En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 18: El juego de las sombras
El golpe en la puerta principal no fue el de un mazo, sino el de una confianza invasiva. La voz de Néstor, teñida de una falsa jovialidad, atravesó la madera de cedro como una flecha envenenada.
—¡Doctora! No me asuste. He visto sombras moverse por su patio trasero y juraría que un espectro se coló por su ventana. Abra la puerta antes de que mis muchachos decidan que hay un fantasma que arrestar.
—rió Néstor, aunque el metal de su tono indicaba que no se movería de allí.
Dentro, el tiempo se congeló. Antonio apretó el mango de su cuchillo, sus nudillos blancos destacando en la penumbra. Sus ojos, fijos en la puerta, destellaban con la promesa de una carnicería. Para él, morir matando a Néstor era un final digno; para Isaí, era el fin de toda esperanza.
—¡Un momento, Capitán! —gritó Isaí, tratando de que su voz no temblara—. Estaba en el baño... no son horas de visitas, ni siquiera para las sombras. Deme unos minutos para vestirme decentemente y le abro.
Néstor soltó una carcajada seca afuera.
—Le doy tres minutos, Isaí. No me haga pensar que guarda secretos bajo la cama.
Isaí se giró hacia Antonio. El mareo volvió a golpearla, una oleada de náuseas que casi la hace doblarse, pero la adrenalina fue más fuerte.
Lo tomó por la pechera de su uniforme embarrado, obligándolo a mirarla.
—Escúchame bien —susurró ella, pegada a su oído—. Si sales ahora, nos matan a los tres. No eres un soldado ahora, Antonio, eres mi vida. Métete en el depósito de suministros, detrás de las cajas de alcohol. Pase lo que pase, no respires.
Antonio negó con la cabeza, su orgullo de guerrillero herido por la idea de esconderse como una rata ante su rival. Pero Isaí le puso una mano en el vientre, un gesto que él aún no comprendía del todo, pero que lo detuvo en seco.
—Hazlo por mí. Por lo que somos —suplicó ella.
Con una maldición silenciosa, Antonio se deslizó hacia el pequeño cuarto de insumos, un espacio angosto lleno de estanterías metálicas. Se hundió en el rincón más oscuro, cubriéndose con una lona vieja, mimetizándose con las sombras que Néstor decía haber visto.
Isaí se humedeció los labios, se revolvió el cabello para fingir que acababa de salir del dormitorio y abrió la puerta principal.
Néstor estaba allí, solo, con la gorra en la mano y una sonrisa de suficiencia. Sus hombres se habían quedado en el perímetro, dándole la privacidad que él tanto ansiaba.
Al entrar, su mirada recorrió la habitación con la precisión de un escáner. El olor a selva, a barro y a hombre joven todavía flotaba sutilmente en el aire, camuflado apenas por el aroma a antiséptico.
—Vaya, Doctora... parece que su "baño" ha sido agitado. Está usted pálida —dijo Néstor, caminando hacia el centro del consultorio, peligrosamente cerca del depósito donde Antonio contenía la respiración.
—Le dije que no me siento bien, Capitán. Sus bromas sobre sombras no ayudan a mis nervios —respondió Isaí, cruzándose de brazos, bloqueando con su propio cuerpo el camino hacia el escondite.
Néstor se detuvo a escasos centímetros de ella. El Capitán era un hombre que disfrutaba del control. Estiró la mano y, con una lentitud tortuosa, rozó la mejilla de Isaí.
—Sabe que me preocupa, ¿verdad? Un pueblo en guerra no es lugar para una mujer tan... delicada. Mis hombres dicen que hay rastros de botas cerca de su ventana. Botas que no son del ejército.
Isaí sintió que el mundo se desvanecía. Un sudor frío le recorrió la espalda. El mareo regresó con furia, una presión en la boca del estómago que ya no podía ignorar.
—Este es un consultorio, Capitán. Viene gente de todas partes. Campesinos, heridos... no puedo controlar quién deja huellas en el barro.
—Cierto —murmuró Néstor, sus ojos fijos en los de ella—. Pero esas huellas parecen llevar siempre al mismo sitio. A usted.
En ese momento, un ruido metálico resonó desde el depósito. Un frasco de vidrio había vibrado contra la estantería. Néstor se puso tenso al instante, su mano bajando instintivamente hacia la funda de su pistola.
—¿Qué fue eso? —preguntó, su voz perdiendo toda jovialidad.
Isaí, en un acto de pura desesperación, se llevó una mano a la cabeza y soltó un gemido ahogado. Se dejó caer hacia adelante, buscando el pecho de Néstor. El Capitán, sorprendido, tuvo que soltar su arma para sujetarla por la cintura.
—¡Isaí! ¿Qué le pasa? —exclamó él, el instinto de protección ganándole a la sospecha.
—Un mareo... no puedo... —susurró ella, fingiendo un desmayo parcial mientras su mente gritaba de terror.
Néstor la cargó y la llevó hacia la camilla, dándole la espalda al depósito de suministros. Fue el momento exacto. Antonio, viendo la oportunidad a través de la rendija, se deslizó hacia la ventana trasera con la rapidez de un jaguar. No hizo ruido, no dejó rastro. Solo una ráfaga de aire frío indicó su partida.
Mientras Néstor intentaba reanimar a Isaí con un poco de agua, ella abrió los ojos lentamente. Sabía que Antonio ya no estaba. Había ganado una batalla, pero la guerra estaba lejos de terminar.
—Perdón, Capitán —dijo ella con voz débil—. Creo que... creo que necesito hacerme unas pruebas. Mi salud no es solo cansancio.
Néstor la miró con una mezcla de sospecha persistente y una extraña ternura.
—Mañana la enviaré con el doctor del batallón. No me gusta que su salud sea un misterio.
Cuando el Capitán finalmente se retiró, dejando a una guardia en la puerta para "protegerla", Isaí se desplomó en el suelo. El silencio regresó, pero ahora era un silencio herido. Se tocó el vientre, sintiendo esa vida que aún era un secreto en sus sospechas, pero que ya había dictado su primera sentencia.
Antonio estaba vivo, pero su amor se había convertido en una sombra que mataba. Y Néstor, el hombre que creía protegerla, era el carcelero de un secreto que pronto no podría ocultar más:
¿la Doctora del pueblo estaba esperando el hijo de un fantasma?.