Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capitulo 24:– La unión oficial y la bendición real
El amanecer del día de la boda se desplegó con un cielo despejado, cálido y brillante, como si todo el reino celebrara con ellos. Los jardines del castillo estaban adornados con flores blancas, lilas y doradas que parecían flotar sobre el aire fresco de la mañana. Cada pétalo y cada guirnalda estaban impregnados del aroma dulce de la primavera, mezclado con el frescor del rocío y el suave perfume de la lavanda que se esparcía por los senderos.
Lioren Aster avanzaba lentamente por el sendero principal, acompañado de su madre omega, Eiden. Su vestido blanco etéreo, con bordados plateados y diminutas perlas que brillaban con la luz del sol, realzaba su figura andrógina y delicada, acentuando su belleza única y casi irreal. Cada paso era un latido de su corazón resonando en todo su ser: nervios, emoción, un leve miedo a equivocarse y, por encima de todo, un amor profundo por Kael Frostgrave. Su cabello plateado caía en suaves ondas sobre sus hombros, captando la luz como hilos de luna.
Al final del sendero, Kael lo esperaba. Su traje negro, oscuro como la noche, estaba decorado con detalles plateados y bordados que reflejaban los mismos motivos del vestido de Lioren. Sus ojos, intensos y cálidos, brillaban con una mezcla de orgullo, deseo y ternura. Al verlo caminar hacia él, su pecho se llenó de emociones imposibles de contener.
—Te ves… —murmuró Kael, pero su voz se quebró ante la magnitud del momento. Sus ojos, normalmente firmes, se suavizaron y se humedecieron levemente.
Lioren se detuvo a unos pasos, sintiendo cómo el mundo entero se reducía a ese instante. Sus manos temblaban apenas y un nudo de emoción se apretaba en su pecho.
—Kael… estoy aquí. Con todo lo que soy —susurró.
El rey se adelantó, solemne, y con voz firme declaró:
—Hoy celebramos la unión de dos almas que han demostrado ser un ejemplo de amor, valentía y dedicación. Que su vínculo fortalezca no solo sus corazones, sino a todo el reino.
El corazón de Lioren latía con fuerza cuando su padre, Alaric Aster, le entregó la medalla familiar partida en dos: una mitad para él y la otra para Kael, símbolo de promesa y unión eterna. Rowan y Cairon, sus hermanos gemelos, rodearon a Kael bromeando suavemente sobre entrenamiento y disciplina, arrancando risas que aliviaron la solemnidad del momento y llenaron a Lioren de una calidez profunda.
Kael tomó la mano de Lioren y lo miró con intensidad. Sus ojos decían lo que las palabras aún no podían expresar: orgullo, pasión, amor y protección.
—Lioren, prometo amarte, protegerte y honrarte —dijo Kael con voz firme, cargada de emoción—. No solo como tu duque, sino como tu compañero… tu elegido para siempre.
Lioren, con un rubor intenso y lágrimas que amenazaban con caer, respondió:
—Y yo prometo caminar a tu lado, apoyarte y amarte en cada desafío y en cada alegría. Eres mi hogar… y siempre te elegiré.
El rey alzó la voz con solemnidad:
—Por el poder que me confiere el trono y en reconocimiento del amor y la dedicación que han demostrado, declaro oficialmente su unión. Que su matrimonio traiga prosperidad a sus ducados y al reino entero.
Un aplauso ensordecedor estalló entre nobles y aldeanos:
—¡Los Duques! ¡Los Duques!
—¡Qué pareja tan perfecta!
—¡Larga vida al amor!
El corazón de Lioren palpitaba con fuerza. Cada vítores, cada sonrisa y cada mirada de aprobación llenaban su alma de gratitud. Kael, a su lado, lo atrajo con suavidad, sintiendo su leve temblor.
—Nunca imaginé que tanta gente nos apoyaría —susurró Lioren, apoyando la cabeza en su hombro.
—No estás solo nunca más —respondió Kael, besando con ternura la corona de su cabeza—. Yo estaré aquí. Siempre.
El festejo continuó en los jardines del castillo, adornados con mesas cubiertas de manteles blancos, flores frescas y luces suaves. El aroma de manjares recién preparados se mezclaba con la fragancia de la primavera. Las calles cercanas estaban engalanadas por los aldeanos, y los regalos llegaban de todos los rincones como símbolo de afecto y admiración.
Al caer la tarde, Kael condujo a Lioren a un rincón más privado del jardín, iluminado por luces colgantes y rodeado de flores reflejadas en un pequeño lago. Allí pudieron respirar con calma. Kael tomó el rostro de Lioren entre sus manos, acarició su cabello y lo besó con profundidad, lleno de promesas y deseo contenido.
—Eres mi mundo —susurró Kael.
—Y tú el mío —respondió Lioren, aferrándose a su alfa, sintiendo cómo cada roce encendía su corazón.
Se abrazaron, compartiendo caricias, besos furtivos y susurros, dejando que el amor y la pasión cultivados durante tanto tiempo se manifestaran de forma intensa y serena.
Al amanecer, los primeros rayos iluminaron el jardín mientras Lioren y Kael descansaban abrazados. Manos entrelazadas, respiraciones sincronizadas y corazones latiendo al unísono eran la prueba de que habían encontrado refugio el uno en el otro.
—Nunca imaginé que esto sería así —murmuró Lioren, apoyando la cabeza en su pecho—. Tan intenso… tan real.
—Yo tampoco —respondió Kael, besando suavemente su cabello—. Pero ahora sé que podemos enfrentar cualquier desafío… juntos.
Y así, entre aplausos, vítores y el cariño de todo el ducado y del reino, el amor de los duques —fuerte, sereno, apasionado y protector— se alzó como una promesa capaz de inspirar y transformar todo a su alrededor.