«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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¡Mmm, este... yo no sé qué decir, mi reina! Estoy sumamente apenada, frustrada y con ganas de arrancarle las extensiones a la güera . Me la he pasado disculpando a este italiano todo el tiempo, justificando sus celos, tratando de encenderle la única neurona funcional que le queda y, cuando por fin creo que ya entendió el mensaje, ¡va y vuelve a meter la pata bien feo! Es que lo de Luciano ya no tiene nombre. De verdad, es un caso perdido para la ciencia y la psicología moderna.
Pero entremos al auto , donde el silencio es tan espeso que parece cemento fresco y el aire acondicionado no da abasto para enfriar la furia de nuestro ángel.
Luciano llevaba las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto de un color blanco fantasmal. El motor rugía por las calles de Milán, devorando los kilómetros hacia la villa Barone, pero la verdadera tormenta estaba dentro del habitáculo. Tessa iba pegada a la ventanilla del copiloto, con los brazos cruzados con rigidez y la mirada fija en las luces borrosas de la ciudad, completamente congelada.
—Tessa... yo quisiera... —comenzó Luciano con la voz ronca, rompiendo el silencio con un hilo de timidez que jamás usaba con nadie más.
—Te dije que no quería escucharte, —lo cortó ella de inmediato, sin siquiera dignarse a mirarlo. Su dulce voz sonó con una firmeza cortante, despojada de cualquier rastro de la ternura de siempre—. Es más, ni siquiera te hubieras molestado en traerme. Te hubieras ido con tu amiga a platicar de sus "cosas ".
—Tessa, por favor, ella y yo no tenemos nada —intentó defenderse el heredero, sintiendo cómo el pánico le oprimía el pecho—. Es solo una conocida, yo...
—¡Es que no te estoy pidiendo explicaciones! —exclamó Tessa, girándose por fin para clavarle esos hermosos ojos que ahora mismo echaban chispas de rabia pura—. Tú puedes hacer y deshacer con quien te plazca, Luciano. Eres un hombre libre. Tienes treinta años, una agenda llena de "compañeras de juego" y la vida resuelta. No tienes que rendirme cuentas de con quién te acuestas o con quién agendas citas .
—Conejita, por favor, escúchame... —suplicó el gigante, y juro que por un milímetro la voz no se le quebró por completo.
Jamás, en todos los años que tengo viviendo en la cabeza de estas personas, había visto a Tessa tan molesta, tan dolida y, sobre todo, tan profundamente decepcionada. Pero nena, te entiendo perfectamente. Yo también te abrazo desde aquí adentro. Una se cansa de esperar. Una se agota de dar señales, de lanzar indirectas directas, de esperar un milagro de un hombre que, por lo visto, no va a pasar jamás porque prefiere la comodidad de sus mentiras y sus etiquetas absurdas.
El trayecto hacia la villa Barone fue ridículamente rápido. Luciano prácticamente voló sobre el pavimento, estacionándose frente a la gran entrada con un frenazo que hizo crujir las llantas. No había terminado de apagar el motor cuando Tessa ya había abierto la puerta del copiloto.
Bajó del auto con una dignidad imperial, sin decir una sola palabra, sin regalarle una última mirada de despedida y entró a la mansión, cerrando la imponente puerta de madera detrás de ella.
Nuestro Luciano se quedó completamente frío en el asiento del conductor. El silencio del auto lo golpeó como un balazo en el estómago. Jamás en su vida la había visto así. Nunca había experimentado el vacío de su desprecio. Pero claro, como es un hombre, con toda la audacia, la ignorancia y la soberbia que los caracteriza por defecto de fábrica, lo escuché decir en voz alta mientras encendía el motor para regresar a su propia casa:
—Mañana se le pasa. Mañana que esté más tranquila hablaré con ella, le pediré una disculpa y todo estará bien entre nosotros. Como siempre.
¡Ay, no bueno! ¡Grave error, mi italiano! ¡Grave error de cálculo!
Pobre infeliz, de verdad. No tiene la menor idea de lo que le espera mañana. Cree que el corazón de una mujer decepcionada se arregla con una sonrisa de comercial y un ramo de lilas el viernes. No sabe que mientras él maneja de regreso creyendo que tiene el control, las carpetas de los pretendientes siguen abiertas sobre la mesa de Donato y que la paciencia de su "hada" finalmente llegó a su fecha de caducidad. Mañana no se le va a pasar, Luciano; mañana es cuando el juego de verdad va a comenzar y tú vas a tener que ver cómo otros hombres juegan las cartas que tú tuviste miedo de usar.