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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:812
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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EN EL OJO PUBLICO.

A la mañana siguiente, Lauro observaba a Cora repasando su discurso con la misma emoción con la que, la noche anterior, había ensayado las líneas del libreto de la audición. Había algo en ella que no lograba descifrar, como si quisiera comerse el mundo en un solo día.

Se acercó para despedirse.

—Lamento no poder acompañarte, pero hay asuntos fiscales pendientes en el despacho.

—No te preocupes, yo entiendo. ¿Ya te vas?

Apenas iban a dar las 7:00 a.m. La entrada habitual de ambos era entre 8:30 o 9:00 casi siempre.

—Sí, es que tengo mucho trabajo.

Lauro no quiso decirle que, en realidad, quería adelantar pendientes para poder verla al mediodía ante el pleno.

—De acuerdo.

—Bien.

—Lauro. —Ella le dirigió una sonrisa y el dio media vuelta, pero lo detuvo tomándolo del brazo. Lo acercó a ella y le dio un beso tierno en los labios de despedida.

Lauro cerró los ojos al sentirla, disfrutando de ese gesto dulce que hacía mucho no recibía de su parte.

—Que tengas lindo día —le dijo ella.

—Tú también.

Nervioso, buscó las llaves y salió de la casa.

Al llegar a la oficina, notó que su asistente aún no había llegado, pero era normal, la hora de entrada es a las 9:00 así que tendría que empezar solo.

Alrededor de las 8:00, cuando Esteban entró, como siempre el primero, se llevó una sorpresa al ver luces encendidas en la oficina de su jefe. Pensó que tal vez había olvídado apagarlas. Al pasar por el pasillo con grandes ventanales, se asomó… y pegó un grito que hizo que Lauro también gritara. Por un instante, ambos sintieron la vida abandonarles el cuerpo.

—¡Pero qué demonios, Esteban! —Lauro se llevó una mano al pecho, tratando de recuperar el aire—. ¿Se puede saber por qué gritas?

—Perdón, señor… no esperaba verlo aquí tan temprano. ¡Nunca hay nadie a esta hora en la oficina! —Esteban jadeaba, todavía recuperándose del susto.

—¿Y tú? ¿Siempre entras a esta hora? —preguntó Lauro, arqueando una ceja.

—Sí, señor. Me gusta llegar temprano para preparar todo.

Lauro no pudo evitar sonreír; le recordó a sí mismo en sus años universitarios, al ser el novio de la hija del jefe tenía que demostrar el doble que los demás.

—Bien, si no te molesta, entonces me gustaría comenzar.

Esteban lo miró con cara de incredulidad. Por dentro pensaba: “¿Este hombre está enfermo de trabajo o qué? Siempre llego temprano, pero al menos me tomo mis quince minutos de café. ¿Y ahora me toca café con tensión?”

—No, señor, en lo absoluto —respondió con un tono moderado, aunque por dentro echaba chispas.

Los hombres comenzaron a trabajar. Pronto, el resto de los empleados empezó a llegar, sorprendidos al encontrar movimiento en la oficina tan temprano.

Mientras tanto, del otro lado del matrimonio, Cora llegó al parlamento a las nueve de la mañana. El eco de sus pasos en el pasillo le sonaba más fuerte de lo normal. Se registró en la entrada y una asistente la condujo a la sala de espera donde ya había otros ponentes, algunos revisando papeles, otros hablando en voz baja. Ella llevaba el suyo doblado en la mano, pero lo había memorizado tantas veces que ya no necesitaba leerlo.

No sabía por qué estaba tan nerviosa, se ha parado frente a personas toda su vida, no entiende que hay de diferencia ahora.

Se sentó en una de las sillas de la fila, estirando las piernas para calmar el temblor. Miró el reloj. Faltaban tres horas.

—Tres horas… —susurró apenas, como si al decirlo en voz alta el tiempo pasara más rápido.

