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JUEGO DE BRUJAS

JUEGO DE BRUJAS

Status: En proceso
Genre:Completas / Mujer poderosa / Magia / Dominación / Brujas
Popularitas:539
Nilai: 5
nombre de autor: lili saon

Cathanna creció creyendo que su destino era convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar. Pero todo cambió cuando ellas llegaron… Brujas que la reclamaban como suya. Porque Cathanna no era solo la hija de un importante miembro del consejo real, sino la clave para un regreso que el reino nunca creyó posible.
Arrancada de su hogar, fue llevada al castillo de los Cazadores, donde entrenaban a los guerreros más letales de todo el reino, para mantenerla lejos de aquellas mujeres. Pero la verdad no tardó en alcanzarla.
Cuando comprendió la razón por la que las brujas querían incendiar el reino hasta sus cimientos, dejó de verlas como monstruos. No eran crueles por capricho. Había un motivo detrás de su furia. Y ahora, ella también quería hacer temblar la tierra bajo sus pies, desafiando todo lo que crecía.

NovelToon tiene autorización de lili saon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO DOS: LA MISIÓN DEL CAZADOR

—¿Me estás diciendo que debo cuidar a una mujer porque las brujas la están buscando? —su voz salió con incredulidad—. Debe ser un maldito chiste, Arael. No soy un estúpido niñero.

—No digo que lo seas, Zareth. Solo necesita ser cuidada, de lejos, para no levantar sospechas.

—No tiene sentido nada lo que dices.

—Tiene sentido. Más de lo que imaginas —su voz era firme. No había enojo en ella ni superioridad, únicamente la severidad que había adquirido a lo largo de los años, siendo uno de los mejores Cazadores que tenía el reino —. Esa chica… ella no es lo que parece. Y si las brujas la encuentran, será el fin.

Zareth se cruzó de brazos, estupefacto, sin saber si creer en las palabras del anciano. No había rastro de que fuera mentira en su mirada, pero tampoco parecía estar convencido de sus palabras.

—¿El fin de qué? —pregunto después de unos segundos—. No me hables en acertijos, Arael. Dime lo que sabes de una vez.

—De todo —respondió en un tono más bajo—. El fin de todo. De nuestro linaje, de nuestro ejército, de nuestro reino. Cuando te digo que todo está en peligro; no me siento feliz haciéndolo. Valtheria no ha estado en guerra desde hace veinticinco años. No podemos permitir que una más venga, menos con las asquerosas brujas.

Soltó un suspiro con resignación, su cabeza comenzó a soltar pulsaciones. Debía hacerlo; era una orden, aunque no fuera de su agrado. Él podía cuestionar a todas las personas en el mundo, menos al que tenía al frente. Era el único que poseía su respeto.

—¿Quién es la chica?

Arael se levantó para acercarse a uno de los estantes llenos de papeles y libros que había detrás. Tomo un folio negro que tiró sobre la mesa de madera, dejando entre ver en una hoja un ojo afilado que no llegaba a ser amenazante ni de broma. Zareth dudó un poco antes de tomarlo. “Cathanna Ivelle D'Allessandre Doreal” leyó cuando abrió el folio por completo. Miró por unos segundos la foto de la chica que aparecía a la derecha del papel.

—¿D'Allessandre? —reconoció el apellido de inmediato. Era uno de los más famosos del reino, por no decir el segundo después del apellido Musier, que pertenecía a la familia real—. ¿Debo cuidar a la hija de un miembro del consejo?

—Así es.

—Me estás diciendo que una mujer que tiene tantos guardias en su residencia, ¿necesita la protección de un Cazador? —Dejó el folio sobre la mesa y frotó su sien, tratando de ordenar sus pensamientos—. Me debes estar jodiendo, Arael. No sufrí tanto maltrato en Rivernum desde los diez años para que  ahora  me pongan tras de las faldas de una mujer.

