Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL DESPERTAR DE LOS ELEGIDOS
El cielo se partió en dos.
No fue un trueno ni una tormenta. Fue la realidad tensándose hasta el límite por el choque de fuerzas que no debían encontrarse.
La tierra vibraba como un animal herido. Las torres se abrían desde los cimientos. El polvo convertía el aire en una nube espesa donde costaba respirar. Los gritos humanos se mezclaban con el rugido de los Golden, gigantes de barro vivo moldeados por magia corrupta y voluntad demoníaca.
Avanzaban sin titubear, sin cansancio, sin alma.
Y aun así… cuatro figuras seguían en pie entre las ruinas.
Heridas. Exhaustas. Pero en pie.
El primero de los Golden cayó sobre Dervían como una masa desprendida del abismo. No hubo aviso. El impacto lo alcanzó de lleno y lo lanzó contra una pared fracturada que estalló en piedra y polvo. Antes de que pudiera recomponerse, la criatura ya estaba encima.
Un golpe le sacudió el costado.
Otro le aplastó el hombro.
El siguiente le hundió el aire en los pulmones.
—¡Aghhh!
El sonido se perdió entre el estruendo general.
Rodó por el suelo, raspándose contra restos de metal y ladrillo. Intentó levantarse, pero el Golden descargó otra embestida que lo clavó boca abajo contra la tierra. Sintió algo crujir dentro del pecho. No supo qué. Solo supo que dolía demasiado.
A pocos metros, una mujer gritó:
—¡Déjenlo! ¡Ya está herido!
Un hombre intentó avanzar hacia él, pero otro lo sujetó del brazo.
—¡No! ¡Te va a matar también!
Dervían escuchaba todo como si viniera desde muy lejos. El Golden dio un salto corto y brutal, y su rodilla descendió con violencia sobre su abdomen.
El aire abandonó su cuerpo de golpe. Su boca se abrió, pero no salió sonido. Sus manos arañaron el suelo, buscando apoyo, buscando algo… cualquier cosa.
Nada respondió.
Intentó moverse.
Las piernas no reaccionaron.
El cuerpo ya no obedecía; solo temblaba.
El ruido de la batalla comenzó a distorsionarse. Los gritos se volvieron ecos huecos. Las explosiones, murmullos distantes.
Quedó tendido boca arriba.
El cielo azul, cortado por humo negro, se abrió ante él.
Parpadeó.
La sangre le bajaba por la sien, cálida, mezclándose con ceniza.
El Golden se acercaba. Cada paso hacía vibrar el suelo junto a su cabeza.Dervían tragó saliva con dificultad.
—Padre… —susurró apenas, la voz quebrada—. Ya no puedo…
No cerró los ojos.
Miró el cielo.
—He llegado hasta donde mis fuerzas podían llevarme… —continuó, con una calma que no nacía del cuerpo, sino de algo más profundo—. No vengo a pedirte poder… porque sé que no nace de mí.
El viento comenzó a moverse entre las ruinas. No violento. No furioso. Simple.
—He caído… y solo Tú puedes levantarme. Sé mis manos… porque las mías ya no dan más.
El dolor seguía ahí. Ardía en cada músculo. Latía en cada hueso.
Pero dejó de gobernarlo.
—Si mi cuerpo se quiebra… que no sea mi espíritu. Si mi luz aún sirve… enciéndela Tú.
El Golden se lanzó hacia él, levantando el brazo para aplastarlo definitivamente.
Y entonces—
Todo se aquietó.
El sonido se apagó.
El polvo quedó suspendido.
El tiempo pareció contener la respiración.
No hubo estruendo.
No hubo miedo.
Solo certeza.
“Tú escuchaste cuando todos callaron.”
Desde el centro de su pecho emergió una luz firme, concentrada. No explotó. No arrasó. Se formó como un símbolo vivo, una cruz ardiente marcada en su carne y en su alma. El viento la rodeó, girando con respeto, elevando la ceniza a su alrededor.
El Golden lo tomó del cuello y lo levantó con brutalidad.
Dervían abrió los ojos.
El dolor no había desaparecido.