Los demás parecían tranquilos, algunos incluso bromeaban. Cora en cambio sentía un nudo en el pecho. Nadie lo notaba, todos pensaban que era nerviosismo por el debate. Ella sabía que era otra cosa.

Una mujer de traje gris se inclinó hacia ella.

—¿Lista para tu intervención?

—Sí —respondió Cora con una sonrisa breve.

Pero apenas la mujer se volteó, apretó con fuerza el papel contra sus piernas. Era un gesto automático, como si así pudiera sostenerse.

Afuera se escuchaban los murmullos de la prensa, el golpe seco de los martillos en la sala, la voz del presidente llamando a orden. Cora se irguió en la silla.

Se sentía como si todo en su vida la hubiera traído hasta ese instante. Había esperado demasiado, ahora debía usar su voz.

Miró el reloj otra vez. 11:47. Su turno estaba cada vez más cerca.

11:54 Cora estaba detrás del portón, viendo la sala por una rendija.

Los diputados se acomodaban, algunos revisaban papeles, otros hablaban en voz baja. Todo el mundo parecía seguro, menos ella.

Se pasó la mano por el cabello y apretó los papeles contra su pecho. Los tenía memorizados, pero necesitaba sentirlos, como un ancla. Nadie sabía lo que pasaba con su corazón. Nadie debía saberlo.

—Señorita, en cinco minutos la llaman —le dijo un ujier.

Asintió. Respiró hondo y se apoyó en la pared un momento. Intentó calmar el nudo en el pecho, pero estaba ahí, constante.

11:59. Todo el mundo en la sala se puso de pie. El presidente anunció su nombre con voz clara. La puerta se abrió.

Cora dio un paso. Otro. Los tacones golpeaban el piso con eco. Sentía que todo se concentraba en ese instante. Se acercó al estrado y dejó los papeles sobre la mesa.

12:00 en punto. Estaba frente a todos. Respiró hondo y levantó la mirada.

Lauro había pedido a Esteban que le abriera el canal legislativo cinco minutos antes de las 12:00. Había detenido cualquier otra actividad en la oficina solo para verla. Con el café en la mano, se quedó inmóvil frente a la pantalla; su corazón latía más rápido por verla a ella que por cualquier informe fiscal que pudiera revisar. Cada palabra que salía de sus labios lo atravesaba. Era como si pudiera sentir la fuerza de su voz atravesando la pantalla, directa hasta él.

—Señoras y señores —dijo Cora—, vengo a hablar sobre la ley del Cierre Voluntario. Esta ley propone permitir que personas sanas puedan decidir terminar su vida de manera anticipada, bajo el argumento de autonomía y muerte digna.

Hizo una pausa y continuó:

—Como abogada, y con conociendo miento de la normativa vigente, reconozco los argumentos a favor: la libertad individual, el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, y la supuesta prevención de sufrimiento. Sin embargo, al revisar la evidencia internacional, los resultados no son concluyentes. Las medidas de protección no siempre se cumplen, y el riesgo de decisiones impulsivas o influenciadas por presiones externas es real.

Lauro frunció el ceño, aferrándose al borde de la mesa virtualmente como si pudiera tocarla. Cada palabra que decía Cora le provocaba una mezcla de orgullo y ansiedad. Quería aplaudir, gritarle que estaba increíble… pero no podía. Solo podía verla brillar frente a todos.

Un diputado levantó la mano y preguntó:

—Señorita, usted habla desde la teoría y los números. Pero, ¿qué garantía tiene de que no se trata de un derecho legítimo de elección personal?

Cora respiró hondo, mantuvo la calma:

—No pongo en duda la autonomía individual. Pero la vida no es solo un derecho de elección; es un derecho de protección, de crecimiento, de contribución a la sociedad. Tomar decisiones irreversibles sobre la propia vida cuando todavía no hay enfermedad ni sufrimiento es un riesgo que las leyes no deberían permitir.

