Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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Ruido, luces y culpa
...CAPÍTULO 23...
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...SOFÍA RÍOS ...
No sé exactamente en qué momento mi vida se convirtió en una cadena interminable de silencios incómodos y verdades a medias.
Han pasado tres semanas desde que Nathan y los chicos están en Los Ángeles.
Tres semanas en las que mi esposo —porque sí, legalmente lo es— se ha vuelto una cara en la pantalla del celular y una voz que aparece cuando su agenda lo permite.
La banda volvió a estar completa.
Alex y Nathan hicieron las paces… o algo que se le parecía. Ya no había gritos, ni golpes, ni entrevistas canceladas por peleas internas. Solo una distancia educada, fría, como si ambos caminaran sobre vidrio cada vez que coincidían.
No eran los mismos y nunca lo volverían a ser.
Al igual que Nathan y yo. Nuestra amistad y tregua matrimonial pactada pareciera que se estuviera cayendo en picada.
Lo supe con certeza el día que Carolina abrió la boca.
—Ay, Sofi, ¿y tú cuándo te vas a mudar a Los Ángeles? —preguntó, con la misma ligereza con la que se pregunta la hora.
Me quedé mirándola, sintiendo un vacío repentino en el estómago.
—¿De qué hablas?
Carolina parpadeó. Una vez. Dos. Sus ojos se abrieron con esa chispa de pánico que siempre precede a que hizo algo mal.
—¿Nathan no te dijo? —preguntó, con ese tonito que a veces odio—Ups.
Así me enteré. No por mi "mejor amigo", no por mi esposo, ni por la productora. Me enteré por la persona menos indicada del planeta de que mi vida estaba siendo empacada y enviada a otro estado sin mi consentimiento.
Desde entonces, el enojo me subía por el pecho como una náusea constante. Y hoy, sentada en la sala de espera de la clínica, con las manos apoyadas sobre mi vientre, ese enojo estaba mezclado con algo peor: soledad.
Estoy de catorce semanas.
Catorce semanas de un embarazo que todavía no logro sentir como mío. Catorce semanas de pensar que mi vida se me fue de las manos justo cuando apenas estaba empezando a entenderla.
—Sofía Ríos —llamó la enfermera.
Entré al consultorio sola. Como ha sido últimamente. Me acomodé en la camilla mientras la doctora revisaba mi historial en la tablet.
Me acomodé en la camilla mientras la doctora revisaba mi historial en la tablet.
—¿El padre se conectará por videollamada? —preguntó con naturalidad.
—Sí —respondí, sacando el celular con dedos torpes.
Nathan contestó al segundo. Demasiado puntual para alguien que llevaba semanas evitando conversaciones importantes.
—Hey —dijo, con una sonrisa cansada y el ruido de fondo de una ciudad que desconocía—. Perdón, estoy saliendo de una reunión.
Claro que lo estabas.
—Hola —respondí, seca, sin devolverle la sonrisa.
La doctora comenzó el chequeo de rutina. El gel estaba frío, pero no tanto como mi propio corazón en ese momento. Ella medía, explicaba y usaba palabras clínicas que chocaban contra el nudo que yo tenía en la garganta.
—El embarazo avanza bien —dijo la doctora, ajena a la tormenta—El tamaño corresponde a las semanas. El ritmo cardíaco es fuerte.
Nathan sonrió en la pantalla como si le acabaran de regalar el mundo. Esa alegría suya me pareció casi insultante.
—Eso es genial —dijo—. ¿Escuchaste, Sofi?
Asentí, forzando un gesto que no llegó a ser una sonrisa. En la pantalla apareció esa forma borrosa, una pequeña vida que ya empezaba a parecerse vagamente a un ser humano.
—¿Quieres mirar? —preguntó la doctora.
Miré. Pero no sentí esa explosión de amor que todas las aplicaciones de maternidad prometen. Sentí miedo. Y una tristeza profunda que no sabía cómo explicar sin parecer un monstruo.
