Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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CAPÍTULO 20 – LO QUE FLORECE CUANDO YA NO HAY MIEDO
El tiempo no pasó de golpe.
Se deslizó.
Como lo hacen las cosas buenas cuando dejan de doler.
Ariel aprendió a medir los días por sonidos nuevos: el balbuceo torpe de su hijo al despertar, los pasos firmes de Kael cruzando la casa, el crujido suave de la madera por las noches cuando el mundo parecía respirar con ellos.
La vida no era perfecta.
Pero era suya.
Ariel estaba sentado en el suelo del jardín cuando lo sintió por primera vez. El pequeño jugaba cerca, concentrado en algo invisible para los adultos. Kael cortaba leña unos metros más allá, su presencia constante incluso cuando no se miraban.
Fue un mareo leve.
Una sensación conocida… pero olvidada.
Ariel apoyó la mano en su vientre sin pensarlo.
El recuerdo lo atravesó de golpe.
—No… —susurró.
Kael levantó la cabeza de inmediato.
—¿Ariel?
Ariel respiró hondo, tratando de ordenar lo que su cuerpo ya sabía.
—Creo que… —tragó saliva—. Creo que está pasando otra vez.
Kael se quedó inmóvil. No hubo sonrisa inmediata. No hubo celebración automática.
Solo atención.
Se acercó despacio, arrodillándose frente a él.
—¿Estás seguro?
Ariel asintió, con una mezcla de emoción y algo parecido al miedo.
—Mi cuerpo se siente igual que entonces.
Kael apoyó la frente en la suya.
—Respira —dijo—. Sea lo que sea… lo atravesamos juntos.
Esa noche, cuando la certeza se volvió real, Ariel lloró.
No de felicidad pura.
De memoria.
—Pensé que no podría volver a hacerlo —confesó—. Pensé que la primera vez había sido… un milagro aislado.
Kael lo sostuvo con fuerza.
—No fue un milagro —dijo—. Fue amor. Y el amor no se agota.
Ariel cerró los ojos contra su pecho.
—Tengo miedo —admitió—. No de perderlo… sino de no estar a la altura otra vez.
Kael levantó su rostro con cuidado.
—Ariel —dijo con firmeza suave—. No eres el mismo que antes. Ya no cargas esto solo.
El embarazo avanzó distinto. Ariel lo sintió desde otro lugar. No desde la supervivencia, sino desde la pertenencia. Kael estaba allí en cada cambio, cada cansancio, cada noche en que Ariel dudaba de sí mismo.
—¿Te duele? —preguntaba.
—Un poco.
—Entonces paramos.
—No quiero ser una carga.
Kael lo miraba serio.
—No vuelvas a decir eso —decía—. Amar no es cargar. Es elegir quedarse.
Hubo noches en que Ariel despertó con ansiedad, recuerdos antiguos golpeando sin aviso. Kael no preguntaba demasiado. Solo lo abrazaba.
—Estoy aquí —susurraba—. Respira conmigo.
Y Ariel lo hacía.
El primer hijo observaba todo con ojos curiosos. Ariel a veces lo miraba y se preguntaba cómo había llegado hasta allí. Cómo ese niño dormía sin miedo, sin saber que su padre alguna vez fue considerado un villano.
—¿Crees que algún día sabrá? —preguntó Ariel una noche.
Kael no dudó.
—Solo sabrá que fue amado.
El vientre de Ariel volvió a crecer, esta vez con menos temor y más asombro. A veces Kael apoyaba la mano, silencioso, como si no quisiera romper algo sagrado.
—Se mueve mucho —comentaba Ariel, sonriendo.
—Como tú —respondía Kael—. Valiente incluso antes de nacer.
Hubo discusiones. Cansancio. Días grises.
Pero nunca huida.
Una noche, Ariel rompió a llorar sin razón aparente.
—No quiero fallarles —sollozó—. A ninguno.
Kael lo abrazó, sosteniéndolo hasta que el llanto se volvió respiración.
—No necesitas ser perfecto —dijo—. Solo presente. Y eso… ya lo eres.
El segundo parto fue distinto. Más consciente. Más lento. Ariel sabía qué esperar, pero el miedo no desapareció del todo.
Kael no se apartó ni un segundo.
—Mírame —le dijo—. Igual que la primera vez.
Y Ariel lo hizo.
Cuando el llanto llenó la habitación otra vez, Ariel no dudó.
Lloró.
Pero esta vez fue de plenitud.
Kael los sostuvo a ambos, con una emoción tranquila, profunda.
—Somos más —susurró.
Ariel apoyó la cabeza en su hombro.
—Somos suficientes.
Esa noche, con dos respiraciones pequeñas marcando el ritmo del hogar, Ariel comprendió algo que nunca había tenido en su primera vida.
El amor no era una lucha constante.
A veces…
era descanso.
Y por primera vez, Ariel no pensó en lo que había sido.
Solo en lo que estaba construyendo.
🤍