Lauro apretó los puños. Sentía cada mirada que se posaba sobre ella, cada segundo en que su firmeza parecía desafiar al pleno entero.

Otro legislador intervino, más incisivo:

—Usted argumenta prevención de riesgos, pero ¿acaso no limitaría esto a personas que ya son saludables? ¿No es eso paternalista?

Cora asintió ligeramente y respondió con precisión quirúrgica:

—No se trata de paternalismo, se trata de precaución. Incluso personas sanas pueden atravesar momentos de vulnerabilidad emocional, presión familiar o social. La ley no puede anticipar todas las circunstancias, y la decisión de morir puede ser irreversible frente a influencias temporales.

Un tercer legislador levantó la mano:

—Señorita, ¿cómo propone usted que se implementen los controles de riesgo? ¿Cree que bastaría con exámenes psicológicos o evaluaciones periódicas?

—Los controles actuales no son infalibles —contestó Cora—. No se trata de colocar más exámenes; se trata de reconocer la incertidumbre humana. Ningún protocolo puede garantizar que una persona en vulnerabilidad emocional o presión externa tomará la decisión correcta. La ley debería priorizar la vida y la prevención de errores irreversibles.

—Y en términos legales, si alguien decide hacerlo y luego cambia de opinión, ¿cómo manejaría el sistema la reversión de esa decisión? —preguntó otro legislador, con un tono más crítico.

—No hay reversión posible —dijo Cora con firmeza—. Eso es lo que hace que esta ley sea tan peligrosa. La muerte es definitiva; no hay retroceso. Por eso la precaución debe superar la libertad absoluta cuando aún no existe enfermedad ni sufrimiento.

—Señorita, ¿considera que esto podría afectar la carga ética y legal de los médicos? ¿No estarían expuestos a demandas si una persona sana decide terminar su vida? —preguntó un legislador más veterano.

—Exactamente —asintió Cora—. Los médicos quedarían en una situación insostenible: cumplirían la ley, pero serían responsables de consecuencias irreversibles. Esto añade presión, riesgo y posible negligencia, incluso para profesionales que actúan con ética.

Finalmente, un legislador joven, buscando un punto débil, la cuestionó directamente:

—Señorita, ¿y usted qué experiencia personal tiene para cuestionar que alguien sano decida terminar su vida?

Lauro contuvo el aliento. Sabía que esa era la prueba más dura, y por un instante vio cómo un pequeño destello de duda cruzaba los ojos de Cora. Pero ella respiró, levantó la barbilla y habló:

—No necesito estar enferma para entender que la vida tiene valor. Pero incluso para quienes la vida tiene un límite, cada día que se vive es único y no reemplazable. Permitirme decidir sobre la propia muerte cuando aún no hemos explorado todo lo que podemos hacer con nuestra existencia, no es libertad; es renuncia anticipada. Y eso, señoras y señores, es un error que la ley no debería cometer.

El silencio que siguió fue absoluto. Algunos legisladores intercambiaron miradas sorprendidas; otros bajaron la cabeza, como si temieran que alguien pudiera juzgar su reacción. La frase había impactado a todos, y Lauro sintió un orgullo tan profundo que le dolió el pecho. No podía apartar los ojos de ella.

Afuera, los periodistas ya habían registrado la frase. Las cámaras de televisión enfocaban el estrado, y en redes sociales, los primeros comentarios aparecían en tiempo real: “Increíble intervención”, “Jamás había escuchado este enfoque”, “Una joven que cambia el debate sobre la eutanasia”.

Cora respiró y retomó su postura:

—Gracias. Estoy lista para responder cualquier pregunta técnica que tengan sobre la implementación de esta ley.

Lauro exhaló finalmente, aliviado de que ella hubiese terminado, pero con el corazón todavía latiendo a mil. Sabía que lo que acababa de decir no solo había dejado una marca en el pleno: estaba poniendo a Cora en el ojo público, y nadie podría ignorarla.

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