A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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Capítulo 22: Una noche para recordar
La tarde pasó volando. Salimos de la agencia a las cinco y media y regresamos al apartamento para arreglarnos.
—Juli, ¿qué me pongo? —pregunté mientras abría el clóset.
Ella me observó unos segundos y sonrió.
—Reina, ponte algo elegante. Alessandro es un hombre muy sofisticado y estoy segura de que te llevará a un lugar exclusivo.
Suspiré mientras sostenía un vestido negro entre mis manos.
—Tengo nervios.
Juliana soltó una pequeña risa.
—¿Tú? ¿La mujer más extrovertida que conozco?
—Sí... Aunque parezca mentira. Es la primera vez que salgo sola con un hombre que no es mi novio. Bueno... aunque Dani nunca me ha invitado a una cena romántica, igual me siento nerviosa.
Juli se acercó y tomó mis manos.
—No te preocupes, Vale. Todo va a salir muy bien. Solo disfruta.
Sonreí y fui a bañarme.
Me maquillé con delicadeza, ondulé mi cabello y elegí un elegante vestido negro que resaltaba mi figura. Lo acompañé con unas sandalias altas plateadas y un bolso del mismo color del vestido.
A las siete en punto bajé del edificio.
Allí estaba Alessandro, apoyado despreocupadamente sobre su camioneta. Al verme aparecer, una enorme sonrisa iluminó su rostro.
Alessandro

Cuando la vi salir del edificio, por un momento olvidé hasta respirar.
Ese vestido negro parecía hecho exclusivamente para ella.
Estaba simplemente hermosa.
Me acerqué sonriendo.
—Buenas noches... Estás preciosa.
Ella sonrió de lado.
—Tú tampoco te quedas atrás.
Se acercó y depositó un suave beso sobre mi mejilla.
Le abrí la puerta del copiloto como todo un caballero y, una vez estuvo cómoda, rodeé el vehículo para ocupar mi lugar.
—¿Lista?
Ella asintió.
—Sí. ¿Adónde vamos?
Sonreí mientras encendía el motor.
—A un lugar muy bonito. Reservé un espacio privado para nosotros. Quiero que podamos hablar tranquilos, sin interrupciones.
—Me parece perfecto.
Durante el camino hablamos del trabajo y de algunas anécdotas divertidas.
Al llegar al restaurante, un mesero nos condujo hasta un salón privado que había reservado especialmente para los dos.
No solo quería tranquilidad.
También quería evitar fotografías, rumores o que las noticias llegaran a oídos de mi padre.
Corrí su silla para que se sentara y luego ocupé mi lugar frente a ella.
Después de ordenar la cena, serví dos copas de vino.
Levanté la mía.
—Brindemos.
Ella levantó una ceja divertida.
—¿Y por qué brindamos?
La miré fijamente.
—Porque aceptaste esta invitación... y porque hoy estás aquí conmigo.
Ella sonrió.
—Salud.
Las copas chocaron suavemente.
Después de un pequeño sorbo, ella habló.
—Gracias por las flores y el oso de peluche. Me gustaron mucho.
Sonreí satisfecho.
—Me alegra saberlo.
—Y gracias por invitarme a cenar.
—De nada... aunque ya te dije que no me llames "señor".
Ella soltó una risa.
—Está bien... Alessandro.
Me incliné un poco hacia ella.
—Aunque también puedes decirme amor... mi amor... o alguna palabra cariñosa.
Ella no pudo contener la risa.
—Pides demasiado, Alessandro.
—¿Sí? Entonces dime una cosa... ¿No te gusto ni un poquito?
Vi cómo bajaba la mirada hacia su copa de vino mientras hacía girar lentamente el líquido.
—No es eso...
Esperé en silencio.
—Eres un hombre muy simpático... y también eres consciente del encanto que tienes.
Sonreí divertido.
—¿Y eso es malo?
—No... pero me da miedo.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Miedo de qué?
—De que, como sabes lo atractivo que eres, estés acostumbrado a jugar con las mujeres.
Sonreí con tranquilidad.
—Yo no juego con ellas. Siempre saben a qué atenerse conmigo. Si aceptan estar a mi lado, es porque conocen las reglas.
Ella asintió lentamente.
—Precisamente por eso pongo barreras.
La observé con curiosidad.
—¿Y por qué conmigo?
No podía decirle que todo había comenzado por una absurda apuesta.
Jamás.
Así que decidí ser sincero... al menos en una parte.
—Porque tienes algo que me atrae cada día más. No solo eres hermosa. Me gusta cómo piensas, cómo sonríes... Me gusta estar cerca de ti. Y además sé que no te soy indiferente.
Ella levantó la mirada y sonrió con timidez.
—No... indiferente no me eres.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Entonces... ¿por qué tantas barreras?
Ella respiró profundamente.
