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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:907
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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ENTRE DESEO Y DESTINO

La noche estaba cayendo. Cora recorría la sala como loca, ensayando la escena de la audición de un lado a otro.

—Mi hermosa princesa, no puedo esperar para que seas mi esposa y futura reina. —dijo, tratando de adoptar la postura del príncipe—.

Luego giró con delicadeza para interpretar a la princesa:

—Oh, majestad… sus palabras me ilusionan y me emocionan. He soñado con el día en que nuestras vidas queden al fin unidas.

Se giró de nuevo como príncipe:

—Cada instante a su lado se siente distinto… más… más… —Cora olvidó la línea y se detuvo, frustrada.

Volvió a empezar, respirando hondo.

Lauro la observaba desde la cocina. La veía frustrada; sabía que tenía facilidad para memorizar, pero algo la estaba bloqueando. Con un vaso de agua en la mano, se acercó con cautela.

—¿Estás bien?

—Sí… es solo que no logro memorizar estos diálogos. No es fácil practicar sola.

—Ya lo has hecho antes.

—Lo sé… —dijo, frustrada—, pero quiero que sea perfecto. Quiero protagonizar la obra.

—Si quieres, te ayudo.

—Está bien.

—¿Tienes copia del libreto?

—Sí. —Cora se la entregó.

Lauro lo leyó un momento y asintió:

—Estoy listo.

—Bien.

Se pusieron frente a frente y Lauro comenzó:

—Mi hermosa princesa… no puedo esperar para que seas mi esposa y futura reina. —Se llevó la mano al pecho, siguiendo el libreto.

Cora lo observó con dulzura y timidez:

—Oh, majestad… sus palabras me ilusionan y me emocionan. He soñado con el día en que nuestras vidas queden al fin unidas.

—Cada instante a tu lado se siente distinto… más brillante, más verdadero. —Lauro estaba completamente metido en el papel.

—Yo… también lo siento. Aunque caminemos rodeados de miradas y reglas, cuando estamos juntos… parece que nada más importa. —Cora soltó finalmente el libreto.

Lauro tomó su mano como indicaba la escena, y una corriente eléctrica recorrió a Cora.

—A veces deseo que el tiempo se detenga solo para nosotros, aunque sea un segundo… —dijo Lauro, mirándola a los ojos con voz profunda, sin perder la postura del libreto.

—Me gustaría poder caminar contigo sin tanta formalidad… sin la sombra de los ojos vigilantes. —Cora señaló ligeramente, como si hubiera un chaperón detrás.

Lauro se acercó más. Ya no pensaba en el libreto; su mirada estaba completamente centrada en ella.

—Entonces… permíteme robar un instante solo para nosotros. —Tomó suavemente su barbilla, inclinando su rostro hacia el de ella.

—Sí… aunque sea un instante. —Cora respondió con voz entrecortada.

“Carajo”, pensó Lauro. “Qué bien actúa”pero ella ya no está actuando.

Se acercaron lentamente, frentes rozándose. Sus manos se entrelazaron; Lauro colocó una en la nuca de Cora, ella rodeó suavemente su cintura.

—Abigail… cada vez que me miras así, siento que podría perderme en ti.

—Edmon… cada gesto tuyo hace que todo lo demás desaparezca…

Lauro sabía que debía parar ahí, la escena marcaba el beso.

Pero, al carajo… si Cora lo cacheteaba después, iba a valer totalmente la pena.

La escena pedía un beso tierno, inocente, pero lo que Lauro le dio a Cora no tenía nada de eso. La tomó de la nuca con firmeza, pegando sus labios a los de ella. Al principio apenas la probó, pero en segundos su lengua se abrió paso con fuerza, reclamando espacio, enredándose con la suya, húmeda, ansiosa, empapando cada roce.

La apretó contra él hasta sentir sus pechos chocar con su pecho, hasta que no quedó aire entre sus cuerpos. Sus manos recorrieron su espalda con un ritmo áspero, bajando por su cintura, atrapándola sin darle salida. La besaba con la boca abierta, jadeando contra sus labios, hasta que le arrancó un gemido a Cora y eso, nubló todo razocinio de Lauro.

