[OMEGAVERSE/BL/YAOI)
SEGUNDA PARTE DE LA TRILOGÍA AROMAS.
SIN EDITAR.
Ilay y Alay siempre lo han compartido todo. Siempre han sido unos gemelos unidos y jamás se han separado por nada sin importar lo que suceda. Sus preocupaciones eran su familia y hermano Éley, pero al darse cuenta de que, en algún momento iban a tener que pasar por lo mismo: conocer a un Omega y tener una familia, los problemas comienzan. Siempre creyeron qué lo iban a compartir todo, incluso los Omegas, pero, ¿qué podría suceder cuando un dulce aroma a miel los envuelve y se dan cuenta de que solo uno de ellos se podría quedar con aquel Omega?
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19.
Ilay se quedó sentado en el comedor mirando a todos lados porque su hermano no aparecía. No sabía donde podía estar y se arrepintió de haber dejado su teléfono en el auto porque se estaba preocupando. Cuando el tiempo fue pasando, simplemente se puso de pie para ir a verlo en algún lado.
Supuso que estaría en el baño, pero al entrar no vio nada. Asumió que estaría hablando con uno de sus profesores por unos trabajos que debía entregar, mas nada había.
Se quedó dando vueltas por todos lados para terminar encontrándose con la nada misma y eso no le gustó en lo más mínimo porque un extraño sentimiento fue dominando su cuerpo. Sin dudarlo más, se fue al estacionamiento para ver que el auto no estaba. Alay se había ido manejando hasta la universidad, así que él tenía las llaves y, para peor, su teléfono.
Las cosas que comenzaron a pasar por su cabeza no fueron buenas en lo más mínimo porque nada más imaginó cosas con la mafia. Sabía que siempre andaban intentando que estuviera dentro porque era bueno en todo lo que hacía y eso lo aterró.
Regresó corriendo para buscar a algún conocido y, cuando lo encontró, se fue donde él.
—¿Has visto a mi hermano?
El chico pelinegro negó.
—Salió del aula cuando la clase finalizó, pero no lo he visto más. Solo lo vi irse al baño y ya.
Ilay siguió pensando e imaginando lo peor.
—¿Tienes para llamar? Mi teléfono no lo tengo.
Al tomar el teléfono, marcó el número que se sabía de memoria, pero la llamada no fue contestada jamás. No supo qué hacer porque rara vez no estaban juntos y Alay se había ido sin decirle absolutamente nada. No se sintió bien, la situación lo dejó intranquilo e imaginó lo peor.
No quiso perder más tiempo y se fue sin más. Tomó el primer taxi que encontró y se fue a donde siempre odiaba ir. Al lugar al que estaba condenado mientras no terminaran todo lo que debían hacer para salir libre de algo que parecía imposible con cada día que iba transcurriendo. Al bajarse tres cuadras antes del lugar, comenzó a correr para poder llegar lo más rápido. La puerta tenía una pequeña abertura donde nada más se podían ver los ojos de la otra persona, así que comenzó a golpear con fuerza.
—¡Abran la puerta! ¡Abran rápido!
Golpeó con su mano más de diez veces hasta que, la pequeña ventanilla, fue corrida y vio los ojos de alguien para nada amable.
—Déjame entrar.
—No hay entrega para ti hoy.
—¡No quiero una jodida entrega! ¡Abre porque necesito saber si Alay está aquí!
Vio como la ventanilla se cerraba y eso lo enfureció. Volvió a seguir golpeando con más fuerza sin detenerse.
—¡Abran la maldita puerta!
Nada.
—¡Abran de una buena vez, carajo!
Sin resultado.
Y estaba poniéndose cada vez más nervioso que comenzó a patear la puerta con fuerza y a golpearla sin importarle el lastimarse la mano.
De golpe, la puerta fue abierta y vio al mismo tipo de siempre que estaba encargado de quien entraba. Su rostro era serio y con muchos tatuajes que le daban un aspecto mucho más aterrador.
—¿Dónde está Alay?
—Él no está aquí.
—¡Muévete! —exigió y tuvo el intento de querer empujarlo, pero el tipo era grande y no tuvo tiempo de nada cuando le llegó un puñetazo al rostro que lo tiró de espaldas al suelo.
—Segunda advertencia, tu hermano no está aquí. Sigue provocando escándalo y tendrás serios problemas.
—¡Es aquí donde debe estar porque ustedes quieren domarlo como un perro!
—Hay compradores dentro, si arruinas una venta, despídete de tu libertad —dijo el tipo sin mayor esfuerzo y cerró la puerta de un solo golpe.
Pudo sentir la herida en su pómulo y formó puños, pero sabía que, si arruinaba una venta, le iba a ir fatal y jamás se podría librar de ellos. Se puso de pie sintiendo la desesperación al límite y pasó las manos por su rostro por no poder entender dónde más podría estar su hermano.
Caminó hasta que pudo tomar otro taxi y se fue a casa teniendo la esperanza de que pudiera estar ahí, mas nada había.
Entendió que, de esa misma manera, se había sentido Alay cuando aquella vez no le había contestado las llamadas por estar con Dayeill y se sintió culpable por haberle dado aquella preocupación. Ambos se querían y no se podían imaginar que al otro le ocurriera algo malo jamás.
—¿Y Alay? —preguntó la madre mirando detrás de él porque, por primera vez, Ilay entraba sin su sombra detrás y no supo qué decir.
No supo qué responder porque nadie nunca le preguntaba por él porque siempre estaba a su lado. La madre lo quedó mirando dándose cuenta de que algo le ocurría porque su rostro lo decía claramente. Lo vio subir las escaleras sin decir nada y se quedó mirando con su esposo porque eso era, literalmente, anormal.
—¿Qué fue eso? —preguntó el Alfa mirando a su esposa.
—No lo sé muy bien.
—Eso no me gusta. Ese par jamás se separa y siempre he pensado en como va a ser cuando tomen sus propios caminos y me cuesta un poco porque, en vez de gemelos, son como siameses.
—Lo harán bien, tal vez se han tardado, o tal vez Éley se aceleró en tener una familia, pero ellos la tendrán también.
El hombre soltó un suspiro mientras ella se sentaba su lado.
—Eso espero, cariño —comentó, pero esa llegada de Ilay solo le hizo pensar en cosas malas —. No me gustaría tener que lamentar cosas malas luego.
Ella se quedó pensativa porque era su madre y, como toda madre, siempre sabían lo que a sus hijos les ocurría. Había sido la primera en darse cuenta de que Éley estaba enamorado de Lukyan y, una vez más, estaba teniendo el mismo presentimiento, pero mucho más poderoso que no le agradaba y le producía un poco de miedo.
—Tengo un mal presentimiento —confesó pasando su mano por su pecho.
—¿Un mal presentimiento de que hicieron otra locura? —preguntó él en un susurro.
—No, más bien el mismo presentimiento que tuve cuando mi madre había muerto en aquel accidente —dijo sintiendo un escalofrío por su espalda.
—Tranquila, cariño, esos chicos son unos descarrilados, pero estoy seguro que jamás han matado a alguien o metido en problemas serio —habló el hombre dándole un beso en su mejilla.
Pero estaba gravemente equivocado porque ambos habían matado y más muertes estaban acercándose.