Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 3: La llamada
El estruendo se escuchó en toda la obra.
La estructura metálica cayó desde el segundo nivel con un ruido ensordecedor. El golpe contra el suelo levantó una nube de polvo y provocó que varios trabajadores corrieran en distintas direcciones.
—¡Aléjense! —gritó Gabriel—. ¡Todos atrás!
Pero él no alcanzó a apartarse.
La pieza que se había desprendido golpeó una parte de la plataforma y provocó que otro soporte cediera. Gabriel perdió el equilibrio y cayó desde una altura considerable. El ruido de su cuerpo contra el suelo quedó oculto durante unos segundos por los gritos, el movimiento de los metales y el estrépito de las herramientas.
—¡Ingeniero! —gritó Ramírez.
Lorena se llevó las manos al rostro.
—¡Llamen a una ambulancia!
Los trabajadores comenzaron a retirar los materiales que habían caído cerca de Gabriel. Nadie se atrevía a moverlo. Él permanecía inmóvil, con los ojos cerrados y el casco a varios metros de distancia.
—¡No lo levanten! —ordenó Lorena—. ¡Esperen a los paramédicos!
Ramírez se arrodilló junto a él sin tocarlo.
—Ingeniero, ¿me escucha?
Gabriel no respondió.
Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. La maquinaria había quedado apagada, las conversaciones se habían convertido en murmullos y todos observaban la escena con el rostro pálido.
La ambulancia llegó pocos minutos después.
Los paramédicos trabajaron con rapidez. Revisaron sus signos vitales, estabilizaron su cuello y lo colocaron sobre una camilla. Lorena subió con ellos al vehículo porque era la persona de mayor confianza que se encontraba en la obra.
Antes de cerrar las puertas, miró a Ramírez.
—Llama a la familia.
El trabajador asintió, pero no se movió.
—¿A quién?
Lorena tragó saliva.
—A su esposa.
Valentina estaba en la escuela cuando sonó su teléfono.
Había ido a recoger a las gemelas y a los trillizos porque aquel día salían antes de lo habitual. Los cinco niños se encontraban reunidos junto a la entrada, cada uno con su mochila y una historia diferente que contar.
Emilia hablaba de una compañera que había llevado una muñeca nueva. Tomás insistía en que había ganado una carrera durante el recreo. Julieta sostenía una cartulina doblada entre sus manos y Samuel caminaba en silencio junto a Isabella.
Valentina buscó las llaves del carro dentro de su bolso cuando el teléfono vibró.
Miró la pantalla.
No reconocía el número.
Pensó en ignorar la llamada, pero algo la hizo responder.
—¿Aló?
—¿Hablo con la señora Valentina Ferrer?
—Sí, ella habla.
Al otro lado se produjo un silencio breve.
—Mi nombre es Ramírez. Trabajo con el ingeniero Gabriel Santoro.
El corazón de Valentina comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué ocurre?
—Señora, hubo un accidente en la obra.
El ruido de los niños pareció desaparecer.
—¿Qué accidente?
—Una estructura metálica cayó y el ingeniero resultó herido.
Valentina apretó el teléfono contra su oído.
—¿Herido cómo? ¿Dónde está?
—Lo trasladaron al Hospital Central.
—¿Está consciente?
Ramírez tardó demasiado en responder.
—No lo sé, señora. Los paramédicos se lo llevaron de inmediato.
Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se sujetó del automóvil mientras los niños la observaban.
—Voy para allá.
—Señora, debe mantener la calma.
—¿Cómo quiere que mantenga la calma si me dice que mi esposo tuvo un accidente?
—La ambulancia ya está en el hospital. La arquitecta Lorena Méndez lo acompañó.
Valentina no escuchó nada más. Terminó la llamada y se quedó inmóvil.
Isabella se acercó primero.
—Mamá, ¿qué pasó?
Valentina miró a sus hijos.
Cinco rostros la observaban. Cinco pares de ojos llenos de confianza. Ellos esperaban que tuviera respuestas, que supiera qué hacer, que les dijera que todo estaría bien.
—Papá tuvo un accidente —dijo con dificultad—. Tenemos que ir al hospital.
—¿Está enfermo? —preguntó Samuel.
—No lo sé, mi amor.
—¿Se cayó? —insistió Tomás.
