La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 19
Aquella noche, Valeria estaba terminando de ponerse la crema que el médico le había recomendado para la mejilla cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—Adelante.
Damián entró acompañado de su bastón. Llevaba una camiseta oscura y pantalones cómodos, y tenía el cabello ligeramente despeinado. Parecía dispuesto a acostarse, aunque su expresión indicaba que había venido a comunicar algo importante.
—Esta noche dormirás en mi habitación.
Valeria levantó la cabeza.
Lo miró durante unos segundos y después soltó una carcajada.
Damián se detuvo.
—¿De qué te ríes?
Ella intentó contenerse, pero la expresión seria de él solo consiguió que le resultara más difícil.
—¡Perdón! Es que lo dices como si estuvieras ordenando que trasladen un cargamento de armas.
—No sabía que mi manera de hablar te resultaba tan entretenida.
—Depende de lo que digas.
Damián negó con la cabeza, aunque una sonrisa discreta apareció en sus labios.
Había pasado buena parte de su vida rodeado de personas que medían cada palabra delante de él. Algunas le tenían miedo; otras intentaban complacerlo para ganarse su favor. Valeria, en cambio, podía reírse en su cara sin que pareciera estar burlándose de él.
Era desconcertante.
Y, por alguna razón, le gustaba.
—¿Vas a aceptar o piensas quedarte ahí riéndote toda la noche? —preguntó.
Valeria dejó el frasco de crema sobre la cómoda.
—Voy a aceptar, jefe.
—No me llames así.
—¿Prefieres señor Montenegro?
—Valeria.
—Está bien, está bien.
Ella se levantó, todavía sonriendo.
—Pero, hablando en serio, ¿por qué quieres que duerma contigo otra vez?
Damián acomodó el bastón junto a la cama.
—Porque estarás más segura.
La sonrisa de Valeria se suavizó.
No necesitaba preguntarle a qué se refería. Después de lo ocurrido con su tía, comprendía que él no quería dejarla sola mientras todavía existiera la posibilidad de que alguien intentara acercarse a ella.
—¿Crees que volverán a buscarme?
—No lo sé.
Él no intentó mentirle ni asegurarle que todo estaba resuelto.
—Por eso prefiero tenerte cerca hasta que Nicolás termine de investigar.
Valeria asintió lentamente.
—De acuerdo.
Damián giró el rostro hacia ella.
—¿Así de fácil?
—¿Querías que discutiera contigo?
—No particularmente.
—Entonces no te quejes.
Él soltó una pequeña risa y se sentó en el borde de la cama.
Valeria lo observó durante un momento. A pesar de su carácter, Damián había estado pendiente de ella desde que su tía la golpeó. Había ordenado que la revisara un médico, se había asegurado de que comiera algo y no le había exigido que explicara por qué aquella mujer le provocaba tanto miedo.
No había intentado obligarla a hablar de su pasado.
Simplemente había permanecido cerca.
—Oye, Damián.
—¿Qué?
—Gracias por lo de hoy.
Él se quedó quieto.
—No tienes que agradecerme por impedir que alguien te agreda.
—Quizá no. Pero quiero hacerlo.
Damián bajó ligeramente la cabeza, incómodo con la sinceridad de aquellas palabras.
Valeria se acercó a la cama.
—Además, creo que hacemos un equipo increíble.
Él frunció el ceño.
—¿Un equipo?
—Sí. Yo te cuido a ti y tú me cuidas a mí. Tú te encargas de los gruñidos y yo de hablar con la gente. Repartimos el trabajo de manera bastante eficiente.
Damián abrió la boca para responder, pero terminó soltando una risa breve.
—Eres imposible.
—Y, aun así, aquí estamos.
—Lamentablemente.
Valeria volvió a reírse.
Él sonrió también, pero aquella vez, cuando ella le respondió con una mirada cálida, sintió que el rostro comenzaba a calentársele.
Apartó la cabeza.
—Deberías prepararte para dormir.
Valeria parpadeó.
Después observó cómo Damián se acomodaba el cuello de la camiseta, como si de repente le molestara.
Y entonces lo notó.
Las orejas se le habían puesto rojas.
La joven apretó los labios para contener una sonrisa.
Vaya, vaya… Así que el jefe gruñón también sabe sonrojarse.
No dijo nada. Al menos, no todavía.
Había descubierto que Damián podía ser sorprendentemente reservado cuando algo lo avergonzaba. Y, por primera vez, le pareció que sería una pena arruinar aquel pequeño momento burlándose de él.
Aunque solo fuera por esa noche.
—¿Qué pasa? —preguntó Damián, al percibir su silencio.
—Nada.
—Estás sonriendo.
