Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 2: El reencuentro
Keily
Respiré hondo antes de entrar al comedor. Sabía que tenía que hacerlo, pero cada parte de mí quería escapar por la puerta trasera y desaparecer.
El comedor estaba impecable: la mesa larga cubierta con un mantel bordado, velas encendidas y copas que brillaban bajo la luz amarilla del candelabro. Mamá había hecho un esfuerzo especial, incluso pidió que trajeran flores frescas. Todo para impresionar a los Moretti.
Y ahí estaban ellos.
El señor Moretti, con su porte de empresario acostumbrado a mandar; la señora Moretti, con un vestido elegante que parecía sacado de una gala; y, por supuesto, Gastón, sentado con una sonrisa arrogante, como si estuviera en su propio reino.
—¡Keily, querida! —dijo la señora Moretti apenas me vio—. Estás preciosa.
Tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco.
—Gracias —murmuré, tomando asiento al lado de mamá.
—Sí, preciosa —repitió el señor Moretti, como si dijera una verdad obvia.
Gastón soltó una risa baja.
—Bueno, al menos sí heredó los ojos de su madre.
Me giré hacia él con una ceja arqueada.
—Y tú heredaste el ego de tu padre.
La mesa quedó en silencio unos segundos. Mamá tosió discretamente, tratando de suavizar el momento, mientras papá fingía no escucharnos, ocupado sirviendo vino.
Gastón, lejos de ofenderse, sonrió con satisfacción.
—Me alegra que sigas teniendo esa lengua afilada. Supongo que al menos no me voy a aburrir.
—Lástima que yo no pueda decir lo mismo —repliqué, clavando el tenedor en la ensalada con tanta fuerza que casi rompí el plato.
Las miradas de nuestros padres eran un poema: mezcla de incomodidad y expectativa, como si estuvieran esperando que de un segundo a otro surgiera la chispa mágica que confirmara que éramos “el uno para el otro”.
Spoiler: no iba a pasar.
La cena avanzó entre charlas de negocios que yo no entendía ni quería entender. Cada tanto, alguien hacía un intento de incluirnos en la conversación.
—¿Y qué estudias, Keily? —preguntó la señora Moretti con voz melosa.
—Ingeniería informática —respondí, enderezando la espalda.
—¡Qué interesante! —exclamó ella, aunque su tono dejaba claro que no tenía la menor idea de qué hablaba—. ¿Y tú, Gastón?
—Administración de empresas, como papá. —Gastón levantó la copa y sonrió como si hubiera ganado un trofeo solo por decirlo.
El señor Moretti lo miró con orgullo.
—Mi hijo seguirá con el legado familiar.
Papá asintió, satisfecho.
—Eso es lo que uno espera de sus hijos.
Sentí cómo la rabia me subía por dentro. Nadie esperaba nada de mí, más allá de obedecer.
Gastón notó mi expresión y se inclinó un poco hacia mí.
—¿Qué pasa, nerd? ¿Celosa de que mi carrera suene más glamorosa que la tuya?
Lo miré fijo.
—Por lo menos yo sabré programar un sistema para que no me hackeen la cuenta bancaria. Tú seguro terminarás contratando a alguien como yo para salvarte.
Gastón se atragantó un poco con el vino y tuve que reprimir una sonrisa victoriosa.
Mamá intervino rápido:
—Bueno, bueno, basta de peleas. Estamos aquí para celebrar.
—Exactamente —dijo el señor Moretti, golpeando la copa suavemente con el tenedor—. Y qué mejor momento que este para anunciar la segunda parte del plan.
Se me heló la sangre.
—¿Segunda parte?
Papá carraspeó.
—Sí. Hemos decidido que lo mejor será que ustedes dos convivan durante un tiempo en el departamento de los Moretti.
Solté el tenedor. El ruido metálico contra el plato hizo eco en la mesa.
—¿Perdón?
Gastón, sorprendentemente, tampoco sonrió esta vez.
—¿Convivir… con ella?
—No veo el problema —respondió el señor Moretti con firmeza—. Ambos estudian en la misma ciudad. Es práctico y, además, la prensa podrá verlos como una pareja consolidada desde el inicio.
—¡¿La prensa?! —exclamé, abriendo los ojos como platos.
—Claro, cariño —dijo mamá, tratando de sonar calmada—. La gente debe ver que esta unión es auténtica. No queremos rumores desagradables.
—¿Y qué pasa con lo que yo quiero? —pregunté, con la voz temblando de furia.
Papá me fulminó con la mirada.
—Esto no se trata de caprichos, Keily. Es una decisión adulta.
Gastón se recostó en la silla, cruzando los brazos.
—Tranquilos, yo no pienso invadir demasiado tu espacio, gordita. Con que no ronques, podemos sobrevivir.
Sentí mis mejillas arder.
—Prefiero roncar que escuchar tus estupideces todo el día.
Mamá suspiró. La señora Moretti rio nerviosa. El señor Moretti y papá intercambiaron miradas de complicidad, como si ya hubieran ganado la partida.
Yo, en cambio, sentía que me estaban arrancando el aire.
La cena siguió en una mezcla de risas forzadas y tensión. Cada vez que alguien mencionaba la palabra “convivencia”, el estómago se me encogía más. Gastón, aunque parecía molesto, no protestaba demasiado. Seguro pensaba que esto era solo un juego más en el que él llevaba ventaja.
Al final, cuando los postres llegaron y la conversación empezó a relajarse, me armé de valor y le susurré:
—Si piensas que voy a dejarte ganar, estás muy equivocado.
Él se inclinó hacia mí, con esa sonrisa peligrosa que siempre odié.
—Perfecto, nerd. Entonces será más divertido.
Su mirada brillaba con desafío, como si hubiera aceptado un reto que lo entretenía. Yo, en cambio, solo sentía que estaba entrando a una guerra que no pedí.
Y lo peor es que no había salida.