Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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Llámame Katy
POV Katia
Podía sentir su piel ardiente de deseo y éxtasis, vibrando al mismo compás que la mía.
Sin embargo, no había prisa; el tiempo parecía haberse detenido deliberadamente para nosotros en aquel santuario clandestino, muy lejos de las exigencias del mundo real.
Me mostró el lugar paso a paso.
Era un espacio excéntrico y sofisticado, un rincón prohibido al que jamás habría entrado mi otra versión, la de la rutina y las certezas.
Sin embargo, allí estaba yo, admirando con los ojos muy abiertos cada herramienta meticulosamente diseñada para explorar el placer al extremo.
Sobre las superficies oscuras se alineaban no solo instrumentos de rigor, sino también una selección pecaminosa de dulces, cremas comestibles y lubricantes de aromas exóticos.
Era, en esencia, como entrar a un parque de diversiones exclusivo para adultos, donde las reglas del juicio ajeno simplemente se desvanecían.
—Todo es nuevo—escuché su voz muy cerca de mi oído, ronca y cargada de una promesa silenciosa.
Sentí su cuerpo pegado con firmeza a mi espalda, su calor traspasando la tela de mi ropa, mientras sus manos fuertes me abrazaban el abdomen, deteniendo el aire en mis pulmones.
Sentí recorrer la curva de mi cuello con los labios, un roce tan tibio y deliberado que mi piel se erizó al instante, reclamando más.
Sin embargo, no siguió.
Con una disciplina férrea y un respeto absoluto hacia mis tiempos, Rafael se apartó con una sonrisa sutil en los labios y me dejó allí, de pie frente a la mesa repleta de objetos enigmáticos que ni siquiera sabía que existían, y mucho menos cómo se usaban.
Lo escuché alejarse hacia el baño con pasos pausados y, minutos después, un aroma relajante a lavanda y sándalo comenzó a filtrarse por el ambiente, llegando a mis fosas nasales como un llamado magnético.
Mis pies, guiados por una mezcla de curiosidad y un anhelo irrefrenable, me llevaron tras él de manera involuntaria.
Allí estaba. De pie, sin camisa, con la luz dorada y parpadeante de las velas reflejándose en los músculos marcados de su espalda.
Comprobaba con calma la temperatura del agua de una amplia tina de hidromasaje.
La superficie del agua estaba delicadamente adornada con pétalos de flores escarlatas, rodeada por decenas de velas aromáticas que proyectaban sombras danzantes sobre los azulejos oscuros, creando una vista sencillamente espectacular, casi irreal.
El vapor tibio del jacuzzi envolvía la estancia, difuminando las sombras y creando un refugio privado.
Me quedé inmóvil en el umbral del baño, observándolo con una mezcla de fascinación y un leve temblor en el pecho.
Al escuchar mis pasos, Rafael giró ligeramente el rostro.
Sus ojos oscuros me encontraron de inmediato, fijos en mí con una lujuria contenida, pero sobre todo con una devoción abrumadora.
Era una mirada que no exigía sumisión ciega, sino que ofrecía un espacio seguro; un reflejo de respeto mutuo donde ambos sabíamos exactamente qué éramos el uno para el otro.
En ese instante comprendí algo fundamental: permitirnos explorar nuestro propio cuerpo, disfrutar sin culpa del deseo carnal y rendirnos ante alguien con quien compartes una química tan pura no es un error, sino un acto de honestidad con uno mismo.
No se trataba de destruir el pasado, sino de rescatar la vida que se nos iba de las manos en silencio.
Rafael se incorporó con lentitud de la orilla de la tina, secándose las manos en una toalla pequeña, y dio unos pasos hacia mí hasta acortar la distancia por completo.
—Ven aquí, Katy —murmuró, con una voz tan suave y a la vez tan imperativa que mis pies obedecieron al instante.
Se detuvo a apenas unos centímetros de distancia, levantando una mano para rozar con la yema de sus dedos mi mejilla, recorriendo la línea de mi mandíbula con una delicadeza infinita.
—Katia...
—empecé a decir con un hilo de voz, sintiendo por inercia el peso invisible de mi nombre oficial, el nombre que pertenecía a la casa, a las responsabilidades y a mi matrimonio.
Rafael negó despacio con la cabeza, interrumpiéndome con una seriedad que me dejó sin aliento. Sus ojos brillaban con una lucidez profunda.
—No.
Permíteme llamarte Katy —pidió en un susurro grave, cargado de una solemnidad que me conmovió hasta los huesos—.
Quiero que cada vez que esté contigo, ese nombre sea el símbolo absoluto de que aquí no eres la esposa de nadie, ni la madre, ni la ama de casa que carga con el mundo en los hombros.
Aquí solo eres tú. Eres Katy: una mujer libre, deseada y dueña absoluta de su propio placer. ¿Me concedes ese permiso?–
Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta.
Sentí que los ojos se me humedecían de repente, no por tristeza, sino por el alivio colosal de escuchar lo que mi espíritu había estado pidiendo a gritos durante años: el permiso de dejar de fingir.
En esa mirada no había exigencias ni cargas; solo una entrega mutua y el reconocimiento de la mujer real que había permanecido oculta bajo capas de rutina.
Inhalé hondo, conteniendo las lágrimas, y asentí con la cabeza mientras una sonrisa trémula y sincera se dibujaba en mis labios.
—Sí...
—logré articular, con la voz quebrada pero firme—.
Llámame Katy.
Rafael sonrió, una expresión genuina y cálida que pocas veces mostraba, antes de inclinar su rostro y sellar mi respuesta con un beso lento, profundo y cargado de una devoción que borró de golpe cualquier rastro del pasado.