Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 4: Deber.
Anabel siguió caminando sin mirar atrás. La nieve comenzaba a calarle los pies y el frío se filtraba bajo la capa, pero no se permitió detenerse. No podía rendirse, pero tampoco podía demorarse más de lo necesario. Su ausencia en casa no pasaría desapercibida si se extendía demasiado. Cada minuto contaba.
Avanzó con la cabeza gacha, mezclándose entre las sombras y la neblina blanca que cubría el pueblo. La conversación con Vladimir había terminado de forma abrupta, y aunque no había obtenido una respuesta clara, sabía que había sembrado algo. Aun así, no era suficiente. Nada lo era todavía.
Estaba a punto de doblar en una esquina cuando una voz grave la detuvo.
—Espera.
Anabel se quedó inmóvil.
No se giró de inmediato. Reconoció la voz. Respiró despacio antes de darse la vuelta.
Vladimir estaba a pocos pasos de ella. Ya no parecía tan borracho. El alcohol seguía ahí, pero su postura era distinta. Más firme.
—¿Qué te pasó en la mejilla? —preguntó.
Anabel llevó la mano al rostro de manera automática. Había olvidado por completo el golpe. El ardor seguía ahí, aunque más apagado.
—¿Ahora vienes a interesarte por mí? —respondió con frialdad—. Quizás tengas razón. No eres a quien busco.
Dio un paso para seguir su camino.
No fue una respuesta al azar. Sabía que la indiferencia podía ser más efectiva que la insistencia. No funcionaba con todos, pero con hombres como él, acostumbrados a que el mundo les diera la espalda, solía hacerlo.
Vladimir apretó los labios.
—Espera —dijo de nuevo, esta vez con un tono más bajo—. No me refería a eso.
Anabel se detuvo, pero no se giró.
—Solo dime algo —continuó él—. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y cómo sabes lo que fui alguna vez?
Ella se volvió lentamente.
—Eso fue hace más de veinte años —añadió él—. Nadie lo recuerda. Nadie debería recordarlo.
Anabel lo miró en silencio. Sabía que no podía decir la verdad. No podía decirle que todo aquello estaba escrito en una historia que ella conocía demasiado bien. Que sabía de su caída, de su derrota, de cómo fue señalado como villano mientras otros se llevaban la gloria. Vladimir Oak. El hombre que intentó tomar el trono, que fue vencido por el héroe de la historia, el mismo que luego se casó con la princesa y fue celebrado como salvador del reino.
El mundo lo creyó muerto.
Y en cierto modo, lo estaba.
Anabel eligió mentir. No con miedo, sino con intención.
—Tengo un don —dijo—. Veo el pasado para ayudar al futuro.
Vladimir alzó una ceja.
—Eso suena a mentira.
—Lo sé —respondió ella sin titubear—. Pero es la única explicación que puedo darte.
Él la observó con atención. Ya no había burla en su mirada. Había duda.
—Si te he visto a ti —continuó Anabel— es porque eres el indicado. No para gobernar, no para vengarte. Para salvar pueblos que nadie quiere ver.
Vladimir no respondió de inmediato. Miró al suelo, luego al cielo cubierto de nubes bajas. El silencio se alargó.
—Si esto es un engaño —dijo finalmente—. Es uno muy elaborado.
—No tengo tiempo para engaños —respondió ella—. Ni tú tampoco.
Vladimir suspiró. Se pasó una mano por la barba blanca, pensativo.
—Mañana —dijo al fin—. Al anochecer. En uno de los bares del borde norte. Si no vas, lo olvidaré todo.
—Estaré allí —respondió Anabel sin dudar.
—No llegues tarde.
—No lo haré.
Vladimir asintió una sola vez y se alejó, perdiéndose entre la nieve y las casas bajas.
Anabel se quedó quieta unos segundos más. El corazón le latía con fuerza, pero no por miedo. Había dado un paso que ya no podía deshacer.
Se giró y emprendió el camino de regreso.
Cuando llegó a casa, el cielo seguía cubierto. Era difícil distinguir la hora exacta, pero sabía que ya pasaba del mediodía. El invierno hacía que el tiempo se sintiera detenido.
Entró por la puerta lateral, sacudiéndose la nieve de la capa. Apenas dio unos pasos cuando escuchó una voz conocida.
—Mamá.
