Alana es una joven que ha enfrentado numerosas dificultades desde muy pequeña. A la edad de solo cinco años, sufrió la pérdida de su madre, quien falleció, y poco tiempo después, su padre decidió abandonarla al encontrar una nueva pareja y formar una nueva familia con dos hijos más. Desde ese momento, Alana fue ingresada en un orfanato, donde pasó su infancia y adolescencia.
Ahora, al llegar a los 18 años, se encontraba en el umbral de una nueva etapa de su vida. Era el momento de abandonar el orfanato y dar un paso hacia la independencia, pero la situación le resultaba abrumadora. Con lágrimas brotando de sus ojos, dejó aquel lugar que había sido su hogar por tantos años. Mientras cruzaba la puerta, no podía evitar preguntarse cómo habría sido su vida si su madre estuviera a su lado. La melancolía y la incertidumbre la acompañaban, ya que se sentía sola en una ciudad que apenas conocía; su tiempo había estado casi completamente dedicado a los estudios en el orfanato, y ahora se enfr
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capítulo 20
Alejandro abrazó a Maximus con fuerza y, después de ese momento, subió la maleta al auto antes de ocupar su lugar al volante. Durante el trayecto, una tensión se apoderó de él y, incapaz de contenerse más, rompió el silencio y le dijo: “Alana, ¿podemos hablar un momento?”.
Alana lo miró con sorpresa y respondió: “Claro, dime”.
Alejandro tomó una profunda respiración antes de continuar: “Necesito que me digas qué significó para ti lo que sucedió entre nosotros”.
Alana, un tanto confundida, le contestó: “¿Por qué me preguntas eso? Ya lo hablamos anteriormente”.
“De hecho, no lo hicimos”, replicó Alejandro con un tono de frustración. “El idiota de Juan apareció y tú te fuiste con él, le diste tu número de teléfono y me dejaste solo”.
Alana lo miró fijamente y dijo: “¿Me estabas vigilando?”.
Alejandro, sorprendido por la acusación, la miró a los ojos, buscando en su expresión una respuesta.
Alana: Sabes que para mí esta situación no es nada fácil. Fue la primera vez que me pasó algo así y no estoy diciendo que haya estado mal, pero me siento incómoda porque sucedió contigo.
Alejandro: ¿Incomoda? Pero, ¿qué tiene que ver que haya sido conmigo? ¿Hubieras preferido que sucediera con Juan?
Alana: No estoy diciendo eso. Solo que tú eres mi jefe y nuestra relación debería ser solo profesional. Ayer tomamos de más y ocurrió lo que ocurrió. Me siento mal porque no sé cómo enfrentarme a ti ahora. Me siento extraña, de verdad. Jamás había experimentado este tipo de sentimientos.
Alejandro frenó de golpe, causando que Alana se asustara. Ella exclamó: ¡Cuidado! Podemos tener un accidente. Debido a la tensión que sentía, Alejandro se sintió abrumado y decidió orillarse a un lado de la carretera. Bajó del auto con el objetivo de tomar un poco de aire fresco.
Alana, todavía inquieta por la situación, también se bajó del vehículo y lo siguió. Con curiosidad y preocupación, le preguntó: ¿Qué está pasando ahora?
Alejandro se acercó a ella, visiblemente agitado. Alana, no sé qué me está sucediendo, confesó. Te juro que jamás me había sentido así con una mujer. No entiendo por qué me importa tanto. Te dije que había posibilidad de que esto fuera algo más que una simple relación laboral. Me gustas, y si no quieres que en la empresa se mezcle lo personal con lo profesional, lo aceptaré, pero necesito saber tu respuesta.
Alana lo miró sin saber qué respuesta darle de inmediato, su corazón latía con fuerza. Alejandro, al notar que ella permanecía en silencio y lo observaba, le dijo: No tienes nada que decir.
Alana, un poco titubeante, respondió: Señor, yo… yo necesito pensarlo. No es fácil tomar una decisión así de la noche a la mañana.
Alejandro, con un tono más cercano, anotó: No me llames señor ni jefe, solo llámame Alejandro. No estamos en la empresa.
