Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20 – LO QUE FLORECE CUANDO YA NO HAY MIEDO
El tiempo no pasó de golpe.
Se deslizó.
Como lo hacen las cosas buenas… cuando dejan de doler.
Ariel aprendió a medir los días de otra forma.
No por el miedo.
No por la espera.
Sino por sonidos nuevos.
El balbuceo torpe de su hijo al despertar.
Los pasos firmes de Kael cruzando la casa.
El crujido suave de la madera por las noches, cuando el mundo parecía respirar con ellos.
La vida no era perfecta.
Pero era suya.
Y eso… bastaba.
Ariel estaba sentado en el suelo del jardín cuando lo sintió.
El pequeño jugaba cerca, absorto en algo invisible para los adultos.
Kael cortaba leña unos metros más allá, su presencia constante incluso sin mirarlo.
Entonces llegó.
Un mareo leve.
Fugaz.
Pero inconfundible.
Ariel apoyó la mano en su vientre sin pensarlo.
El recuerdo no llegó despacio.
Lo atravesó.
—No… —susurró.
Kael levantó la cabeza de inmediato.
—¿Ariel?
Ariel respiró hondo, intentando ordenar lo que su cuerpo ya había entendido.
—Creo que… —tragó saliva—. Creo que está pasando otra vez.
Kael no sonrió.
No celebró.
Se acercó despacio, como si cualquier reacción brusca pudiera romper ese instante.
Se arrodilló frente a él.
—¿Estás seguro?
Ariel asintió.
Había emoción.
Sí.
Pero también algo más profundo.
—Mi cuerpo se siente igual que entonces.
Kael apoyó la frente en la suya.
—Respira —dijo—. Sea lo que sea… lo atravesamos juntos.
Y Ariel le creyó.
Porque ahora sabía que no eran palabras.
Esa noche, cuando la certeza dejó de ser duda, Ariel lloró.
No fue felicidad pura.
Fue memoria.
—Pensé que no podría volver a hacerlo —confesó—. Pensé que la primera vez había sido… un milagro.
Kael lo sostuvo con firmeza.
—No fue un milagro —dijo—. Fue amor.
Una pausa.
—Y el amor no se agota.
Ariel cerró los ojos contra su pecho.
—Tengo miedo…
Kael no lo interrumpió.
—No de perderlo —continuó Ariel—. Sino de no estar a la altura otra vez.
Kael tomó su rostro con cuidado.
—No eres el mismo que antes —dijo—. Ya no cargas esto solo.
Y eso… lo cambiaba todo.
El embarazo avanzó distinto.
Ariel lo sintió desde otro lugar.
No desde la supervivencia… sino desde la pertenencia.
Kael estaba en cada momento.
En cada cansancio.
En cada duda.
—¿Te duele?
—Un poco.
—Entonces paramos.
Ariel bajó la mirada.
—No quiero ser una carga.
El silencio que siguió fue breve.
Pero firme.
—No vuelvas a decir eso —respondió Kael—. Amar no es cargar.
Es elegir quedarse.
Hubo noches difíciles.
Recuerdos que volvían sin aviso.
Ansiedad que no pedía permiso.
Kael no preguntaba demasiado.
Solo lo abrazaba.
—Estoy aquí —susurraba—. Respira conmigo.
Y Ariel lo hacía.
Porque ahora… sabía cómo quedarse.
El primer hijo observaba todo con ojos curiosos.
A veces Ariel lo miraba y sentía algo que todavía le costaba nombrar.
No era miedo.
Era asombro.
—¿Crees que algún día sabrá? —preguntó una noche.
Kael no dudó.
—Solo sabrá que fue amado.
Y eso sería suficiente.
El vientre de Ariel volvió a crecer.
Esta vez con menos temor… y más calma.
Más espacio para sentir.
Más espacio para esperar.
—Se mueve mucho —dijo una tarde, sonriendo.
Kael apoyó la mano con cuidado.
—Como tú —respondió—. Valiente incluso antes de nacer.
No todo fue fácil.
Hubo cansancio.
Hubo discusiones.
Días en que el mundo parecía un poco más gris.
Pero ya no hubo huida.
Una noche, Ariel rompió a llorar sin razón aparente.
—No quiero fallarles —sollozó—. A ninguno.
Kael lo sostuvo hasta que el llanto se volvió respiración.
—No necesitas ser perfecto —dijo—. Solo presente.
Una pausa.
—Y eso… ya lo eres.
El segundo parto fue distinto.
Más consciente.
Más lento.
El miedo no desapareció.
Pero ya no estaba solo.
—Mírame —dijo Kael—. Igual que la primera vez.
Y Ariel lo hizo.
Se sostuvo en él.
Como antes.
Como siempre.
Cuando el llanto llenó la habitación otra vez…
Ariel no dudó.
Lloró.
Pero esta vez no fue dolor.
Fue plenitud.
Kael los sostuvo a ambos, con una emoción tranquila. Profunda.
—Somos más —susurró.
Ariel apoyó la cabeza en su hombro.
Cansado.
Feliz.
En paz.
—Somos suficientes.
Esa noche, con dos respiraciones pequeñas marcando el ritmo del hogar…
Ariel entendió algo que nunca había tenido en su primera vida.
El amor no era una lucha constante.
A veces…
era descanso.
Y por primera vez…
no pensó en lo que había sido.
Solo en lo que estaba construyendo.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”