Anabel levantó la vista.
Grecia estaba en el comedor, sentada a la mesa. Aquella muchacha tenía diecinueve años y una expresión serena que ocultaba más de lo que mostraba. Su cabello oscuro estaba recogido de manera sencilla. Frente a ella, dos platos servidos.
—Te estaba esperando —dijo.
Anabel sintió un nudo en el estómago.
—Lo siento —respondió—. Me retrasé.
—No importa —dijo Grecia—. Siéntate. La comida se enfría.
Anabel obedeció. Se sentó frente a su hija y tomó los cubiertos. Durante unos segundos, ninguna habló. El sonido del metal contra la loza llenó el espacio.
—¿Estás bien? —preguntó Grecia al fin.
—Sí —respondió Anabel—. Solo cansada.
Grecia la observó con atención, pero no insistió. No preguntó dónde había estado ni por qué había salido. Ese silencio decía más que cualquier reproche.
—Hoy nieva más de lo normal —comentó Grecia—. El pueblo estará complicado.
—Siempre lo está —respondió Anabel.
Compartieron el almuerzo sin prisa. Hablaron de cosas simples. De la casa. De pequeños detalles que no tenían peso real, pero que les permitían mantener la normalidad.
La puerta se abrió de golpe.
Arturo entró al comedor con paso firme. No saludó. No se sentó. Miró directamente a su hija.
—Te casarás en una semana —dijo—. Ya acordé el trato con el duque.
El silencio cayó de inmediato.
Anabel tragó la comida con dificultad. Grecia se quedó inmóvil, con el tenedor suspendido en el aire.
—¿En una semana? —preguntó ella.
—En una semana—repitió Arturo—. Todo está decidido.
—No me dijiste nada —dijo Grecia con voz controlada.
—No era necesario. Tu opinión no es importante.
Anabel apretó los cubiertos con fuerza, pero no habló. Sabía que cualquier palabra suya empeoraría las cosas.
Grecia dejó el tenedor sobre el plato.
—Está bien —dijo.
Anabel giró la cabeza hacia ella, sorprendida.
—Pero con una condición —añadió Grecia—. Me llevaré a mi madre conmigo.
Arturo frunció el ceño.
—Eso no está en discusión.
—Lo está para mí —respondió Grecia—. No me iré sin ella.
—Tu madre se queda aquí.
—Padre, por favor.
—No.
Grecia se levantó de la silla.
—Sabes cómo es esta casa —dijo—. Sabes lo que pasa aquí. No puedo dejarla sola.
—No dramatices —respondió Arturo—. Estará bien.
—No lo estará.
—Grecia —advirtió él—. No me hagas repetirlo.
—Te lo suplico —dijo ella, y su voz se quebró apenas—. Solo eso te pido.
Arturo la miró largo rato. No había compasión en su rostro.
—No —dijo finalmente—. El trato es con el duque. No contigo.
Se giró y salió del comedor sin decir nada más.
Grecia se quedó de pie unos segundos. Luego se sentó de nuevo. Sus manos temblaban.
Anabel se levantó de inmediato y se acercó a ella.
—No tienes que hacerlo —dijo—. No tienes que casarte si no quieres.
Grecia negó con la cabeza.
—Aunque no quisiera —respondió—. él me obligaría.
—Podemos buscar otra salida.
—Esta es la salida —dijo Grecia—. Para ti.
Anabel la miró con incredulidad.
—No —dijo—. No voy a permitir que sacrifiques tu vida por mí.
Grecia tomó su mano.
—Te sacaré de aquí —dijo con firmeza—. Lo prometo. Aunque tenga que hacerlo de esta manera.
Anabel sintió que el pecho se le cerraba.
—No quiero que hagas esto —dijo—. No así.
—No quiero hacerlo tampoco —respondió Grecia—. Pero es lo único que tengo.
Se quedaron en silencio, con las manos entrelazadas.
Anabel pensó en la cita de la noche siguiente. En Vladimir.
No podía fallar.
No ahora. No cuando su hija estaba apostando su futuro para protegerla.
—Escúchame —dijo Anabel al fin—. Pase lo que pase, no estás sola.
Grecia asintió.
—Ni tú —respondió.
Y aunque ninguna de las dos lo dijo en voz alta, ambas sabían que el tiempo se estaba agotando.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí