qué me devuelven? —pregunté, luchando por mantener la voz firme—. ¿Quién lo hizo?

Un silencio breve, casi pensativo.

—No fue un regalo, Eliana. Fue… una corrección. Un error en el tejido que alguien decidió observar en lugar de cortar.

La sensación comenzó a desvanecerse, como si la entidad se estuviera retirando lentamente.

—Espera —dije, extendiendo la mano hacia la nada—. ¿Qué quieres de mí?

La voz ya era solo un eco lejano cuando respondió por última vez:

—Quiero ver qué pasa cuando la pieza que ya conoce el final del juego decide jugar de nuevo.

Y entonces desapareció.

El cuarto volvió a ser solo mi habitación. La lámpara de noche, el reloj marcando las 3:47 a.m., el aroma lejano a lavanda. Todo normal. Insultantemente normal.

No grité. No encendí todas las luces ni llamé a nadie. Explicar que una voz sin cuerpo me había hablado en la oscuridad solo me habría convertido en un “problema emocional” muy conveniente para ellos. Y yo ya no podía permitirme ser conveniente.

Me quedé sentada en la cama durante casi una hora, con los ojos abiertos en la penumbra, repitiéndome las palabras una y otra vez.

No fue un regalo. Fue una corrección.

Tú eres la variable.

A la mañana siguiente bajé al comedor con la máscara de porcelana perfectamente colocada: expresión serena, hombros relajados, pasos suaves y elegantes. Nadie debía notar que había dormido menos de tres horas y que una voz sin rostro me había susurrado que mi regreso era una anomalía.

Víctor ya estaba allí, sentado a la cabecera de la mesa como siempre. Cortaba una papaya con precisión quirúrgica, la misma precisión con la que, años después, hundiría la navaja en mi costado. No levantó la vista cuando me senté frente a él.

—Te ves pálida —comentó con tono neutro—. Deberías descansar más. Últimamente cargas con demasiadas cosas.

Lo observé fijamente mientras tomaba la taza de café que me pasó sin mirarme. Por un segundo intenté encontrar en ese rostro elegante al monstruo que ya conocía. Solo vi al hombre impecable de siempre: traje oscuro, reloj caro, sonrisa medida.

—¿Qué ocurre? —preguntó al notar mi escrutinio prolongado.

—Nada —respondí con suavidad—. Solo pensaba que el descanso es un privilegio que ya no me interesa permitirme.

Víctor levantó una ceja, y por primera vez esa mañana su sonrisa no llegó a sus ojos. Eran ojos de tiburón: fríos, evaluadores, siempre calculando el siguiente movimiento.

—Eso suena peligroso viniendo de ti, Eliana.

—Debería haberte preocupado antes —contesté, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

El silencio que cayó sobre la mesa fue breve pero denso. Víctor entrecerró los ojos un instante, como si estuviera intentando leer una página escrita en un idioma nuevo. No insistió. Siguió comiendo con la misma calma de siempre, pero yo sentí que algo había cambiado en la forma en que me observaba ahora.

Cuando salí de la mansión una hora después, el aire fresco de la ciudad me golpeó el rostro como una bofetada bienvenida. Caminaba por la acera principal, intentando ordenar mis pensamientos entre el ruido de los autos y las conversaciones ajenas, cuando la voz regresó.

No fue brusca esta vez. Se filtró entre el bullicio del tráfico como un susurro pegado a mi oído.

—No confíes en él.

Me detuve en seco frente a un escaparate de una boutique cara. Mi reflejo me devolvió la mirada de una mujer que ya no reconocía del todo.

—¿Por qué? —murmuré, fingiendo que observaba unos zapatos de tacón expuestos.

—Tu muerte no fue un accidente, Eliana. Fue una corrección calculada. Un ajuste necesario para que el tablero quedara limpio.

—¿Corrección de qué? —pregunté en voz muy baja.

—De un error que el tejido del tiempo permitió… hasta que dejó de hacerlo. Tú no eres el error. Eres la variable impredecible que alguien decidió dejar correr para ver qué pasa.

El mundo pareció inclinarse un segundo. Las luces de la calle se volvieron más brillantes, los sonidos más lejanos. Mi regreso no era una segunda oportunidad piadosa. No era justicia cósmica. Era un experimento. Alguien —o algo— estaba observando qué desastre provocaría una pieza que ya conocía todas las jugadas futuras.

Entré en la primera cafetería que encontré, buscando refugio en el aroma intenso del café recién molido y en el bullicio reconfortante de voces normales. Me senté en una mesa apartada junto a la ventana, pedí un espresso doble y me quedé mirando el vapor que subía de la taza.

—No puedes proteger a todos —susurró la voz, y esta vez sonó casi con lástima.

—No quiero proteger a nadie —respondí en voz baja, mirando mi reflejo en el cristal de la ventana—. Solo quiero que, cuando todo arda, ellos ardan primero. Que sientan cada segundo de lo que yo sentí en ese suelo frío.

—El amor será tu mayor amenaza… —dijo la entidad, y su tono se volvió más grave— …o tu única salvación. Elige con cuidado, Eliana. Porque esta vez, si caes, no habrá otra vuelta atrás.

La presencia se retiró lentamente, dejando un vacío extraño en mi pecho.

Me quedé allí durante casi cuarenta minutos, bebiendo el café a sorbos lentos, dejando que el líquido amargo me anclara a la realidad. Cuando por fin me levanté, mi reflejo en la ventana ya no mostraba ni una gota de la antigua ingenuidad.

Solo quedaba un frío ártico. Calculador. Letal.

Si el amor me había matado una vez, esta vez lo usaría como arma: brillante, afilada y estrictamente dirigida al corazón de quienes creyeron que yo era solo una pieza sacrificable.

La historia ya no se escribiría sobre mi tumba.

Se escribiría sobre las cenizas de todos ellos.

1
Claudia Kassar
Necesito las razones del porque esta pasando todo esto
Alondra BMY
me encanta esa trama
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