En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 21: Palabras de Aire y Alas
Aquel mundo mágico ante sus ojos se hizo trizas en un segundo. Al girar en una esquina, su mirada chocó de frente con la realidad, un grupo de esclavos, hombres y mujeres, encadenados unos a otros por el cuello y las muñecas, eran exhibidos sobre una tarima de madera. Sus ojos estaban vacíos, sus cuerpos marcados por el látigo, ofrecidos a gritos como simples objetos de feria.
La injusticia la golpeó como un puñetazo en el estómago. La sonrisa de Esperanza se borró, reemplazada por un frío amargo que le heló la sangre. Estaba tan absorta en aquella escena de miseria que el mundo a su alrededor se volvió un zumbido sordo. No escuchó el estrépito de los cascos, ni los gritos de la multitud.
—¡Córrase, jovencita!—rugió una voz ronca.
Una carreta se abalanzaba sobre ella. El animal relinchó, alzando sus patas delanteras a escasos metros. Esperanza se quedó petrificada, con los ojos dilatados por el terror.
Antes de que el impacto la destrozara, un brazo firme y veloz la rodeó por la cintura, tirando de ella con una fuerza asombrosa. El mundo giró violentamente hasta que su espalda chocó contra una pared de adobe. El estruendo del carruaje pasando a toda velocidad fue lo único que llenó sus oídos por un momento.
Aturdida y con la respiración entrecortada, Esperanza comenzó a recuperar el sentido. Una voz suave, pero cargada de una extraña autoridad, rompió el silencio de su asombro.
—¿Estás bien?
Esperanza levantó la vista lentamente, aún temblando. Lo primero que vio fue una camisa blanca que ondeaba ligeramente con la brisa del río, revelando un pecho ancho y una complexión fuerte. Su mirada ascendió por un cuello bronceado por el sol, una mandíbula firmemente marcada y unos labios gruesos que mantenían una expresión de preocupación genuina. Finalmente, se encontró con unos ojos color café, profundos y cálidos, enmarcados por un cabello castaño revuelto por el caos del momento.
Es un joven cuya presencia parecía irradiar una luz distinta a la de los amos de la hacienda.
—¿Señorita?—insistió él, sin soltarla del todo, buscándole la mirada con una intensidad que la hizo olvidar, por un segundo, que ella era una esclava y él, un desconocido.
Esperanza asintió con un movimiento casi imperceptible, su voz era apenas un hilo de seda quebrado.
—Disculpe... yo... —balbuceó, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Incapaz de sostenerle la mirada, desvió los ojos hacia la plaza, donde los esclavos seguían siendo subastados bajo el sol inclemente. Aquella visión hería más que el golpe que casi recibe. El joven, lejos de mostrar indiferencia, siguió su rastro visual. Un suspiro pesado escapó de sus labios, un sonido cargado de una melancolía que Esperanza no esperaba encontrar en alguien de su clase.
—Entiendo —dijo él en voz baja, casi en un secreto—. Siento el mismo dolor cuando veo tanta crueldad.
Sorprendida por esa confesión, Esperanza levantó la mirada de golpe, volviendo a anclarse en aquellos impresionantes ojos café.
—Considero que las personas deberían ser como las aves —continuó el joven, y una sonrisa ladeada, cargada de una dulzura deslumbrante, iluminó su rostro— Libres de volar hacia su propio destino.
Aquella frase golpeó el corazón de Esperanza con más fuerza que el rescate físico. Nadie le había hablado de esa manera. Se sintió completamente perdida, navegando en la profundidad de esa mirada que, por un segundo, la trató como a una igual.
—¡Esperanza! —el grito de Carlota rasgó el aire como un cuchillo.
La cocinera se acercó a paso herido, con el rostro desencajado por la preocupación. Al ver al joven, su expresión cambió a una de sumisión y respeto inmediato.
—Perdón, joven señor —dijo Carlota haciendo una breve reverencia—, espero que esta muchacha no le haya causado ninguna molestia.
El joven dio un paso atrás, rompiendo el círculo de protección que los envolvía. Solo entonces, Esperanza pudo volver a respirar, aunque el aire se sentía más denso que antes.
—En absoluto —respondió él, manteniendo sus ojos fijos en Esperanza un segundo más de lo necesario—. Solo aseguraba su seguridad.
—Vamos, jovencita, es hora de volver. No podemos retrasarnos más —sentenció Carlota, tomándola con firmeza del brazo.
Esperanza cargó las cestas, que ahora pesaban más que nunca, y comenzó a caminar de regreso hacia los muros de la hacienda. Pero antes de cruzar la esquina que la devolvería a su vida de sombras, no pudo evitarlo y volteó una vez más.
Allí estaba él, caminando entre la multitud alejándose con la naturalidad de quien posee el mundo. Se iba como si nada hubiera pasado, sin saber que había dejado tras de sí un incendio de sensaciones y emociones que Esperanza no sabría cómo apagar.