—No lo sé.
—¿Pero va a volver a casa? —preguntó Julieta.
Valentina sintió que se le cerraba la garganta.
—Vamos a verlo.
No pudo decir más.
Los niños subieron al carro sin discutir. Isabella ayudó a Julieta con el cinturón de seguridad. Emilia se sentó en silencio. Tomás preguntó varias veces cuánto faltaba para llegar, mientras Samuel permanecía mirando por la ventana.
Valentina arrancó con las manos temblorosas.
Durante el trayecto llamó a su madre.
—Mamá —dijo apenas Amalia respondió—. Gabriel tuvo un accidente.
—¿Qué?
—Estoy llevando a los niños al hospital. Dicen que fue en la obra.
—¿Qué tan grave es?
—No lo sé.
La voz se le quebró.
—No sé nada, mamá.
—Voy para allá.
—Llama a la tía Elvira. Dile que se quede en casa por si necesitamos traer algo.
—Valentina, escucha. Respira. No manejes tan rápido.
—No puedo esperar.
—Hija…
—Tengo que llegar.
Colgó antes de que su madre pudiera responder.
Las calles parecían más largas que nunca. Cada semáforo en rojo era una tortura. Valentina golpeaba suavemente el volante con los dedos, incapaz de quedarse quieta, mientras las imágenes de la mañana regresaban a su mente.
Gabriel despidiéndose.
Gabriel diciéndole que la amaba.
Gabriel prometiendo regresar temprano.
Ella había visto algo extraño en su mirada. Una preocupación que no supo interpretar. Debió preguntarle más. Debió abrazarlo con más fuerza. Debió decirle que no se fuera.
—Mamá —murmuró Isabella desde el asiento trasero—. ¿Papá se va a morir?
Valentina sintió un dolor profundo en el pecho.
—No digas eso.
—Pero tuvo un accidente.
—Los médicos lo están atendiendo.
—¿Y si está muy grave?
—Isabella, basta —intervino Emilia—. Mamá dijo que lo están atendiendo.
Isabella bajó la mirada.
Valentina observó a sus hijas por el espejo retrovisor. Quiso prometerles que Gabriel estaría bien, pero las palabras no salieron de su boca.
Cuando llegaron al hospital, Valentina bajó del vehículo antes de apagar completamente el motor. Un guardia se acercó, pero ella apenas lo miró.
—Mi esposo tuvo un accidente en una obra —dijo—. Se llama Gabriel Santoro.
—Debe dirigirse a emergencias.
Valentina tomó a Julieta de la mano y entró con los niños. En el área de recepción preguntó por Gabriel. La enfermera revisó la información en la computadora y levantó la vista.
—¿Es familiar directo?
—Soy su esposa.
La enfermera cambió de expresión.
—El paciente está siendo atendido por el equipo de traumatología. Debe esperar en la sala.
—Quiero verlo.
—Señora, todavía están trabajando con él.
—¿Está consciente?
La enfermera no respondió de inmediato.
—Debe esperar.
Valentina sintió que las piernas le fallaban.
—Necesito saber cómo está.
—En cuanto tengamos información, el médico hablará con usted.
Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Lorena apareció con el rostro cubierto de polvo y la ropa manchada. Al ver a Valentina, se detuvo.
—¿Dónde está? —preguntó Valentina, acercándose—. ¿Dónde está Gabriel?
Lorena no pudo sostenerle la mirada.
—Lo están atendiendo.
—Eso ya me lo dijeron. ¿Qué ocurrió?
—Fue una falla en una plataforma. Él intentó despejar el área.
—¿Está consciente?
Lorena apretó los labios.
—No.
Valentina retrocedió un paso.
—¿Qué significa eso?
—Cuando llegamos, no respondía.
—Pero respira, ¿verdad?
Lorena bajó la mirada.
—Los paramédicos lograron estabilizarlo durante el traslado.
Valentina se llevó una mano al pecho.
—¿Durante el traslado?
Lorena se acercó y le tomó un brazo.
—Lo siento mucho.
—No quiero que lo sientas. Quiero que me digas que va a vivir.
Lorena no respondió.
—Dímelo —insistió Valentina—. Dime que Gabriel va a vivir.
—Los médicos están haciendo todo lo posible.
La respuesta no fue suficiente.
