Florence es una chica común de 25 años estudiante de ultimo año de literatura.
Alfred Van-Hansen un viudo de 30 años, él primer ministro más joven de la historia, padre de dos niños pequeños que intenta por todos los medios ser un padre presente y ayudar a gobernar su país.
Un escándalo hace que la vida de ellos se encuentre y nos les queda más remedio que unir sus vidas por el bien de ambos. Pero hay dos condiciones que tambalean en la mente del Primer Ministro que reconsidera donde está puesto.
El amor llega donde menos te lo esperas.
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CAPITULO 20
El dolor de Albert era indescriptible. Ni siquiera él mismo pudo guardar la compostura cuando vio salir de la casa a Florence con la promesa en sus labios de no volver.
La copa que tenía en sus manos anteriormente azotó se estrello en la pared dejando los cristales en el piso.
Entonces, después de su abrupto arranque de ira, la casa se sentía en completo silencio.
El odiaba ese silencio, ese era el silencio que le recordaba que estaba solo y el estarlo le recordaba lo que había perdido.
Primero a Margarita y luego a Florence.
Ambas se encontraban en su corazón y ni el mismo pudo dudarlo, amaba a Margarita y siempre la amaría, sin embargo la presencia de Florence, lo había hecho abrir los ojos.
Ella era hermosa y hacía que su corazón se sintiera colegial al sentir su presencia. Su perfume embriagaba su sistema hasta perder la cabeza.
Hasta ahora el entendio que había dos tipos de amor: El primer amor que amarás para siempre y el amor con el que debes amar para toda tu existencia. Ya había perdido la primera y deseaba que la segunda no lo abandonara para siempre.
—Señor— dijo su secretario.
—Llama a Forest, Ethan. Dile que venga ¡Ahora!
Sin tentar a su suerte, Ethan camino hacia donde se encontraba el solicitado. La cara de arrogancia se mostraba la cara del chico que no temia ni un poco al primer ministro, el había visto como Florence como había abandonado la Gran casa y estaba dispuesto a defender a la chica aunque los golpes estuvieran de por medio.
—¿Acaso te pago para que salgas en la portada con mi esposa?
—Nos vemos...bien—Foster río cuando en sus manos vio la foto, sus ojos no podía ocultar el orgullo.
—¿Cual es tu trabajo aquí, eh? ¿TE METISTE EN MI CASA PARA JODERLA? ¿Eres un reportero?
—En realidad no, Albert.— El orgullo desaparecía dando paso a la furia.— Soy un simple mortal que quiere lo que te "pertenece". — Formalizo las comillas con los dedos.
—¿Porque esa expresión, muchacho? ¿Que acaso no conoces la ley?
—Si la conozco pero también sé que su matrimonio es falso.
Entonces la ira del primer ministro se desató y se le fue encima al chico que solo río por lo alto. Su cometido se había realizado.
En el momento en el que ella pronunció las palabras que lo alejaban de Albert se arrepintió. Los ojos del chico se habían vuelto más grandes y sus lágrimas estaban a punto de rodar por sus mejillas.
En el rostro del primer ministro se podía ver el dolor que le había provocado. Entonces ella se arrepintió, supo que no importaba que no le creyera, quería estar con él.
Pero la foto de Margarita la hizo cambiar de parecer.
Era la foto de su boda, ambos sonreían fuertemente como si alguien hubiera contado una buena anécdota, el amor que plasmaba esa foto jamás podría ser igualada por ese hombre.
Luego estaba el moretón, aquel dolor que sentía al roce le recordaba que no conocía lo suficiente al hombre con el que se había casado y que este comportamiento se podía repetir.
Entonces, decidida salió de la Gran casa. Sí, esta vez su promesa la iba a cumplir y se iba a echar para atrás. O eso esperaba.