—Todo indica que está saludable —continuó la doctora—. ¿Alguna molestia reciente?
—Cansancio —respondí, mirando al techo—. Y dolores de cabeza.
—Normales en esta etapa —dijo ella—. Necesitaras mucha hidratación y descanso.
Nathan intervino de inmediato, con ese tono protector que ahora me resultaba asfixiante:
—Yo me encargo de eso.
Lo miré entonces. Por primera vez en toda la consulta, directamente a sus ojos a través de la pantalla.
—¿Ah, sí?
Él frunció apenas el ceño, detectando el filo en mi voz.
—Sofía…
No era el momento. Lo sabía. Pero estaba muy molesta con el.
Terminamos la cita, agendamos el próximo control y, cuando la pantalla se quedó en negro, el silencio del consultorio fue ensordecedor. Salí de allí con la ecografía doblada en la cartera y una pregunta martillándome la cabeza:
¿Cuándo piensas decírmelo, Nathan?*
En el auto, el celular vibró.
Nathan: ¿Hablamos más tarde? Tengo la tarde libre.
Solté una risa sin humor que se ahogó en el espacio cerrado del coche. Perfecto. Porque yo llevaba tres semanas esperando esa “Tarde libre”.
Cuando llegué a casa, dejé las llaves en la mesa y me senté en el sofá sin prender la luz. No quería pensar, pero pensar era lo único que mi cerebro me permitía hacer.
No quería vivir en California. No quería dejar mi ciudad, mis planes, mi refugio. No quería que mi futuro se decidiera en juntas de producción donde yo ni siquiera estaba invitada. Y, sobre todo, no quería seguir sintiéndome como una espectadora de mi propia vida.
El celular volvió a vibrar. El nombre de Nathan iluminó la penumbra de la sala.
Nathan (videollamada entrante)
Respiré hondo, tratando de contener las lágrimas de rabia. Contesté.
—Hola.
—Hola —repitió él, buscándome con la mirada a través de la cámara— ¿Cómo salió la cita?
—Bien —dije, cortante—. Todo bien.
—Me alegra —sonrió, aunque se le veía tenso—Oye, Sofi… quería decirte algo.
Crucé los brazos sobre el pecho, protegiéndome.
—Déjame adivinar —lo interrumpí—¿Que Los Ángeles ahora es permanente?
Su sonrisa se congeló. El silencio delataba su culpa.
—¿Quién te dijo?
—No importa quién —respondí, y esta vez el enojo se desbordó—. Importa que no fuiste tú. Importa que supuestamente soy tu “esposa”, Nathan, y me entero de que nos mudamos a una mansión en Los Ángeles porque a Carolina "se le salió".
Nathan suspiró, pasándose la mano por el cabello con frustración.
—No quería preocuparte antes de tenerlo claro. No quería darte más estrés del que ya tienes con el embarazo.
—¿Antes? —reí con incredulidad—. Nathan, ya estás allá. Ya están radicados. Ya decidieron por mí. ¿En qué punto pensabas incluirme en esas decisiones?
—Sofía, es por la banda. Es una oportunidad enorme, el contrato es increíble, ya estamos creciendo mucho a nivel mundial y…
—¿Y yo qué? —lo corté, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. ¿Soy una maleta que se empaca después? ¿Un accesorio que mandas traer cuando ya tienes mi vida decidida por ti?
—No —dijo él rápido, con los ojos brillando de una mezcla de urgencia y cansancio—. Tú eres mi esposa y la madre de mi hija.
—Entonces empieza a tratarme como tal —sentencié—. Porque yo no pienso vivir en Los Ángeles sin siquiera haberlo hablado. No soy un mueble, Nathan.
Se hizo un silencio largo. Pesado. A miles de kilómetros de distancia, podía sentir su frustración, pero ya no me importaba.