—Porque todavía no sé qué es lo que realmente quieres de mí.
En ese instante llegó el mesero con la cena.
Sirvió los platos y volvió a dejarnos solos.
La miré fijamente.
—¿Quieres saber qué quiero?
—Sí. Me gustan las cosas claras.
Asentí.
—A mí también.
Tomé aire.
—Quiero conocerte. Salir contigo. Compartir momentos, reír, descubrir quién eres realmente... y si con el tiempo ambos sentimos que vale la pena, intentar algo más.
Ella permaneció pensativa unos segundos.
—¿Y qué puedes ofrecerme tú?
La pregunta era inevitable.
—Porque, hasta donde sé, tienes una prometida en Italia con la que piensas casarte.
Respiré lentamente antes de responder.
—Ese es justamente mi mayor obstáculo.
Bebí un poco de vino.
—Solo puedo ofrecerte mi compañía mientras esté aquí, en Colombia.
Ella bajó la mirada.
—O sea... hasta que te aburras de mí.
Negué de inmediato.
—No lo veas así. No estoy prometiéndote un futuro porque sería injusto hacerlo. Solo quiero conocerte, disfrutar de tu compañía y dejar que el tiempo decida qué puede pasar entre nosotros.
Sus palabras eran honestas.
Y quizás eso era lo que más me confundía.
Valentina
Él no me estaba prometiendo amor eterno.
Ni un futuro.
Solo conocerme.
Y la decisión era completamente mía.
Después de todo...
Dani llevaba años engañándome y rompiendo mi corazón.
¿Por qué seguir siendo la única que sufría?
Tal vez era momento de pensar un poco en mí.
Lo miré.
—Está bien, Alessandro.
Una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—Conozcámonos... y veamos qué pasa.
Él sonrió como un niño.
—Pero quiero dejar algo claro.
—Te escucho.
—No quiero problemas con otras mujeres. Ni escenas de celos. Tampoco quiero reclamos de tu parte... ni tú tendrás reclamos de la mía.
Él permaneció pensativo unos segundos.
Finalmente preguntó:
—¿Por qué dices eso? ¿Hay alguien más en tu vida?
Sonreí con picardía.
—Puede que sí... puede que no.
Su expresión cambió apenas un instante.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
Solo imaginar que otro hombre pudiera ocupar un lugar en su vida provocó una sensación completamente desconocida.
Celos.
No.
Eso era imposible.
Apenas la estaba conociendo.
Intenté ignorar aquella sensación.
Levanté nuevamente mi copa.
—Entonces... brindemos por esta oportunidad de conocernos.
Ella chocó suavemente su copa con la mía mientras me regalaba una sonrisa capaz de detener el tiempo.
La cena transcurrió entre risas, sueños, proyectos y confesiones.
Hasta que ya no pude seguir resistiéndome.
La miré fijamente.
—Vale... muero por volver a probar esos labios.
Ella no respondió con palabras.
Se inclinó lentamente hacia mí.
Sus labios encontraron los míos en un beso dulce, pausado y lleno de ternura.
Ella acarició mi rostro mientras yo sostenía delicadamente su mejilla.
Fue un beso largo.
Intenso.
De esos que hacen olvidar todo lo que ocurre alrededor.
Solo nos separamos cuando el aire comenzó a faltarnos.
Por un instante quise invitarla a mi penthouse.
Pero algo dentro de mí me pidió paciencia.
Ella no era como las demás.
No quería arruinar lo que apenas comenzaba.
Pagué la cuenta y me puse de pie.
—¿Nos vamos?
Ella sonrió.
—Sí. Mañana hay que madrugar.
Antes de salir, me acerqué y le di un pequeño beso.
—Gracias por aceptar conocerme.
Le guiñé un ojo.
Ella soltó una risa.
Salimos del restaurante tomados de la mano.
Al llegar al vehículo la besé una vez más antes de conducir hasta su edificio.
Cuando estacioné, suspiré.
—No quisiera que esta noche terminara.
Ella me miró con dulzura.
—A mí también me gustó mucho... pero mañana debemos trabajar.
Sonreí resignado.
—Tienes razón.
La besé una última vez, disfrutando de aquellos labios que comenzaban a volverse mi debilidad.
—Buenas noches, princesa.
Ella sonrió.
—Buenas noches... Ale.
Ese simple "Ale" me hizo sonreír como un idiota.
Antes de que bajara del vehículo, le dije:
—Solo quiero pedirte algo. En la agencia mantengamos esto con discreción. Prefiero evitar rumores y chismes.
Ella asintió.
—No te preocupes. A mí tampoco me gustan los escándalos.
Le di un último beso en la frente.
La vi entrar al edificio sin apartar la mirada.
Y cuando desapareció detrás de la puerta, comprendí que poco a poco esa apuesta iba a mi favor