Soltó una risa incrédula, dejando entrever sus dientes ligeramente afilados. Para nadie era un secreto el linaje que llevaba el líder del grupo A de los Cazadores. Era un Trushyano, un ser nacido con la bendición de tener el rayo y la tormenta como aliados.

Aquello le había valido el respeto de muchos, pero también lo había ganado por su imponente presencia y su mirada asesina. No era alguien que repitiera sus palabras, y nadie quería que lo hiciera.

—Su padre se comunicó conmigo hace unos días. — Arael llevó sus manos arrugadas a la mesa, juntándolas—. Me imploró que protegiera a su hija. Los guardias son muy fuertes y entrenados, pero no tiene confianza en ellos, no después de lo que sucedió en la última guerra.

—¿Y por qué necesita protección? —Sus cejas se levantaron levemente, pero sus labios permanecieron tensos —. Mejor dicho, ¿por qué hay brujas buscando a esa mujer? ¿Qué es lo que ella tiene? ¿Qué la hace tan especial?

—En siete meses se cumplen cuatrocientos años desde la muerte de aquella bruja…—No hacía falta decir su nombre para saber quién era—. La que maldijo a las mujeres de su estirpe que siguieran después de su muerte. Y ella es…

—¿Su descendiente? —concluyo, tensándose más.

—Podría decirse que sí. —Apretó los dientes antes de soltar un suspiro pesado—.  Te encomiendo esto porque eres uno de mis mejores hombres y confío plenamente en ti, Zareth. Recuerda que esta misión es secreta. No puede salir de esta habitación. Nunca en la vida.

—Pero sigo sin entender muchas cosas. ¿Por qué necesita protección tan temprano? Falta para que esa especie de profecía barata comience a tomar forma.

—Porque las brujas no perderán tiempo. Y en cuanto tengan la oportunidad irán por ella. Por eso su padre necesita que empecemos a cuidarla desde ya.

Él asintió, sintiendo la tensión en el aire, caer como un velo sobre cada rincón de la habitación. Dos golpes sonaron en la puerta. Arael se levantó tan rápido como su vejez se lo permitió.

—Vermon, me alegra que hayas llegado al fin —dijo, poniéndose a un lado para dejarlo pasar—. Él es Zareth, será mi sucesor cuando yo muera y quien cuidará de tu hija Cathanna.

Vermon era un hombre de mirada cansada, ya fuera por los años que llevaba encima —aunque solamente tenía cincuenta y cinco— o por su labor como miembro del selecto consejo del rey. Un trabajo tedioso, especialmente cuando se trataba de un hombre tan necio como su majestad.

—¿Cómo puedo confiar en él? —preguntó con su voz áspera, avanzando—. No quiero que cualquier hombre cuide a mi Cathanna.

—Tampoco me emociona cuidar de una persona como un perro faldero —soltó Zareth, sin importarle las consecuencias que estas palabras pudieran tener —. Si Arael me lo pidió, es porque confía en mí más que en cualquier otro Cazador en la Corte, ¿no cree usted eso, señor?

—Confía en mí —intervino rápidamente Arael, notando cómo la tensión crecía—. Las canas en mi cabeza son más que pruebas suficientes. Nunca he fallado en una misión para proteger al reino, y nunca fallaré para proteger a una persona. Él es la persona indicada para esta tarea.

Vermon tenía una mirada llena de dudas. Se entendía; era su hija el tema de conversación en esa sala. Deseaba que estuviera a salvo. ¿Qué padre no quería eso para una de las mujeres que más añoraba en el mundo? Aunque el hecho de que un desconocido, cuyas intenciones no tenía presente, cuidara de su única hija mujer, le dejaba un sabor amargo en la boca.

—Confiaré en ti, Arael… ¿Pero qué plan tienes en mente para proteger a mi Cathanna? —Se sentó frente a él—. Espero que sea uno verdaderamente poderoso para cuidar de ella. Porque si le llega a pasar algo, aunque sea mínimo, yo…

—Lo sé —interrumpió Arael —. Tengo todo bajo control. No te preocupes.

