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Secretos Y Pecados.

Secretos Y Pecados.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Reencuentro / Amor-odio / Mundo de fantasía / Amor a primera vista / Romance
Popularitas:324
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.

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Capítulo 20:Sofía

...Sofía ...

El amanecer en la hacienda siempre tenía un rastro de frialdad metálica, una neblina que se filtraba por las rendijas y obligaba a los cuerpos a buscar refugio en el calor ajeno, el despertar fue una transición lenta, un desprendimiento gradual de un sueño inusualmente pesado. Lo primero que registre, no fue la luz, sino el peso. Un brazo sólido, denso y cálido rodeaba mi cintura, anclándola contra un torso que subía y bajaba con una forma rítmica.

Abri los ojos con pesadez. La habitación de Rodrigo estaba sumergida en una penumbra grisácea, apenas interrumpida por un hilo de luz que se colaba entre las cortinas de terciopelo. Por un segundo, la desorientación química del sueño me hizo buscar mentalmente mi propio cuarto, hasta que el aroma a madera, tabaco fino y piel masculina me golpeó de frente. No estaba en mi cama. Estaba en el cuarto de Rodrigo fuera de los objetivos que había decidido ignorar la noche anterior.

Me movi mínimamente, intentando zafarme del agarre sin despertar a la fiera. Sin embargo, al hacerlo, la fricción de la camisa blanca de Rodrigo contra sus muslos desnudos le recordó, con una nitidez eléctrica, cada evento ocurrido en el jacuzzi y, posteriormente, en esa misma cama. Senti un calor súbito subir por su cuello. Yo, la investigadora analítica que despreciaba los impulsos biológicos no controlados, me había dejado manejar como una sustancia reactiva en manos de un experimentador experto.

—Si sigues moviéndote así, voy a pensar que quieres repetir el final de la noche —susurró una voz ronca justo en su nuca.

Pude sentir como mi cuerpo se tensó. El aliento de Rodrigo, caliente y cargado de la pereza del despertar, me rozó la oreja. Senti cómo el brazo en mi cintura se apretaba un poco más, eliminando cualquier espacio de aire entre su espalda y el pecho de él.

—Son casi las siete —dije, recuperando mi tono profesional, aunque mi voz sonó un poco más quebrada de lo que pretendía—. Tengo que irme antes de que la casa se convierta en un hormiguero.

Rodrigo soltó un gruñido bajo, una mezcla de queja y satisfacción. No la soltó. Al contrario, hundió su rostro en el hueco de su hombro, inhalando el aroma de su cabello con una lentitud que me pareció casi reverente.

—Nadie sube al tercer piso a esta hora, escurridiza. Ni siquiera Julián tiene el valor de interrumpir mi sueño —replicó él, su mano descendiendo un poco por mi cadera, trazando la curva que empezaba a despertar de nuevo mis hormonas —. Quédate cinco minutos más. El mundo no se va a detener porque la doctora no esté en su puesto de combate a las siete en punto.

—Mi puesto de combate, como tú lo llamas, es lo que mantiene mi cordura —respondi, aunque no hice ningún esfuerzo real por incorporarme—. Lo de anoche... fue una excepción. Una tregua por estrés acumulado. No lo confundas con un cambio de dinámica.

Rodrigo se incorporó sobre un codo, obligándome a girarme hacia él. En la penumbra, sus ojos se veían más oscuros, analíticos. Me observó con esa mirada que odiaba porque sentía que me desnudaba más que el propio jacuzzi; una mirada que leía las contradicciones entre mis palabras rígidas y la forma en que mis pupilas se dilataban ante su cercanía.

—Eres fascinante, Sofía. Usas la ciencia como un escudo, pero anoche, cuando temblabas bajo mis manos, no había ninguna doctora en esa habitación. Solo había una mujer que estaba muerta de hambre de sentir algo que no fuera el control absoluto.

