Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo | 22
Camila
—Señor Figueroa, es un honor recibirlo esta noche junto a su esposa.
Un mesero nos recibió.
Nicolás y yo asentimos con una sonrisa.
—Acompáñenme. Los guiaré a su mesa — nos dijo.
El lugar estaba casi lleno. Pero el joven nos guio hasta una puerta de cristal que daba salida a una terraza. Parecía un lugar más reservado.
Allí, solo había dos mesas ocupadas. Una con una pareja de ancianos. Y la otra, con una pareja de jóvenes, de unos veintipocos tal vez.
Nos sentamos en la mesa disponible. La ciudad se extendía frente a nosotros, iluminada, distante, como si no tuviera nada que ver con lo que estaba ocurriendo entre nosotros dos.
Ordenamos el menú del día. Sin tantos rodeos. Nicolás parecía relajado, pero noté que me observaba más de lo habitual, como si estuviera buscando el momento adecuado para decir algo.
—No sabes lo feliz que me hace todo esto — dijo finalmente.
—¿Qué cosa?
Recorrí todo alrededor con los ojos, como buscando una respuesta.
—Esta nueva versión tuya. Más detallista, más cariñosa. Me gusta.
Sonrió.
Resoplé una sonrisa.
—Creo que al fin me estoy adaptando a esta vida. Todo ocurrió muy rápido. La boda, mi embarazo...
—Lo sé. No tienes que explicar nada. — Me interrumpió. — Lo importante es donde estamos ahora.
Hubo un pequeño silencio. Interrumpido por el suave ruido de los cubiertos contra los platos en las otras mesas.
—Aquel día —. Carraspeó. — El de nuestra primera cita. Yo estaba muerto de miedo.
—¿Miedo? — pregunté, alzando las cejas.
—Sí. Tenía miedo de no parecerte suficiente. De no estar a la altura.
Sus palabras me atravesaron de manera inesperada.
—¿Acaso yo... alguna vez te di motivos para sentirte así?
Pregunté con miedo a la respuesta. En aquel entonces no prestaba atención a mis actitudes hacia él. En ese momento, mi mente y mi corazón estaban en otra persona.
Él sonrió.
—No. Por supuesto que no. Tú siempre me viste con respeto. Parecía que veías en mí algo extraordinario. Al menos yo lo sentía así.
Me quedé en silencio. Él tenía razón. Siempre lo miré con respeto. Y eso extraordinario que él mencionaba, era admiración. Siempre lo admiré. Porque conocía su historia y veía su manera de luchar por sus sueños.
Lo veía quedarse hasta la madrugada trabajando para mi abuelo en la mansión. Y al día siguiente, llegar muy temprano.
Era alguien tan correcto. Quizá por ese motivo el abuelo lo quiso como mi esposo.
—¿En qué piensas? — preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—En cuánto te admiro. Nunca dejas de ser optimista. Y eso, te hace increíble.
—Ese optimismo me lo generas tú. Yo siempre supe que, tarde o temprano, las cosas entre nosotros iban a acomodarse —dijo con calma—. Tal vez no como lo imaginamos al principio, pero sí de la manera correcta.
Respiró hondo antes de seguir.
—Porque, siendo honestos, cuando nos casamos, estos no eran exactamente los planes.
Asentí levemente.
—La llegada de Alvarito nos tomó por sorpresa a los dos —continuó—. Ninguno de los dos pensaba en ser padre tan pronto. Ni siquiera habíamos cumplido un año de casados.
Bajé la mirada por un instante.
—Pero aun así… —levantó los ojos hacia mí— ya tenemos una familia. Y yo soy feliz. Muy feliz. Porque tú eres la mujer que siempre soñé… y porque contigo logré la familia que siempre quise tener.
Sus palabras me atravesaron de lleno.
Sentí cómo se me humedecían los ojos, aunque me esforcé por mantener la compostura.
—Tienes razón —dije al fin—. Cuando supe que estaba embarazada, fue completamente inesperado. Me asusté. Tenía otros planes, otros tiempos en mente.
Sonreí con cierta nostalgia.
—Pero hoy empiezo a entender que fue lo mejor que pudo habernos pasado. Alvarito llegó para equilibrarnos de una forma que quizá nosotros solos no habríamos logrado.
Levanté la mirada y lo miré a los ojos.
—A veces pienso que, si no fuera por él, hoy tendríamos una vida muy diferente. Tal vez más ordenada… pero no más plena.
Nicolás extendió su mano sobre la mesa y tomó la mía.
—Nuestro hijo es el mejor regalo que la vida nos dio.
Asentí con una sonrisa.
—Algún día crecerá y lo veremos así — dijo, viendo a la pareja de jovencitos que estaba en la mesa cerca de nosotros.
—Y nosotros nos veremos así —. Volteó hacia el otro lado, donde estaba la pareja de ancianos.
Sentí una punzada en el pecho al imaginarme envejeciendo a su lado.
Y lo que antes veía como una tortura, ahora comenzaba a parecerme una ilusión.
Regresamos a casa pasada la medianoche.
La lluvia había comenzado a caer con suavidad, constante, y el aire era frío cuando llegamos. Tamara ya estaba lista para marcharse, con su abrigo en la mano y el bolso al hombro.
—Está lloviendo mucho —le dije—. Y hace frío. Quédate, por favor. Puedes usar la habitación de huéspedes.
Tamara dudó apenas un segundo, luego sonrió.
—Está bien, señora —respondió—. Antes voy a llamar a mi madre para avisarle.
Asentí, agradecida.
Subí al cuarto del bebé para verlo. Él dormía tranquilito con los bracitos abiertos.
Sonreí con ternura. Saber que Alvarito estaba tranquilo y que no habría prisas me dio una calma silenciosa.
Fui a mi cuarto. Nicolás ya estaba allí. Cerré la puerta detrás de mí, y de pronto, el mundo pareció reducirse a ese espacio. El murmullo lejano de la lluvia, la luz tenue, su presencia.
No hubo palabras innecesarias.
Nos miramos, y en esa mirada hubo algo distinto. No urgencia, no distancia, no dudas. Solo una certeza serena.
Se acercó despacio, como si no quisiera romper el momento. Sus manos me encontraron con una suavidad que me estremeció. Cada gesto fue lento, atento, como si estuviera leyéndome, como si supiera exactamente cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Yo también lo toqué, sin reservas esta vez. Sin esa sensación de estar en otro lugar, sin la mente dispersa. Estaba ahí. Con él. Presente.
Las caricias se volvieron un lenguaje propio. Las miradas sostenidas, las respiraciones que se acompasaban, el modo en que su frente descansó un instante sobre la mía. Todo fue íntimo, profundo, lleno de una conexión que no había sentido antes de esa forma.
Y cuando finalmente me entregué por completo, lo hice sin miedo.
Mi cuerpo respondió de una manera nueva, intensa, sincera. El placer no fue solo físico; nació de algo más hondo. De sentirme deseada, cuidada, amada. De saber que no estaba sola en ese instante, que él estaba conmigo, atento a cada reacción, a cada suspiro.
Alcancé esa plenitud sin esfuerzo, sin desconexión, sin vacío. Fue un momento completo. Verdadero.
Después, permanecimos abrazados, en silencio. Su brazo rodeándome con firmeza, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el ritmo tranquilo de su corazón.
Y supe, con una claridad que nunca antes había tenido, que esta vez había sido distinto.
Porque por primera vez, lo que sentía en el cuerpo y lo que sentía en el alma iban exactamente en la misma dirección.