Fernanda y Francisco.
Una historia de amor que va mas alla de todo los prejuicios.
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Cap 3
Ya había pasado un año desde todo lo ocurrido. Mi hermano sigue preso, sin juicio y sin pruebas que demuestren su inocencia. Es complicado, pues no tengo los medios para contratar a un buen abogado. El Ministerio Público le asignó uno que hace lo posible, pero sin dinero es imposible avanzar.
Durante este año viví con el dinero de las joyas de mi mamá, pero se está terminando y necesito trabajar. Con respecto a la comida, Don Lucio y Carina son mis ángeles; me ayudan bastante.
Estaba recorriendo la ferretería cerca de casa, necesitaba plomería para un desperfecto del baño. Don Lucio es un ángel, siempre está conmigo. Suelo visitar a mi hermano cada quince días y Fátima también lo hace.
Al acercarme a la caja, estaba Don Martín, el dueño, un señor muy amable.
—Mi querida Fernanda, ¿cómo estás, niña? ¿Cómo les fue el fin de semana en los juegos? —me preguntó.
Me uní a ellos en una comisión solidaria para ayudar a los animalitos de la calle y solemos organizar torneos de piki vóley, donde suelo jugar y, a pesar de ser chaparrita, me destaco bastante.
—Muy bien, Don Martín, hubo mucha gente en la actividad y la recaudación fue buena —le contesté.
—Fernanda, ¿qué es lo que tú estás estudiando? —me preguntó.
—Administración de Empresas, Don Martín.
—¿Te gustaría trabajar, Fernanda? —me dijo.
—¿Qué? —le pregunté sorprendida.
—Hace dos meses que estoy sin un cajero y a mí me cuesta mucho hacer esto; necesito a alguien capaz. Federico no puede porque se encarga de los clientes —me explicó, y sonreí de oreja a oreja.
—¿Me estás ofreciendo el trabajo a mí? —pregunté, y él asintió.
Con un pequeño grito, pasé al otro lado y lo abracé.
—Me acabas de salvar la vida, Don Martín —le dije, y él solo sonrió.
Hace un mes que trabajo en la ferretería. Hoy, al cobrar mi primer sueldo, decidí comprar pintura para la casa por fin de año. Estaba sola, pues Carina viajó a su pueblo.
—Se te está goteando mucho, Fernanda, ten más cuidado —me dijo Don Lucio, quien me ayudaba a pintar.
—Está quedando precioso, Don Lucio —le dije.
Al terminar la parte de afuera, descansamos para cocinar. Él siempre me enseñaba y cada día aprendo más, aunque me cuesta, pues nunca había hecho nada de eso.
Mientras comíamos, me preguntó por mi marido:
—¿Sabes algo de él? ¿Se ha comunicado contigo?
—No, nada, y la verdad prefiero que sea así —respondí, jugando con mi comida.
Después de lo que pasó, no sé qué siento por él ni qué fue de ese amor.
—¿Lo sigues queriendo, Fernanda? —volvió a preguntar.
—No lo sé, ni siquiera intento pensarlo; lo único que siento al recordar eso son ganas de llorar —contesté.
—No tienes que guardártelo, a veces es bueno hablar con alguien —dijo él.
—Es que ni siquiera sé qué decir —respondí, al borde de las lágrimas.
—Lo único que me quedó claro fue que me utilizó, que desde el primer instante que pisó mi casa fue con la idea de destruirnos, por algo que no merecíamos, al menos mi hermano y yo —dije, y mis lágrimas empezaron a salir sin parar.
—Me duele tanto todo lo que pasó; estaba tan ilusionada. En estos momentos tendría que ser feliz con él, pero no, todo siempre fue un engaño. Me lastimó tanto que no creo que vuelva a creer en los hombres —añadí, mientras él solo me escuchaba.
Se levantó, se acercó para abrazarme y depositó un suave beso en mi cabeza.
—Todo va a estar bien, Fernanda. Él se dará cuenta de que ni tú ni tu hermano tenían nada que ver con lo que tu papá hizo en el pasado —trató de animarme.
—Eso ya no importa, y mucho menos si viene de él —respondí.
—¿Y el caso de tu hermano cómo sigue?
—Está ahí; el abogado no puede pedir un juicio porque no tenemos dinero. Sin esos documentos que el abogado dice, no vamos a poder demostrar que Claudio no sabía nada de la fábrica, y sin mi papá es muy difícil —le dije.
—¿Cuánto dinero piden para el juicio? —me preguntó.
—Cinco millones —respondí.
—Fernanda, yo puedo prestarte ese dinero. No hace falta que me lo devuelvas ahora, estoy seguro de que tu situación mejorará; además, no es que yo necesite mucho ese dinero —me dijo.
—No, Don Lucio, no aceptaría eso. Tú ya has hecho tanto por mí que jamás aceptaría.
—Piénsalo, Fernanda, tal vez estás dejando pasar una oportunidad para tu hermano.
—Lo voy a pensar, hablaré con mi hermano y con el abogado, y después te daré una respuesta.
Terminamos de pintar y Don Lucio se fue a su casa. Mañana era lunes y debía trabajar. En la universidad ya no iba porque el año académico terminó. Trabajo de siete de la mañana a cuatro de la tarde; después estoy en casa a menos que vaya a jugar vóley con las chicas de la comisión. Carina me dijo que regresaría para Año Nuevo; ella también debe volver a trabajar, pues es empleada en una tienda de ropa deportiva.
👏👏👏