—Entonces habla ya.

Zareth salió de la habitación después de que todos los puntos se tratarán con cuidado. Sus botas sonaban con fuerza por el piso de piedra de la mazmorra. Su mirada recorría las celdas donde personas estaban encerradas. No le dolía ver ancianos ahí, mujeres embarazadas a punto de parir, mucho menos chicos que no llegaban ni a los quince años. Todos estaban ahí porque habían cometido algo malo, y los crímenes en Valtheria se pagaban con la muerte, la prisión, o peor aún; con el deshonor tanto para el prisionero como para toda su familia.

—¿Por qué esa cara de que te follaron por el culo? —escuchó la burlesca voz de su compañera, detrás de él —. Sonrió un poco, por favor, líder. No es ilegal hacerlo.

Era una mujer alta, casi de su misma estatura, con un cuerpo robusto y un cabello corto que le llegaba hasta más arriba de los hombros. Sus ojos, negros como la noche, parecían leerlo con facilidad. Sin embargo, lo más característico de ella era la marca de serpiente que le cubría por completo el cuello y se enroscaba en parte de su oreja, extendiéndose hasta el filo de su rostro sin cubrirlo del todo.

—Vete a joder a otro lado, Louie

—¿Qué te tiene tan enojado, líder?

—Ponete a trabajar mejor.

—Eres un amargado —rodó los ojos—. No sé quién será la mujer que te soporte.

—Tengo tantas cosas en mi cabeza como para complicarme más la existencia con estúpidas mujeres.

—Pues te hace mucha falta alguien que te quite ese maldito mal genio —Puso el brazo alrededor de su hombro —. Debemos ir al bosque de azul. Esos animales no se atraparán solo.

—¿Y es necesario que yo vaya?

—No creo que estés hablando conmigo. —Curvo una ceja —. Es más que obvio que te necesitamos, líder. Además, Edil está insoportable con quererte en el grupo. Nos esperan afuera.

Zareth respiro frustrado. Edil era sin duda la mujer más insoportable que había conocido después de Louie. Conocía de los sentimientos de ella hacia él, pero solo los ignoraba porque ella no era su tipo. De hecho, ninguna mujer lo era. No porque no le gustaran, sino porque no quería prestarle atención al amor.

Subio en una carreta que transportaba a los Cazadores dentro de la ciudad. Ahí se encontraban Edil, una mujer de belleza inquietante, una sombra vestida con piel humana y labios como la sangre que carecía en sus venas. Sus ojos resplandecían con un fulgor carmesí. A su lado se encontraba Odysseus, un hombre de piel morena y mirada intensa, con el cabello negro, pero su mirada era de burla. No había nada que le causara risa. Solo era él.

—¿Y para qué te necesitaba Arael, líder? —le pregunto Odysseus, acomodando su capa.

—Nada importante. Solo más órdenes.

—¿Sobre qué? —Edil lo miro con esa intensidad de siempre —. Porque, que sepamos, pocas veces Arael da órdenes directas que no sean atreves de un pergamino.

Zareth la observo por unos segundos. Ella era una mujer inteligente y ocultarle las cosas era complicado para alguien que no fuera él, que tenía control en su mente, haciendo imposible que alguien más usara la lectura de mente en su cabeza.

—No es nada —dijo con tono firme —. Esta vez solo decidió hacerlo de esta manera. No me preguntes por qué. Y aunque fuera por algo más, no tendría por qué decírtelo, ¿o me equivoco?

—Para nada, líder.

El viaje continuo hasta que llegaron a la entrada del bosque. La carreta desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Sus pasos los llevaron hasta el camino de lodo que se encontraba en medio de los árboles. Zareth iba al frente, con una mirada analizando. El bosque azul era peligro como bello. Albergaba tantas criaturas que cualquiera podría salir e intentar asesinarlos.

