A Bárbara Lopes le rompieron el corazón, vio sus sueños truncados y aprendió, de la peor manera, que confiar tiene un alto costo. Aun así, su lema es seguir intentándolo, incluso cuando no hay salida, porque nunca tuvo otras opciones.
Gustavo Medeiros, heredero de vastas tierras y empresario nato, vive recluido, aislado por los traumas del pasado y por la responsabilidad de criar solo a su hija. Acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida a través del trabajo, cree que así puede mantener el control de su mundo, aunque eso signifique mantenerse alejado de los demás.
Cuando los caminos de Bárbara y Gustavo se cruzan, dos mundos opuestos chocan. Entre heridas abiertas, decisiones difíciles y sentimientos inesperados, él empieza a ver cómo se le escapa el control, mientras ella se enfrenta a la difícil decisión de volver a confiar.
Una historia de nuevos comienzos, decisiones y el valor de volver a confiar, incluso cuando el pasado sigue doliendo.
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Capítulo 2
El sueño me alcanza como un peso, no como descanso. Es denso, profundo, sin sueños claros — apenas sensaciones. Mi cuerpo se hunde en una oscuridad silenciosa, pero inquieta, como si aún estuviera en alerta, incluso rendido al cansancio. En algún momento de la madrugada, me despierto con el corazón acelerado, sin saber por qué. La habitación está intacta, demasiado quieta. Respiro hondo hasta recordar dónde estoy. São Sebastião. La pensión. Estoy segura. Repito eso hasta que el cuerpo lo cree.
Vuelvo a dormir poco antes del amanecer.
Me despierto con el olor a café pasando. No es el ruido que me despierta, sino el aroma — fuerte, caliente, demasiado real para ser recuerdo. La luz de la mañana entra suave por la ventana pequeña, iluminando la habitación simple. Por algunos segundos, me quedo quieta, observando el techo, sintiendo el cuerpo pesado, como si hubiera atravesado algo durante la noche.
Me levanto despacio y sigo el olor hasta la cocina.
Doña Lourdes está de espaldas, moviendo una olla en la estufa. Usa un delantal claro, ya un poco gastado, pero limpio como todo en esa casa. La mesa es pequeña, cubierta con un mantel floreado, y hay pan cortado, mantequilla, una botella térmica y dos tazas separadas, como si mi presencia ya hubiera sido prevista.
— Buenos días, niña — dice ella, sin voltearse. — ¿Durmió?
Demoro un instante para responder.
— Dormí… pesado — digo por fin. — Hacía tiempo que no sucedía.
Ella asiente, como quien entiende más de lo que pregunta.
— El cuerpo cobra cuando una para — responde. — Pero el café ayuda a despertar el alma.
Me siento a la mesa con cuidado. Doña Lourdes coloca la taza frente a mí, el café humeante llenando el espacio entre nosotras con algo parecido a confort. No hay prisa, ni silencio vergonzoso. Apenas el sonido de la cuchara golpeando en la taza y el día comenzando allá afuera.
Tomo el primer sorbo y siento algo simple, pero raro: presencia. Estoy allí. Entera. Cansada, sí — pero viva.
Tal vez São Sebastião no sea apenas un escondite.
Tal vez sea el lugar donde yo aprenda, poco a poco, a permanecer.
Doña Lourdes se levanta para tomar más café y, cuando regresa, percibe lo que yo venía intentando esconder desde que me desperté. Mi sudadera se desliza un poco en el hombro cuando extiendo la mano para la taza, y no hay cómo evitarlo.
La mirada de ella cambia — no de choque, sino de reconocimiento. Ella no pregunta de inmediato. Apenas se acerca despacio, como quien no quiere asustar a un bicho herido. Sus ojos recorren mi brazo, la sombra amarillenta que aún insiste en quedarse, marcas que el tiempo no apagó tan rápido como yo esperaba.
— Esto no es de ahora — dice bajito.
Mi cuerpo reacciona antes que yo. Se endurece. Los hombros suben, la respiración se acorta. Pienso en negar. Pienso en inventar cualquier cosa simple. Pero estoy demasiado cansada para mentir.
— Ya hace un tiempo — respondo, después de un instante.
Doña Lourdes cierra los ojos por un breve segundo, como quien entiende más de lo que fue dicho. Cuando los abre, la mirada es firme, sin curiosidad excesiva, sin juicio.
— Entonces hiciste bien en irte — dice apenas.
Ella hala la silla y se sienta frente a mí, manteniendo la distancia exacta. No me toca. Respeta el espacio, como quien sabe que ciertos dolores duelen más cuando alguien se acerca demasiado.
— Aquí — continúa, apoyando la mano en la mesa — nadie te va a tocar sin permiso. Nadie va a levantar la voz para disminuirte. Y nadie va a fingir que no ve.
Respiro hondo. Algo en mí cede, no en lágrimas, sino en exhaustión. Por primera vez, no siento la urgencia de defenderme.
Tal vez São Sebastião no sea apenas el lugar donde yo me escondí.
Tal vez sea el lugar donde mis heridas fueron vistas —
y, aún así, acogidas.
El silencio que se instala después pesa menos de lo que yo esperaba. Tomo más un sorbo de café, ahora tibio, y junto coraje suficiente para traer a la superficie una preocupación que insiste en golpear en el pecho.
— Doña Lourdes… me llamo Bárbara...— comienzo, escogiendo las palabras con cuidado. — ¿La señora sabe si hay alguna oportunidad de empleo por aquí?
Ella me observa por encima de la taza, sin sorpresa. Como si ya supiera que la pregunta vendría.
— São Sebastião no es lugar de mucha oferta — responde con honestidad. — Pero está la Hacienda Estrella — dice. — Queda a unos kilómetros de aquí. Casi siempre necesitan gente para la cosecha de naranja.
Levanta los ojos hacia mí, evaluando una vez más mi estado, no con desconfianza, sino con cuidado.
— El trabajo es pesado — avisa. — Sol fuerte, brazo doliendo al final del día. Pero es servicio honesto, y ellos no hacen mucha pregunta. Pagan por semana.
Asiento despacio. Trabajo pesado nunca me asustó tanto como la incertidumbre.
— Yo consigo — digo. — Si hay vacante.
Doña Lourdes suelta un suspiro corto, casi una risa contenida.
— Yo imagino que consiga. Pero no necesita probar nada ahora. Mañana temprano yo hablo con don Zê. Si él está necesitando, usted comienza.
Mi pecho se llena de algo que no sentía hace tiempos: expectativa.
— Gracias — digo, sincera.
Ella hace un gesto simple con la mano.
— Agradece quedándose entera — responde. — Y comiendo bien. Cosecha no perdona cuerpo flaco.
Miro nuevamente por la ventana. El día sigue claro sobre São Sebastião, y por primera vez pienso que tal vez yo pueda tener un lugar de paz para seguir con mi vida.