Pero ya no lo dominaba.
Sujetó con ambas manos la cruz luminosa y, con un movimiento directo, la hundió en el núcleo oscuro del monstruo.
Un sonido profundo, casi orgánico, recorrió el cuerpo del Golden. El barro comenzó a agrietarse desde dentro. La magia oscura se resquebrajó como cristal sometido a presión.
Las fisuras se llenaron de luz.
El coloso tembló.
Y luego se desintegró en partículas incandescentes que el viento dispersó antes de tocar el suelo.
Dervían cayó sobre una rodilla, el cuerpo inclinado hacia adelante, apoyando una mano en la tierra para no desplomarse por completo.
El viento volvió a soplar entre las ruinas.
Pero esta vez…
No bajó la cabeza.
A pocos metros, un grupo de civiles retrocedía sin salida, atrapado contra los restos de una muralla derrumbada. El polvo flotaba en el aire como una neblina gris, y el olor a piedra quemada se mezclaba con el miedo. Algunos intentaban mover los escombros; otros abrazaban a sus hijos. No había escapatoria.
El suelo comenzó a temblar bajo sus pies.
Un Golden emergió entre el humo con pasos pesados que hacían crujir el barro endurecido que formaba su cuerpo. Su estructura parecía inestable, pero cada movimiento revelaba una fuerza brutal, compacta, antinatural. Desde lo profundo de su garganta brotó un gruñido grave y espeso, como si la tierra estuviera siendo arrastrada por algo que no pertenecía a este mundo. Avanzó hacia ellos sin prisa, con la seguridad de quien sabe que no existe resistencia posible.
Los civiles retrocedieron hasta chocar con la pared caída. Algunos comenzaron a llorar. Otros simplemente cerraron los ojos.
Entonces el aire se comprimió con un estruendo.
Una figura descendió desde lo alto y cayó entre la criatura y los aldeanos, levantando polvo y fragmentos de piedra al impactar contra el suelo. Gahiel se incorporó de inmediato, colocándose firme frente al Golden. No necesitó mirar atrás para saber que estaban a salvo mientras él permaneciera de pie.
El monstruo no dudó. Descargó su puño con violencia directa hacia el pecho de Gahiel.
El impacto resonó como una muralla quebrándose. La fuerza atravesó su cuerpo entero, sacudió sus costillas y le arrancó el aire de los pulmones. Gahiel salió despedido hacia atrás, atravesando los restos de un muro antes de estrellarse contra el suelo con un golpe seco que levantó una nube de polvo.
Los civiles gritaron, convencidos de que había terminado.
El Golden rugió con un sonido áspero, satisfecho.
Pero entre la nube de escombros, una silueta comenzó a moverse.
Gahiel apoyó una mano en el suelo y trató de incorporarse. Sus piernas temblaron bajo su propio peso y por un instante cayó de rodillas, respirando con dificultad. La sangre descendía por su frente y le nublaba parcialmente la vista, pero sus ojos seguían enfocados en la criatura que avanzaba para rematarlo.
Clavó los dedos en la tierra y se levantó, obligando a su cuerpo a obedecer.
—¡Si van a atacar a alguien… que sea a mí!
El símbolo del Oso comenzó a brillar en su pecho, primero como una brasa bajo la piel, luego como una presión creciente que se expandía por sus músculos. Una luz azul intensa recorrió sus brazos, su espalda, sus piernas. Sus hombros se ensancharon y su postura cambió; ya no parecía un hombre herido sosteniéndose por voluntad, sino una muralla viva plantada en medio del desastre.
El Golden atacó de nuevo. Esta vez la secuencia de golpes fue implacable. Cada impacto hacía vibrar el aire y crujir huesos. Uno le arrancó un gemido profundo; otro le dobló momentáneamente el torso; un tercero lo lanzó contra el suelo con violencia suficiente para agrietar la piedra bajo su espalda. El dolor recorría cada fibra de su cuerpo y por un instante el mundo se volvió un zumbido distante.
El monstruo levantó su brazo para asestar el golpe final.
Y entonces Gahiel rió.