Valentina se apartó de ella y miró hacia la puerta cerrada. Del otro lado se encontraba el hombre que amaba. El padre de sus hijos. El hombre con quien había compartido quince años de vida.
Quince años de desayunos apresurados, noches sin dormir, cumpleaños, discusiones, reconciliaciones y proyectos.
Quince años de promesas.
Los niños permanecían sentados en una fila de sillas. Isabella abrazaba a Emilia. Tomás movía las piernas nerviosamente. Samuel tenía las manos entrelazadas y Julieta observaba la puerta como si esperara que su padre apareciera de un momento a otro.
—Mamá —dijo Julieta—. ¿Cuándo podremos verlo?
Valentina se agachó frente a ella.
—Los médicos todavía están ayudándolo.
—¿Le duele?
—No lo sé.
—¿Podemos rezar?
Valentina cerró los ojos.
—Sí, mi amor. Podemos rezar.
Los cinco niños se tomaron de las manos. Valentina se arrodilló junto a ellos, tratando de mantenerse firme. No sabía rezar cuando tenía miedo. Solo podía repetir las palabras que le venían a la mente.
—Por favor, Dios. Cuida a Gabriel. No nos lo quites. Mis hijos lo necesitan. Yo lo necesito.
La puerta de emergencias continuó cerrada.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Después, casi una hora.
Amalia y Elvira llegaron al hospital. Su madre abrazó a Valentina con fuerza, pero ella permaneció rígida, incapaz de llorar. Elvira se ocupó de los niños y les compró agua en una máquina cercana.
—¿Sabes algo? —preguntó Amalia.
Valentina negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Has hablado con el médico?
—No.
—Todo va a estar bien.
—No me digas eso si no lo sabes.
Amalia se quedó en silencio.
Valentina se sentó en una de las sillas. Tenía las manos frías y la mirada fija en la puerta. Cada vez que alguien salía, levantaba la cabeza esperando escuchar el nombre de Gabriel.
Finalmente, un médico apareció.
Era un hombre de mediana edad, con el rostro cansado y una expresión grave. Miró alrededor hasta encontrarla.
—¿La señora Valentina Ferrer?
Ella se puso de pie.
—Sí.
El médico se acercó lentamente.
—Soy el doctor Herrera. Estuve a cargo de atender a su esposo.
Valentina dejó de respirar por un instante.
—¿Cómo está?
El médico miró a Amalia, a los niños y luego volvió a ella.
—Señora Ferrer, su esposo sufrió lesiones muy graves.
—Pero está vivo.
El médico bajó la mirada.
—Lo sentimos mucho. Hicimos todo lo posible.
Valentina negó con la cabeza.
—No.
—Su corazón dejó de responder durante el procedimiento.
—No.
—Intentamos reanimarlo durante varios minutos.
—No.
—Pero no pudimos salvarlo.
Valentina retrocedió.
—No.
La palabra salió de sus labios como un susurro.
—No, usted está equivocado. Mi esposo estaba trabajando. Él me llamó esta mañana. Me dijo que regresaría temprano.
El médico intentó acercarse, pero ella levantó una mano.
—No puede estar muerto.
—Señora…
—No puede estar muerto. Tengo cinco hijos. Él tiene que volver a casa.
Sus piernas cedieron.
Amalia la sostuvo antes de que cayera al suelo. Valentina se aferró a su madre y finalmente lanzó un grito desgarrador que hizo que los niños comenzaran a llorar.
—¡No! ¡Gabriel no!
Isabella rompió en sollozos. Emilia la abrazó con fuerza. Tomás se quedó inmóvil, como si no comprendiera las palabras. Samuel escondió el rostro entre sus manos y Julieta llamó a su padre una y otra vez.
Valentina no podía escuchar nada con claridad.
Solo una frase se repetía dentro de su mente.
Gabriel había muerto.
Y en un instante, la vida que conocía se había terminado.
La casa, los niños, las promesas, el futuro y todos los planes que habían construido juntos quedaron suspendidos en aquel pasillo de hospital.
A los treinta y cinco años, Valentina Ferrer se convirtió en viuda.
Pero antes de poder llorar por su esposo, tuvo que reunir las fuerzas necesarias para mirar a sus cinco hijos y decirles que su padre no volvería a casa.