Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 12
Diodora se perdió en la oscuridad de sus pensamientos. Hacía horas que solo escuchaba su propia respiración. Creyó haber oído una voz parecida a la de Valtor, pero ya no confiaba en su mente.
«Fue solo mi imaginación… No puedo seguir creyendo que vendrá a rescatarme. No lo hará, porque no sabe dónde estoy. No… No lloraré más. Si este es mi destino por compartir un conocimiento prohibido, lo aceptaré. Ya lo sabía desde un principio.»
Se incorporó del suelo húmedo. Esperaría sentada el momento de su ejecución. Las lágrimas habían quedado atrás; la calma de quien ya no espera nada le ahogaba más que el miedo.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Podían ser horas o días, pero el silencio del calabozo le hizo entender que el momento pronto llegará. El Prior había dicho que sería un día después de su captura. Desconocía su tiempo al estar encerrada en la oscuridad. Ya no importaba, sea cuál sea la hora, morirá de todas formas.
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En la plaza, todo estaba listo. Dorkar, con su devoción y su espíritu de feria, se preparaba para disfrutar del fuego. El Prior había sembrado el odio suficiente para que todos desearan verla arder. Nada era más divertido aquí en Dorkar que la quema de mujeres paganas.
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En su habitación, Valtor ajustaba su capa frente al espejo. Esa noche, al ejecutar a la prisionera, su deber acabaría. Al amanecer sería libre. Por fin, podría amar sin el peso de su apellido.
Aun así, algo en su pecho se resistía. El recuerdo de la mujer en la celda no lo dejaba tranquilo. Había algo familiar en aquella persona, incluso con el saco cubriéndole el rostro.
La puerta se abrió. Daya entró corriendo con su vestido azul claro, lleno de vuelos, como un ángel inquieto.
— ¿No puedes llevarme contigo, como la última vez?
— No, Daya. Eres una princesa, no puedes andar entre campesinos. Aquella vez fue diferente. No tuve más remedio que hacerte pasar por la nieta de Thomas.
Ella frunció el ceño, y con un gesto infantil, pateó la pata de la cama.
— Yo también quiero ver a Diodora…
Valtor se detuvo. Aquello le atravesó el pecho.
— Cuando seas mayor, podrás visitarla. —respondió con suavidad— Ahora quiero ir a buscarla… Solo deseo que no sea demasiado tarde.
— ¿Y le contarás que eres cazador de brujas? —preguntó Daya, bajando la mirada.
— No lo soy. Solo lidero la Orden del Círculo Dorado.
— Entonces… Ya no me enseñarás a leer.—murmuró, triste.
Valtor se agachó y acarició su cabello.
— Tienes tutores mejores que yo. Aprenderás rápido sin mí. Tu hermano solo quiere ser feliz con la mujer que ama, no con la que el rey elija.
La niña sonrió débilmente. Valtor terminó de arreglar sus pertenencias. Miró la luna nueva asomándose tras las torres y sintió la misma espina en el corazón.
Esta noche obtendrá su libertad… Pero ¿A qué costo?
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Mientras tanto, en los calabozos, arrastraban a Diodora por el suelo.
Ella ofrecía resistencia, más por instinto que por fuerza. No quería morir así; amordazada, cubierta con un saco, sin siquiera poder mirar el cielo por última vez. Intentó mover la cabeza, pero las manos que la sujetaban eran firmes.
El Prior la observó con una mueca de desprecio.
— Oh, veo que te incomoda el saco. Considérese afortunada, bruja. Morirá por mano de Lord Valtor. Por eso, no debe mostrar tu cara miserable.
El nombre retumbó en su mente.
«Valtor»
Su cuerpo se tensó. El corazón se le cayó al suelo. No podía ser él… O sí. Necesitaba oírlo otra vez para convencerse de que no era su Valtor.
El Prior chasqueó los dedos y ordenó que la llevaran a la plaza. La multitud esperaba con antorchas y gritos. Ataron a Diodora al poste, rodeada de paja y leña seca.
Desde lo alto del castillo, el rey Valerius observaba con una copa de vino en la mano.
— Quemarla hará que mi hermano vuelva a sus cabales. —rió con frialdad— ¿Cómo se atrevió a desafiarme por una mujer campesina?
Recuerda el momento exacto cuando Valtor exigió dejas su cargo. Valerius hace una mueca de asco.
El Prior, a su lado, bajó la cabeza.
— Tal vez lo hechizó con la comida… Hace un año, enviamos hombres a investigar, pero cuando escucharon el silbido, supimos que él estaba allí.
— ¿Y tú no deberías estar abajo? —preguntó el rey con desdén.
— Mi trabajo está hecho, su Majestad. El pueblo ya cree en su culpa.
— No me mientas, Prior. —replicó Valerius, sin mirarlo— Si mi hermano descubre quién es en realidad la bruja, estarás muerto.
El Prior tragó saliva.
— Ordené que nadie le quite el saco. Está amordazada. No puede revelar nada.
Valerius asintió con una sonrisa helada y volvió la mirada a la plaza.
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Valtor entró en el lugar del acto. Su armadura negra con hombreras de plumas de cuervo brillaba bajo el fuego de las antorchas. Una capa roja ondeaba a su espalda por el viento que da la noche.
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El guardia le entregó su arco de roble y una flecha, que encendió con la llama más cercana.
Respiró hondo. No era la primera vez que ejecutaba a alguien, pero esa noche, algo dentro de él pedía detenerse.
«Diodora… No sé si algún día podrás perdonarme por ocultarte la verdad. Pero una vez que regrese a tu lado, estaré dispuesto a pagar por el tiempo que te dejé. Solo quiero saber que estás bien. Quiero ver tu risa, tu hermosa manera de verme, y de amarte sin miedo.»
Tensó la cuerda. La llama tembló. Entonces lo vio; una marca, en el pie derecho de la mujer.
El recuerdo lo golpeó con la fuerza de un rayo; ese día en el lago, su risa. La voz de ella.
— ¿Qué es esa marca en tu pie?— preguntó él.
— Una mancha de nacimiento. Curioso, ¿No?
— Interesante. Así sabré cómo encontrarte si algún día te pierdes… Nunca escaparas de mí.— él la abrazó y le dió vueltas, riéndose de felicidad.
La respiración de Valtor se quebró.
— ¡Quítenle el saco! —ordenó.
— Pero, mi Lord… El Prior… —balbuceó el guardia.
— ¡Ahora! —rugió, con la flecha aún encendida y en dirección al guardia.
Él obedeció. Y tan rápido como sus manos temblorosa se movieron, el saco cayó.
La oscuridad se apartó de su rostro. Diodora alzó la vista lentamente. Sus ojos, entumecidos por la sombra, se acostumbraron a la luz.
Y lo vio.
Valtor, con el arco aún tenso, temblando.
— Diodora… —susurró él, con la voz rota— No…
El fuego parpadeó entre ambos y con ello, el corazón de los dos se quebró de manera diferente.