No fue una risa fuerte, sino baja y áspera, nacida del fondo del pecho.
—Mi cuerpo… ya está al límite…
Se incorporó lentamente, sintiendo cómo cada músculo protestaba, cómo las costillas se quejaban con cada respiración.
—Huesos rotos… músculos desgarrados…
Levantó la mirada y sus ojos brillaron con una intensidad distinta. La luz azul que lo envolvía ya no era una chispa; era un campo de energía denso, profundo, como si una montaña entera respirara a través de él.
—Pero mi espíritu es inquebrantable.
El aura se expandió de golpe, apartando el polvo que lo rodeaba. Las grietas del suelo se extendieron bajo sus pies mientras el Golden descargaba otro ataque. Esta vez Gahiel no retrocedió. Recibió el impacto, lo sostuvo, y con un rugido primitivo atrapó el brazo del monstruo antes de que pudiera retirarlo. Sus músculos se tensaron hasta el límite y, con una fuerza que parecía venir de algo más profundo que su propia carne, levantó a la criatura del suelo.
El Golden forcejeó, pero el agarre no cedió.
Gahiel saltó, elevando ambos cuerpos por encima de los escombros, y descendió con ambas manos entrelazadas sobre el cráneo del monstruo, estrellándolo contra una roca gigantesca. El impacto resonó como un trueno seco. La estructura de barro se fracturó, la energía oscura que la animaba vibró y se desgarró, y el cuerpo del Golden se desintegró en fragmentos que se convirtieron en polvo al tocar el suelo.
El silencio cayó sobre el lugar.
Gahiel permaneció de pie unos segundos más, respirando con dificultad, la luz azul disipándose lentamente alrededor de su figura herida. Detrás de él, los civiles lo observaban con los ojos húmedos, algunos incapaces de sostenerse en pie por el shock.
Una mujer, con la voz quebrada, apenas logró susurrar un “gracias”.
Gahiel no respondió. Cerró los ojos un instante, dejó que el dolor le recordara que seguía vivo, y volvió a abrirlos con la determinación intacta.
Mientras él estuviera allí, nadie pasaría.
Al costado sur de Solárium, la batalla tenía otro ritmo.
Allí no dominaban los golpes brutales ni los choques de poder que partían el aire en dos. Allí el combate era velocidad pura, decisión en fracciones de segundo, un error o la muerte.
Maion ya no corría.
Se desplazaba como un reflejo de luz quebrada entre las ruinas, apareciendo y desapareciendo antes de que el ojo pudiera seguirlo. El tercer Golden descargaba su furia contra sombras que ya no estaban. Sus brazos de barro vivo descendían con violencia capaz de pulverizar piedra, pero solo encontraban polvo levantándose y ecos de movimiento.
Maion saltaba entre columnas partidas, pisaba brevemente un muro inclinado para impulsarse hacia otro punto, se deslizaba bajo un golpe que arrancó medio balcón detrás de él y, antes de que el impacto terminara de resonar, ya estaba a varios metros, girando sobre sí mismo para reposicionarse.
No había pánico en su rostro.
Había concentración.
—¿Eso es todo? —jadeó, con una sonrisa breve que no alcanzaba a ocultar el cansancio—. Pensé que los Golden eran más rápidos.
El monstruo respondió con un rugido denso y lanzó una secuencia de golpes más agresiva, menos torpe. Maion esquivó el primero inclinando apenas el torso, el segundo girando sobre el talón, el tercero impulsándose hacia atrás con una precisión milimétrica.
Demasiado milimétrica.
Al caer sobre un fragmento de piedra suelta, el equilibrio se rompió por una fracción insignificante de segundo. No fue una caída aparatosa. Fue un tropiezo mínimo.
Pero en combate, lo mínimo es suficiente.
El Golden lo vio.
Y reaccionó.
Las dos manos gigantes se cerraron sobre él con violencia inesperada. La presión comprimió su torso y le arrancó el aire de golpe. El mundo se estrechó en un dolor sordo mientras el coloso lo levantaba y lo estrellaba contra el suelo con brutalidad repetida, como si intentara romper algo que se resistía a quebrarse.