Alana, aún reflexionando, contestó: Está bien, Alejandro. Necesito pensarlo; no es fácil para mí.
En ese momento, Alejandro no pudo contenerse más y la besó apasionadamente. Alana, sorprendida por el gesto, al principio siguió el beso, pero después lo separó suavemente, diciendo: Déjame pensarlo.
Alejandro se dirigió hacia la puerta del auto con el propósito de conducir, y Alana se subió al vehículo. Durante el trayecto, el ambiente se mantuvo en un completo silencio. Al llegar a su destino, eran las 2 de la tarde. Alejandro decidió llevar a Alana a un restaurante y, con una sonrisa, le dijo: Vamos a comer algo.
Alana, sintiendo un ligero rumoreo en su estómago, aceptó la invitación con entusiasmo. Ambos bajaron del auto y se dirigieron al interior del restaurante, donde se acomodaron en una mesa. Allí, pidieron su comida y comenzaron a charlar un poco más. A medida que la conversación avanzaba, Alana no podía evitar sonreír de vez en cuando, disfrutando del momento.
Cuando terminaron de comer, Alejandro se volvió hacia Alana y le dijo: Te llevaré de regreso a tu casa. Ambos salieron del restaurante y se dirigieron al auto nuevamente. Durante el trayecto hacia la plaza, Alana miró a Alejandro y, con un aire de agradecimiento en su rostro, expresó: Gracias por todo.
Alejandro se sintió un tanto confundido; por un lado, tenía un deseo inmenso de besarla, pero optó por no hacerlo. En su lugar, simplemente dijo: No te preocupes, esto que hemos logrado es gracias a tu esfuerzo. Gracias a ti, todo salió perfecto. Al escuchar sus palabras, Alana sonrió, iluminándose con la satisfacción del reconocimiento.
Nos vemos mañana en la empresa, respondió Alana con una actitud optimista.
Alejandro, con el deseo de que ella se cuidara, comentó: Puedes tomarte el día libre mañana; ya te lo había mencionado antes. Necesitas descansar.
Alana, después de un breve silencio y reflexionando sobre sus palabras, accedió: Está bien, lo haré.
Tras esas palabras, se despidieron. Alana se bajó del auto y comenzó a caminar hacia su departamento. Por su parte, Alejandro regresó a la mansión y, una vez dentro, se dirigió a su habitación. Sin embargo, su mente estaba ocupada con pensamientos sobre Alana y todo lo que había sucedido entre ellos.
Alana, al ingresar a su departamento, se dirigió de inmediato hacia la ducha. Después de una merecida ducha que la ayudó a relajarse, se acomodó en su sofá y se sumergió en sus pensamientos, reflexionando sobre lo que había ocurrido durante el viaje. Se cuestionaba cómo había sucedido que terminó acostándose con su jefe, y ahora él parecía interesado en tener algo más que una relación de trabajo con ella. Aunque sentía una atracción por Alejandro, también experimentaba un profundo temor a lo que los demás pudieran pensar. No quería que nadie pensara que había alcanzado sus logros profesionales únicamente por estar con él, ya que valoraba su esfuerzo y dedicación. Su mente se dispersó en estas preocupaciones hasta que un sonido en la puerta la sacó de sus cavilaciones. Era Diana, quien había llegado y se apresuró a ir a saludarla.
Alana abrió la puerta y, al ver a Diana, le dibujó una sonrisa en el rostro y la abrazó con entusiasmo. Diana entró en la habitación y le ofreció una taza de té que había traído especialmente para ella.
Alana se acomodó en una silla, mientras comenzaba a relatarle que la reunión y todo lo relacionado con el proyecto habían resultado ser un verdadero éxito. Se sentía muy confiada, tanto en su propio trabajo como en el desempeño de todo el grupo, lo que le dejaba una sensación de satisfacción.
Diana se alegró al escuchar las noticias y, curiosa, le preguntó qué habían hecho después de las reuniones. Alana, con un tono de misterio, le dijo: Amiga, tengo que contarte algo muy importante, pero necesito que me jures que no se lo dirás a nadie.
Diana, comprensiva y leal, respondió: Por supuesto, no diré nada. Eres mi mejor amiga.