Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 20
Al principio Ethan se opuso, pero acabó aceptando, aunque no muy convencido.
-No vuelvas a hacerle daño -le advirtió a Hassan.
-El bienestar de mi esposa ha sido y será siempre lo más importante para mí -respondió él con firmeza.
-Se lo hiciste hace un año -le recordó Ethan clavándole la mirada-. Y un hombre solo dispone de una oportunidad para enmendarlo.
-Permíteme un consejo -le dijo Hassan con ojos brillantes-. No presumas entender una relación matrimonial hasta que no te involucres en una.
-Reconozco a una mujer con el corazón destrozado cuando la veo -insistió Ethan.
-¿Y acaso no ha tenido el corazón destrozado en el año que hemos estado separados?
Aquella replica fue la definitiva. Ethan asintió con la cabeza y se volvió para salir por la puerta y encontrarse con Rafiq.
* * *
Al mismo tiempo que Rafiq escoltaba a Ethan a la lancha, Geisa se ponía una chaqueta blanca de lino que combinaba con los pantalones blancos también de lino que había elegido. Bajo la chaqueta llevaba un top verde claro, y se había recogido el cabello en una coleta con un pañuelo verde de seda. Al volverse hacia la puerta se dijo que, si conseguía ignorar el dolor interior, podría enfrentarse a Hassan.
Al salir del compartimento se encontró con un hombre barbudo vestido con una túnica blanca y el típico gutrah en la cabeza.
-¡Faysal! -exclamó con sorpresa. Faysal la saludó juntando las manos y haciendo una reverencia. A Hassan le irritaban esas muestras de respeto, pero Geisa prefería ignorarlas-. No sabía que estabas en el yate. ¿Estás bien?
-Muy bien, mi señora -respondió él, pero bajo la barba Geisa creyó ver que se ruborizaba por la intimidad que ella le demostraba.
-¿Y tu esposa?
-Oh, ella también está muy bien. El... eh... problema que sufría ya ha desaparecido. Le estamos a usted muy agradecidos por asegurarse de que recibiera los mejores cuidados.
-Lo único que hice fue indicarle la dirección correcta, Faysal -dijo Geisa con una sonrisa-. y estoy muy agradecida de que confiara en mí.
-Le salvó la vida.
-Muchas personas le salvaron la vida -Geisa traspasó la barrera invisible que los hombres árabes levantaban entre las mujeres y ellos, y presionó sus manos contra las de Faysal-. Pero tú y yo somos buenos conspiradores, ¿eh, Faysal?
-Desde luego, mi señora -estuvo a punto de esbozar una sonrisa, pero estaba tan tenso por el contacto físico que Geisa lo soltó-. Si es tan amable de acompañarme -hizo una reverencia-, la escoltaré hasta mi señor Hassan.
«Mi señor Hassan». Geisa sintió que el ánimo volvía a decaerle, mientras Faysal la invitaba a bajar los escalones por los que había caído la noche anterior. Al otro lado del vestíbulo había una escalera que conducía a la cubierta superior.
Al llegar arriba, se detuvo para mirar alrededor. El cielo estaba completamente despejado, sobre un mar color turquesa. El sol le dio en la cara y tuvo que entornar los ojos para protegerse del brillo que reflejaba la pintura blanca del yate.
-Veo que has hecho ruborizar a Faysal -dijo una voz profunda.
Geisa se dio la vuelta. No vio a Faysal, pero sí a Hassan, sentado junto a una mesa dispuesta para el desayuno a la sombra de una gigantesca lona. Se esforzó por controlar los nervios.
-Detrás del protocolo siempre se esconde un ser humano. Solo tienes que mirarlo.
-Yo no he inventado el protocolo. Han sido generaciones de tradición familiar las que han convertido a Faysal en el hombre que es.
-Te adora como a un dios.
-Y a ti como a su ángel de la guarda.
-Al menos conmigo se siente cómodo para confiarme sus problemas.
-Solo después de que yo le aconsejara que era eso lo que debía hacer.
-Oh... -Geisa no se había dado cuenta de eso.
-Vamos, protégete del sol antes de que te quemes. El sol apretaba con fuerza, pero Geisa prefería mantener las distancias.
-Esperaba que Ethan estuviera aquí contigo. Y puesto que no lo está, creo que iré a buscarlo.
En ese momento se oyó el motor de una lancha que se alejaba del yate. Geisa se quedó inmóvil, y Hassan supo que había visto a Ethan, quien se despedía con la mano.
-Dile adiós, querida -le dijo Hassan-. Apreciará saber que estás bien.
-Eres una rata -murmuró ella.
-Del desierto -replicó él secamente. Le pasó un brazo por los hombros e hizo con el otro un gesto de despedida.
Geisa también lo hizo, y Hassan no pudo menos que admirarla por ello.
Cuando la lancha se perdió en la distancia, Geisa siguió con la vista fija en el horizonte, aferrada a la barandilla con unos dedos que parecían garras.
-Intenta verlo de esta manera -le aconsejó Hassan-. Nos hemos ahorrado otra discusión…