De pronto, un sonido interrumpió la calma del lugar. Todos pusieron en alerta. Zareth reacciono rápido y ataco con su espada, envuelta en rayos a la criatura que se abalanzó sobre Louie. Era una Hersula, criaturas cuyas cabezas estaban adornadas con múltiples serpientes verdes de colmillos filosos.

Eran malas, aterradoras. No sabían distinguir entre lo bueno y lo malo. Habían causado problemas en varios puntos del reino, rompiendo así el tratado que se había hecho hacía varios años para mantener la paz.

Las cadenas de castigo no tardaron en atrapar a la mujer, pero pronto aparecieron más de ellas. El enfrentamiento estalló. Edil atravesó a una con su espada, Louie golpeó con fuerza a otra y Odysseus cortó el cuello de una tercera. Mientras tanto, Zareth corrió, no para huir, sino para atrapar a la que intentaba escapar.

El correteo duró varios minutos hasta que Zareth finalmente la alcanzó. Ella lo recibió con una sonrisa en su rostro verde, justo antes de que sus serpientes se abalanzaran sobre él, mordiéndolo sin piedad. Sin embargo, con rapidez, la atravesó con su espada de rayos, un arma sagrada que solo los nacidos con el don del rayo podían empuñar.

Él soltó un gemido de dolor mientras su sangre se deslizaba por su rostro. Los demás llegaron enseguida. Odysseus se arrodilló a su lado y comenzó a curar sus heridas. Como sanador, su toque bastaba para evitar que las lesiones se volvieran profundas y dejaran marcas permanentes.

Minutos después, el grupo continuó su búsqueda. Zareth sacó un cigarro del bolsillo de su capa y lo encendió sin demora. Fumar era su escape cuando el estrés se acumulaba demasiado. Había comenzado a los doce años, y desde entonces se había convertido en su mayor vicio en momentos de tensión. No fumaba todo el tiempo; era precavido y lo hacía con responsabilidad.

—¿Cuándo dejarás de fumar de esa manera? —le pregunto Louie, tomándolo del brazo, como si fueran una pareja enamorada.

—No es tu problema si fumo o no. —La aparto con fuerza —. Y no me agarres de esa manera. Te vuelves tan fastidiosa.

—Deja de ser tan malhumorado. —Le dio un golpe en la cabeza —. Solo me preocupo por ti, idiota.

—No necesito tu preocupación.

Zareth soltó una calada de aire, recordando la nueva misión que tenía. No le gustaba para nada la idea de tener que seguir a una mujer en cada uno de sus movimientos, como si fuera una simple sombra. ¿Pero qué podía hacer? Era una orden directa de su superior y no podía solo desobedecer.

—¿Cómo va las cosas con la guerra? —curioseo Odysseus.

Zareth dejó el cigarro a un lado. El reino estaba al borde de la guerra con Alastoria, un conflicto por territorio y honor. Alastoria había atacado la ciudad fortificada, masacrando a muchos y apoderándose de una parte de su territorio.

Valtheria aún no había respondido, no por miedo, sino porque necesitaban una planificación cuidadosa. Sabían que otro ataque era inminente y todos estaban seguros de que llegaría pronto.

—No podríamos llamarlo guerra aún —dijo en tono bajo —. Mi padre me ha informado que están preparando al ejército. Posiblemente, nosotros también seamos enlistados para ir. Y todos los aprendices de Rivernum. Es solo cuestión de tiempo para que suceda.

—Lo que faltaba —agrego Edil, acercándose a Zareth —. Igualmente, no creo que Valtheria se deje doblegar por ese reino.

—Quien sabe. Los destinos son inciertos —musito Louie.

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Sandra Ocampo
quiero el final
Sandra Ocampo
q paso sé supone q está completa ,tan buena q está
Erika García
Es interesante /Proud/
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