—¿Ahora tampoco puedo sonreír?
—No he dicho eso.
—Entonces estamos de acuerdo.
Damián suspiró.
Era imposible ganar una discusión con aquella mujer.
Y lo peor era que comenzaba a resultarle agradable intentarlo.
Cuando Valeria terminó de prepararse, encontró a Damián sentado junto a la cabecera de la cama.
Había dejado espacio suficiente para que ella pudiera acomodarse sin sentirse incómoda. Su bastón estaba en el lugar habitual y las medicinas de la mañana descansaban sobre la mesita.
Todo parecía dispuesto para pasar una noche tranquila.
Hasta que Damián habló.
—A partir de mañana dormirás aquí todos los días.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿Todos los días?
—Sí.
Ella lo miró, intentando decidir si hablaba en serio.
—Damián, ¿no es demasiado?
—No.
La respuesta fue tan inmediata que Valeria se sentó en el borde de la cama.
—Espera un momento. Una cosa es que me quede esta noche porque ha ocurrido algo desagradable y otra muy distinta es instalarme en tu habitación permanentemente.
—No he dicho que sea permanente.
—Acabas de decir todos los días.
—Hasta que deje de existir una amenaza.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Y si quiero dormir en otra habitación?
Damián guardó silencio.
No había esperado aquella pregunta. En su cabeza, la decisión era sencilla: Valeria estaría más protegida si permanecía cerca de él, y él podía asegurarse de que nadie la molestara.
Pero no había considerado que ella pudiera sentirse incómoda.
—Podemos hablarlo —respondió finalmente.
Valeria arqueó las cejas.
—¿Podemos?
—No abuses de mi paciencia.
Ella sonrió.
—Ahí está. Ya extrañaba al gruñón.
Damián negó con la cabeza, aunque la sonrisa volvió a asomarse a sus labios.
—Quiero que estés segura, Valeria. Eso es todo.
La joven dejó de sonreír por un instante.
—Lo sé.
Se sentó a su lado, dejando una distancia prudente entre ambos.
—Y agradezco que te preocupes por mí. De verdad. Pero también quiero poder decidir dónde duermo y cómo organizo mi vida.
Damián asintió lentamente.
—Tienes razón.
Valeria lo miró con sorpresa.
—¿No vas a discutir?
—¿Quieres que lo haga?
—No, pero estoy empezando a sospechar que hoy te golpeaste la cabeza y nadie me lo ha contado.
Él soltó una carcajada inesperada.
La risa duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para que Valeria se quedara mirándolo con una expresión de genuina satisfacción.
Hacía tiempo que no escuchaba a alguien reír de aquella manera.
Damián, por su parte, se dio cuenta de que ella no se estaba riendo de su ceguera, de su carácter ni de sus dificultades. Simplemente disfrutaba de aquel instante con él.
Y eso era nuevo.
—Podrás dormir aquí mientras lo necesites —dijo después—. Pero si prefieres otra habitación, lo hablaremos con Nicolás y reforzaremos la seguridad.
Valeria asintió.
—Así está mejor.
—Aunque preferiría que te quedaras aquí.
La confesión salió antes de que pudiera detenerla.
Valeria giró el rostro hacia él.
Damián se quedó inmóvil.
—Por seguridad —añadió rápidamente.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Por supuesto. Por seguridad.
No lo contradijo. Tampoco le hizo preguntas que pudieran incomodarlo.
Se limitó a levantarse para apagar la lámpara.
—Buenas noches, Damián.
—Buenas noches.
Valeria se acomodó bajo las mantas y, poco después, dejó de moverse.
Damián permaneció despierto durante unos minutos, escuchando su respiración tranquila.
No sabía qué le ocurría.
Antes de conocerla, habría considerado insoportable compartir su espacio con otra persona. Necesitaba silencio, orden y la certeza de que nadie entraría en su habitación sin permiso.
Ahora, en cambio, se descubría buscando excusas para mantenerla cerca.
Se recordó que era por seguridad.
Que Valeria había pasado por demasiadas cosas y que él tenía los medios para protegerla.
Era una explicación razonable.
Mucho más razonable que admitir que, desde que ella había llegado a su vida, las noches le parecían menos largas.
Damián se acomodó en la almohada y cerró los ojos.
Al otro lado de la cama, Valeria sonrió en la oscuridad.
No estaba enamorada de aquel hombre. Ni siquiera sabía si algún día llegaría a sentir algo parecido.
Pero, después de tanto tiempo viviendo con miedo, había algo maravilloso en poder acostarse sin preguntarse si la persona que dormía cerca de ella iba a hacerle daño.
Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, ambos se durmieron con una sensación parecida.
La tranquilidad de no estar solos.