—No te des tanto crédito —espete sentándome en la cama y dejando que la camisa blanca resbalara por uno de mis hombros—. Fue una reacción fisiológica ante un estímulo bien ejecutado. Nada que no se pueda explicar en un manual de neurología básica.

Rodrigo soltó una carcajada corta y vibrante. Se sentó detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda desnuda, rodeándome con sus brazos de nuevo. Sus labios rozaron mi hombro, justo donde la camisa había caído.

—Manuales de neurología... —repetí con ironía—. Me encanta cómo intentas esterilizar lo que pasa entre nosotros. Pero tu cuerpo no miente tanto como tu boca. Tu corazón está latiendo a una velocidad que ningún manual de "neurología básica" consideraría normal para alguien que solo está teniendo una conversación matutina.

Cerré mis ojos, maldiciendo internamente mi propia biología. Él tenía razón. Su corazón golpeaba sus costillas con una fuerza delatora. Me gire para enfrentarlo, quedando a escasos centímetros de su rostro. La tensión erótica, lejos de haberse disipado con el sueño, parecía haberse condensado en el aire viciado de la habitación.

—Tienes que entender algo, Rodrigo —dije, manteniendo la mirada—. No soy una de tus conquistas de club. No soy alguien a quien puedas "leer" y archivar. Si decido quedarme aquí, es por placer y experimento. Lo que pasó anoche...

—Lo que pasó anoche fue que por fin te permitiste ser humana conmigo —la interrumpió él, su tono volviéndose serio, casi sombrío—. Y no te equivoques, yo no archivo a la gente. Especialmente a ti.

El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no se atrevían a decir. No me di cuenta de que estaba perdiendo la batalla. Rodrigo no era solo un hombre guapo con un carácter dominante; era un imán que atraía todo su cuerpo y las convertía en deseo puro.

De repente, un sonido lejano rompió el hechizo. El portazo de una camioneta en el patio principal y los gritos de los trabajadores empezando la jornada. La realidad volvió a golpearla como un balde de agua fría.

—Me voy —sentencie, poniéndome de pie de un salto.

Busque desesperadamente mi bañador mojado, que estaba colgado en el respaldo de una silla. Estaba húmedo y frío, una sensación desagradable comparada con el calor de la cama.

—No te pongas eso, está empapado —dijo Rodrigo, levantándose también. Él caminaba con una naturalidad absoluta en su desnudez parcial, algo que todavía me causaba una mezcla de admiración y envidia—. Ve a tu cuarto con mi camisa. Ponte un abrigo encima. Si te encuentras a alguien, diles que bajaste por agua y te manchaste la pijama.

—Eres un experto en coartadas, por lo que veo —murmure, aceptando la lógica del plan.

Me puse mi sobre todo de paño sobre la camisa blanca, asegurándose de que el cuello de la prenda masculina no asomara. Rodrigo la siguió hasta la puerta. Antes de salir, él me tomó del mentón, obligándome a mirarlo una última vez.

—Sofía —dijo, su voz volviendo a ese tono bajo que la desarmaba—. La bandera blanca sigue arriba. Pero no creas que esto se acaba aquí.

No respondí. No podía. Me limité a asentir y salió al pasillo, caminando con el corazón en la garganta hacia la seguridad de su propia habitación. Al cerrar la puerta tras de sí y apoyándome contra la madera, inhale el aroma de la camisa que aún llevaba puesta. Era el aroma de Rodrigo. Y por mucho que mi mente científica intentara negarlo, mi cuerpo ya estaba contando las horas para volver a esa habitación.

La tensión en la casa apenas comenzaba. Julián estaría en la mesa del desayuno con su carácter de perro, Gabriela estaría observándola con su nueva vulnerabilidad, y Rodrigo... Rodrigo estaría allí, sentado frente a mi, compartiendo un secreto que quemaba más que el sol de mediodía en la hacienda.

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Estefaniavv
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