Lauro la apretó más contra el , como si el aire ya no fuese suficiente. Su lengua entraba y salía, acariciando y empujando, un vaivén que arrancaba de Cora un estremecimiento tras otro. Ella respondió aferrándose a su camisa, tironeándola como si buscara sostenerse de algo mientras él la devoraba.

El roce de sus bocas era húmedo, rudo, casi salvaje. Lauro la mordió suavemente en el labio inferior, tirando de él, y cuando sintió la respiración temblorosa de Cora, la besó más profundo, como si quisiera tragarla entera.

Su pelvis se apretó contra la de ella en un movimiento instintivo, dejando claro el efecto que le provocaba. La guía fue torpe y urgente: los cuerpos se movían juntos, buscando más contacto, más fricción, perdiendo el compás de lo que debía ser un ensayo.

Ya no quedaba ficción ni libreto. Solo el, el calor de su respiración mezclada con sus besos el choque de sus cuerpos atrapados en un deseo que no pedia controlar.

Llegaron hasta el sillón.

Cora quedó debajo de Lauro, el estaba entre sus piernas, sin espacio para moverse, prisionera del peso y la urgencia con la que él la cubría.

Su mano descendió por el muslo de ella, firme, arrastrando la tela hacia arriba hasta alcanzar la curva de su pierna. La apretó con fuerza, y después se deslizó sin dudar hasta su glúteo, cerrando los dedos en un agarre posesivo, hundiéndolos contra su carne.

El gesto lo sacudió. Una descarga lo atravesó como un latigazo, no solo de deseo, sino de memoria. El roce de su mano, la forma exacta en que la tenía debajo, le trajo de golpe un recuerdo enterrado: la misma postura, el mismo calor, una escena que lo marcó y que no había permitido regresar a su mente en años.

Y mientras los besos de Lauro comenzaban a desender por el cuello de Cora un recuerdo se sobrepuso con tanta claridad que dejó de saber si estaba en el presente o en el pasado.

…Años atrás, cuando apenas eran novios. La hermana y madre de Lauro habian salido, pero no iban a tardar, mientras que ellos se quedaron viendo una película.

Se habían quedado solos, la tensión creciendo entre miradas robadas y roces que se alargaban demasiado. Cora, nerviosa pero atrevida, había sido la primera en acercarse más de lo permitido. Estaba recargada en el hombro de Lauro con su mano entrelazada a la de el cuando a us labios buscaron los suyos con una urgencia nueva, casi torpe, pero cargada de hambre.

Lauro la besaba con timidez al principio, conteniéndose, recordando la educación estricta y conservadora que le taladraba la cabeza con límites. Pero ella lo empujaba a perder el control. Cora sin importarle nada, se sentó sobre el, con una pierna a cada lado, con sus manos, aún inexpertas, se atrevieron a subir por debajo de su camisa, recorriendo la piel de su abdomen marcado. El latigazo que lo recorrió lo hizo sentir indecente, el la detuvo, con un jadeo entrecortado, pero cuando Cora mordió suave en el labio y le sonrió con esa chispa provocadora, el muro se resquebrajó.

La besó con todo lo que estaba reprimiendo, ella se frotaba sobre él deseosa, y por un momento mientras seguían entre besos, Lauro abrió los ojos embelesado por lo que estaba viendo, el rostro del disfrute de ella. No pudo más en un movimiento rápido la volteó dejándola debajo de el, aplastándola contra el respaldo del asiento. Ella, sin experiencia pero con una osadía natural, se arqueó para sentirlo más cerca. El roce de sus cuerpos fue torpe y desesperado, sus respiraciones desbordadas. Sus manos, temblorosas, se deslizaron hasta sus caderas, y la apretó contra él, descubriendo por primera vez lo fácil que era perderse en ella.

Pero al escuchar el sonido de la llaves, resonar para abrir la puerta, como si una fuerza externa lo jalara, Lauro se apartó incorporándose y Cora tambien lo hizo.

Y ella mentirosilla riendo de nervios, hizo como que la película le dio gracia.

Pero Lauro, ya no le interesó la película, no podia apartar la vista de ella.

Ese recuerdo lo atravesó ahora, en el sillón, con la misma violencia que la primera vez. Su mano, otra vez en su glúteo, apretando con hambre; sus labios, bebiéndola como si no hubiera tiempo. Todo se repetía, solo que ahora el deseo no tenía la inocencia de entonces, sino un filo mucho más oscuro y peligroso.

