Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 21: Sombras en la Mesa
La cena en la mansión ya no es el funeral silencioso de los primeros meses. Ahora, el aire está cargado de una tensión eléctrica que a menudo termina en la habitación o, a veces, antes de llegar a ella. Julian sigue siendo un hombre difícil, uno que puede pasar de un comentario rudo sobre la sal de la comida a una caricia posesiva en la nuca en cuestión de segundos.
—Alistair ha estado haciendo preguntas de nuevo —comenta Julian mientras corta su filete con una precisión quirúrgica—. Se pregunta cómo es posible que la "tímida Benerice" esté ahora manejando presupuestos millonarios en mi empresa. Cree que te estoy usando de fachada para ocultar los agujeros que dejó tu hermana.
El nombre de Isabella cae en la mesa como un bloque de granito. El apetito se me cierra de inmediato.
—¿Y tú qué le dijiste? —pregunto, sintiendo la vieja inseguridad florecer.
Julian deja la copa de vino y me mira fijamente. Su mirada es una mezcla de amargura y una lealtad retorcida.
—Le dije que se ocupara de sus propios asuntos antes de que yo me ocupara de hundir los suyos. No me importa lo que el mundo piense de nuestras razones, Benerice. Lo único que me importa es que este apellido siga siendo intocable.
Se levanta y rodea la mesa. Se detiene detrás de mi silla y apoya sus manos en mis hombros. Sus dedos largos y fuertes empiezan a masajear la tensión de mi cuello.
—Mañana vendrán Cekania y Aleric a cenar. Es una cena de negocios, pero también es un escrutinio. Cekania tiene ojos de halcón; buscará cualquier grieta en nuestro matrimonio. Quiero que seas perfecta. Quiero que luzcas las joyas de los Blackwood y que no dejes que nadie sospeche que anoche lloraste en mi hombro.
—No lloro por debilidad, Julian. Lloro porque a veces eres un monstruo —le respondo, girando la cabeza para mirarlo.
Él se ríe, una risa corta y seca que no llega a sus ojos.
—Soy el monstruo que te mantiene a salvo de todos los demás. Incluidos tus padres.
Me toma del brazo y me obliga a levantarme. Me guía hacia la biblioteca, donde el fuego de la chimenea proyecta sombras danzantes sobre las estanterías de libros antiguos. Julian me presiona contra una de las estanterías, su cuerpo varonil y demandante anulando cualquier distancia.
—Me gusta cuando me desafías —susurra, sus manos perdiéndose en mi cabello—. Me recuerda que no eres solo una sombra. Pero nunca olvides quién tiene el mando, Benerice.
Su pasión esa noche es voraz, casi desesperada. Me toma allí mismo, entre el olor a papel viejo y el calor del fuego, con una intensidad que me hace olvidar las auditorías, las comparaciones con Isabella y el odio de Alistair. Julian se entrega con una furia que parece querer borrar mis miedos a través del placer. No es un hombre de palabras dulces, pero la forma en que su cuerpo reclama el mío es el discurso más honesto que me ha dado jamás.
—Tú eres mi única verdad en este nido de víboras —gruñe contra mi oído mientras sus manos marcan mi cintura—. Y pobre del que intente arrebatármela.
Cuando finalmente subimos a la habitación, él vuelve a su silencio habitual, revisando un último informe antes de dormir. Pero antes de apagar la luz, se gira hacia mí y me atrae hacia su pecho, manteniéndome allí con una fuerza posesiva.
—Mañana será un día difícil —dice, su voz volviendo a ser ruda y profesional—. Duerme. No quiero ver ojeras en la señora Blackwood cuando Cekania entre por esa puerta.
Me duermo en sus brazos, sabiendo que mañana el hielo volverá, pero que bajo su superficie, hay un fuego que solo yo sé encender.