Cada impacto apagaba sonidos a su alrededor. Las ruinas, los gritos, el fuego… todo se convirtió en destellos cortados y vibraciones internas.
Cuando el Golden lo soltó, Maion quedó tendido boca arriba, el cuerpo negándose a obedecer. Los brazos no respondían con normalidad. La respiración llegaba tarde y ardía al entrar. El cielo sobre él giraba lento, atravesado por humo y ceniza.
El monstruo se inclinó, arrancó parte de su propio cuerpo y moldeó el barro entre sus manos hasta convertirlo en un hacha grotesca, pesada, hecha de oscuridad solidificada.
No había prisa en ese gesto.
Era ejecución.
Maion forzó los ojos a mantenerse abiertos.
Vio Solárium.
Calles abiertas como heridas. Fachadas colapsadas. Gente corriendo sin dirección, tropezando entre sí. Una mujer intentando cubrir a dos niños con su propio cuerpo. Un anciano arrastrándose entre polvo sin que nadie pudiera ayudarlo. Demonios avanzando donde antes hubo mercado, risas, vida.
Sintió la culpa atravesarlo más fuerte que los golpes.
Había jugado con el combate.
Había confiado demasiado en su velocidad.
Apoyó una mano en el suelo. Le temblaba, pero sostuvo el peso. Luego la otra. Se incorporó con dificultad, el cuerpo protestando en cada movimiento.
—Aún no… —murmuró, más para sí que para el monstruo.
El Golden avanzó, alzando el hacha.
Maion se enderezó como pudo, respirando con esfuerzo, obligando a su mente a despejar el dolor.
—Sí… cometí errores.
Se limpió el mentón con el dorso de la mano, sin apartar la mirada del enemigo.
—Pero no voy a pagarlos con sus vidas.
Alzó la vista hacia la ciudad que ardía y por primera vez no vio caos: vio responsabilidad.
El símbolo del León comenzó a arder en su pecho, no como una explosión inmediata, sino como un pulso profundo, constante, firme. Cada latido parecía sincronizarse con su respiración.
—Fui elegido para esto.
El Golden rugió y se lanzó con el hacha levantada.
Maion no retrocedió.
—Y mientras respire… nadie más cae.
Extendió la mano izquierda.
Su mente se cerró sobre el Golden con una precisión absoluta. No fue fuerza física lo que respondió, sino voluntad concentrada hasta volverse materia. El aire se comprimió alrededor del coloso y lo detuvo en pleno salto, suspendiéndolo a centímetros de su objetivo. El hacha vibró, atrapada en la misma presión invisible que lo aprisionaba.
El cuerpo de barro comenzó a retorcerse, intentando avanzar, pero cada intento encontraba una resistencia interna que lo obligaba a colapsar sobre sí mismo. La energía oscura que lo animaba empezó a agrietarse desde dentro.
Maion sintió el esfuerzo como una presión punzante en la cabeza, como si algo intentara desgarrarlo por dentro. Apretó los dientes. No era cuestión de potencia. Era cuestión de sostener.
Cerró el puño derecho.
El aura del León se expandió alrededor de su figura, ardiente, dorada, imponente.
—Los únicos que caerán… serán ustedes.
En un solo movimiento, liberó la presión hacia adelante y avanzó al mismo tiempo. Su puño se hundió en el pecho del Golden con un impacto limpio, directo, sin exageración innecesaria. La luz no explotó hacia afuera: explotó hacia adentro.
La estructura del coloso colapsó desde el centro, fragmentándose en bloques de barro que se desintegraron antes de tocar el suelo, como si la ciudad misma los rechazara.
El silencio que siguió fue distinto.
No era ausencia de ruido.
Era alivio.
Maion cayó de rodillas, exhausto, el cuerpo vibrando por el esfuerzo mental más que por los golpes físicos. Respiró profundo una vez, luego otra, tratando de estabilizar el temblor en sus manos.
A su alrededor, las personas comenzaron a detenerse. Ya no corrían. Miraban.
Tres Golden caídos.
Y, entre el humo y las ruinas, tres hermanos aún de pie.