Lauro jadeó contra su cuello, perdido en el calor de ella.

El sonido que escapó de Cora —un jadeo tembloroso— lo confundió. Lo sintió como un permiso, como un empuje, y eso lo encendió más. La apretó con fuerza, buscando devorarla entera.

Pero aunque Cora estaba igual de excitada, aunque lo deseaba con la misma intensidad, algo dentro de ella seguía frenándola. Habían decidido intentarlo, lo habían hablado… y aun así, en el momento, el nudo en su pecho la detenía. No sabía qué era exactamente: miedo, inseguridad, o simplemente que no estaba lista.

—Lauro… por favor —murmuró, jadeante, con la respiración entrecortada—. Creo que hay que parar.

Él se congeló como si la piel de ella lo hubiera quemado. Se separó de golpe, alejando sus labios de los suyos.

—Lo siento —dijo en un susurro áspero—. No era mi intención.

Cora lo miró, con las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando rápido.

—Está bien. Dijimos que lo intentaríamos.

—No… no, yo entiendo —respondió Lauro, aunque por dentro el deseo lo carcomía como un animal enjaulado.

La necesitaba. La deseaba con la brutalidad de quien nunca había querido algo tanto. Pero se obligó a tragarlo, a controlarse, porque si ella no estaba lista, no podía presionarla. Se juró a sí mismo que nada así volvería a repetirse.

—No va a volver a pasar —agregó, casi como una sentencia.

Lo que no sabía era que esa promesa estaba condenada a romperse. Porque aquello no era el final… apenas era el principio.

— No quiero que pienses que no pasara.

Lauro la detuvo.

— Entiendo Perfecto, me conformo con que en estos seis meses podamos llevarnos bien. Qie estes feliz, le dijó el.

Ella lo miro con culpa, se sentia mal por no poder estará con él y aunque él se moría por ella la entendía.

El teléfono de Lauro vibró sobre la mesa. Él se levantó, agradecido por un escape de esa tensión, y contestó al ver el nombre en la pantalla.

—Oscar… —su voz cambió de inmediato, más firme, aunque todavía áspera por el momento interrumpido.

—Moví algunas cosas —dijo Oscar al otro lado, su tono seguro—. Mañana se abre la mesa de argumentos previos al dictamen, y tu esposa está en la lista. No solo como oyente, Lauro, sino con derecho a hablar. Podrá exponer directamente su propuesta ante el pleno.

Lauro apretó la mandíbula, un poco incrédulo.

—¿Me dices que mañana mismo podrá defenderla frente a todos?

—Exacto. Habrá tiempo limitado, claro, cinco minutos como máximo. Pero en ese espacio podrá argumentar, responder preguntas y dejar registro oficial de su posición. Créeme, no cualquiera consigue ese lugar.

Por un segundo Lauro se quedó en silencio, mirando de reojo a Cora. Ella estaba aún sentada en el sillón, el cabello revuelto, el pecho agitado, sin sospechar que en menos de veinticuatro horas estaría frente a un auditorio lleno de congresistas, defendiendo por lo que había empezado a luchar.

—Cora… —su voz sonó grave, pero contenida—, Oscar llamó. Dice que ya encontró la forma de ayudarte para mañana.

Los ojos de ella se abrieron de par en par, y esta vez no fue miedo lo que asomó, sino un destello de incredulidad emocionada. Sintió un nudo en la garganta, pero no de terror: era esperanza pura.

—¿Mañana? —repitió, y la palabra le salió como un suspiro que llevaba años esperando.

Lauro asintió despacio.

—Podrás debatir. No como creías… pero sí de una forma que nadie espera.

Cora dejó escapar una risa entrecortada, cargada de alivio y emoción. Se llevó una mano al pecho, como si quisiera sostener ese corazón cansado que latía con fuerza.

—Sabía que este momento iba a llegar —dijo con firmeza, los ojos humedeciéndose—. Lauro… gracias. No tienes idea de lo que significa para mí.

Él se quedó mirándola, sorprendido por la calma apasionada con la que recibía la noticia.

—Entonces mañana voy a estar ahí —añadió, enderezándose con decisión—. Y no pienso dejar que nadie dude de mi voz ni de lo que defiendo.

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