—Hablemos cuando vuelva —dijo finalmente—En persona.
—No, Nathan. No vamos a hacer eso —solté, apretando el celular con tanta fuerza que me dolían los nudillos—No vas a colgar para huir de la discusión como lo has estado haciendo estas tres semanas. Me vas a escuchar ahora.
—Sofía, por favor...
—¿"Por favor" qué? —lo interrumpí, sintiendo que la sangre me pulsaba en las sienes—¿Es que por el simple hecho de ser tu esposa mi voz dejó de contar? ¿Soy un mueble que puedes enviar por correo a Los Ángeles cuando te convenga? Me parece el colmo que tomen decisiones que cambian mi vida entera como si yo fuera un anexo de tu contrato con la banda.
Nathan cerró los ojos y soltó un suspiro cargado de fastidio. Se frotó la cara, y cuando volvió a mirarme a través de la cámara, su expresión no era de arrepentimiento, sino de una absoluta exasperación.
—De verdad, estoy cansado, Sofía. Estoy agotado. No tengo el genio para ponerme a discutir por estas cosas ahora, y menos cuando te pones así, toda alterada —dijo con un tono condescendiente que me revolvió el estómago—No estoy huyendo, simplemente no entiendes que esto es un trabajo, que es agotador y que lo hago por nosotros.
—¿"Alterada"? ¿En serio vas a usar esa palabra conmigo? —mi voz salió en un susurro cargado de veneno—Eres un maldito idiota, Nathan. De verdad, no puedo creer que me digas eso. Se supone que, aunque no haya amor de pareja, somos mejores amigos. Se supone que somos un equipo para cuidar a esta bebé que viene en camino, pero ahora mismo... ahora mismo ni siquiera sé si puedo confiar en ti. Me ocultas cosas, decides por mí y luego me tratas como si estuviera loca por reclamarte.
Él negó con la cabeza, soltando una risa seca, casi triste. Se acercó a la cámara y habló con una voz suave, pero cargada de un veneno que no parecía intencionado, lo cual lo hacía peor.
—¿Que no puedes confiar en mí? —preguntó, y su voz bajó de volumen—Sofía, por favor. Todo lo que estoy haciendo, incluso este matrimonio, es para arreglar el desastre que quedó después de lo que pasó. Si estamos en esta situación, si tengo que radicarme acá para que la banda no se hunda y para que Alex pueda siquiera tolerar estar en la misma habitación que yo, es por las decisiones que tú tomaste.
Me quedé helada. El aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago.
—Nathan... —intenté decir, pero él no me dejó.
—Yo solo estoy tratando de que las consecuencias de nuestros actos no nos destruyan a todos —continuó él, como si estuviera explicándole algo a una niña—Si tengo que radicarme en Los Ángeles para mantener el crecimiento de la banda y que el grupo sobreviva, lo voy a hacer. No es un capricho, es mi trabajo y el precio de lo que hicimos. Tú solo tienes que estar ahí y estar bien. Es lo mínimo que te toca, ¿no crees?
El silencio que siguió fue atroz. No me lo había dicho gritando, me lo había dicho como una verdad algo lógica: yo era la responsable del caos, y él era el héroe cansado que intentaba salvarme de mi propio error. Me hizo sentir pequeña, como una carga que él aceptaba por compromiso.
—Eres un maldito imbécil —le dije, con las lágrimas quemándome los ojos—Eres un maldito imbécil si crees que por haberme equivocado perdí mi derecho a decidir sobre mi vida.
—Sofía, no quise decir...
—¡Vete al carajo, Nathan! —le grité, sintiendo una náusea de puro dolor.
Toqué el botón rojo y tiré el celular sobre el sofá. Me abracé las rodillas en la oscuridad de la sala, temblando. Me dolía el vientre, pero más me dolía darme cuenta de que mi "mejor amigo" me veía como un problema que debía gestionar, y no como a su compañera.