Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
.Capítulo 18: Lo Que Hacemos en Silencio
Descubrimos algo peligroso.
No era el consejo.
No eran los rumores.
Era la adrenalina.
La adrenalina de no ser descubiertos.
La primera vez ocurrió en el corredor norte.
Demasiado iluminado.
Demasiado transitado.
Demasiado imprudente.
Yo estaba hablando con uno de los secretarios cuando sentí su presencia detrás de mí.
No lo miré.
No de inmediato.
Pero mi espalda se tensó.
—Duque —saludó el secretario.
—Continúe —respondió Cassian con calma.
Su voz era perfectamente neutra.
Pero su mano…
Su mano rozó mi cintura al pasar.
Breve.
Casi imperceptible.
Demasiado íntimo para ser casual.
Mi respiración cambió apenas.
El secretario siguió hablando.
Yo asentía.
Pero sentía los dedos de Cassian presionando apenas más fuerte.
No posesivo.
Pero sí… recordatorio.
Cuando el secretario finalmente se retiró, Cassian no habló.
Solo me tomó del brazo.
No brusco.
Firme.
Y me llevó hasta la esquina menos visible del pasillo.
—Esto es imprudente —murmuré.
—Lo sé.
No se apartó.
No dejó espacio.
Su cuerpo bloqueaba cualquier línea de visión directa.
—Te estaban mirando demasiado —dijo en voz baja.
—Siempre me miran.
—No así.
Sus dedos subieron por mi costado lentamente.
Mi pulso se aceleró.
—Cassian…
—No provoques si no quieres reacción.
Su boca descendió a mi cuello.
No un beso abierto.
Un roce.
Caliente.
Controlado.
Mi respiración se rompió apenas.
Un sonido mínimo.
Ahogado.
Sus dedos se tensaron de inmediato.
—No hagas eso aquí —murmuré.
—Entonces no me mires así en público.
—¿Así cómo?
Su boca rozó la piel justo bajo mi oreja.
—Como si supieras exactamente lo que me haces.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Y lo peor…
Es que sí lo sabía.
Mi mano subió a su pecho.
—Te gusta perder el control un poco.
—No lo pierdo.
—Claro que sí.
Su mandíbula se tensó.
—Contigo es distinto.
—Eso suena a obsesión.
Silencio.
Su mirada descendió a mis labios.
—Tal vez lo sea.
El aire se volvió más pesado.
Más denso.
Mi respiración ya no era estable.
—Si alguien nos ve…
—No lo harán.
Y me besó.
Rápido.
Intenso.
Como si hubiera esperado demasiado.
No fue largo.
Fue urgente.
Controlado al límite.
Mis dedos se cerraron en su uniforme.
Un gemido pequeño escapó antes de que pudiera contenerlo.
Su mano subió inmediatamente a mi nuca.
—Shh —murmuró contra mis labios.
Eso me estremeció más.
—Vas a ser mi ruina —susurré.
—No.
Su mirada se volvió oscura.
—Eres mi debilidad favorita.
Mi corazón golpeó fuerte.
—Eso sí fue demasiado honesto.
—No me hagas repetirlo.
La segunda vez fue peor.
En la biblioteca.
Silenciosa.
Sagrada.
Llena de ecos.
Yo estaba leyendo cuando sentí su sombra caer sobre la página.
—¿Buscas algo interesante? —preguntó.
—Siempre.
—¿Más interesante que yo?
Levanté la vista lentamente.
—Eso depende.
—¿De qué?
Cerré el libro con calma.
—De si estás dispuesto a demostrarlo.
Error.
Grave error.
Su expresión cambió de inmediato.
No sonrisa.
No ironía.
Intensidad.
Se inclinó sobre la mesa.
Sus manos apoyadas a cada lado de mí.
—No juegues así aquí.
—¿Por qué? ¿Te desconcentra?
—Me provoca.
Su voz era baja.
Rugosa.
Mi pulso se disparó.
—Entonces provócame de vuelta.
Un segundo.
Dos.
Y entonces su boca descendió.
No suave.
No lento.
Directo.
El beso fue más profundo que el del pasillo.
Más cargado.
Más consciente.
Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro.
Y esta vez no pude contener el sonido que escapó.
Un gemido breve.
Ahogado contra su boca.
Su respiración se volvió más pesada.
—Elian…
Mi nombre salió como advertencia.
Y como necesidad.
—¿Qué? —murmuré contra sus labios.
—No hagas ese sonido aquí.
—Entonces no me beses así.
Su mano descendió por mi espalda con firmeza.
Me acercó más.
—Te estás volviendo imprudente.
—Y tú te estás volviendo obsesivo.
Silencio.
Sus ojos descendieron.
Oscuros.
—Sí.
No lo negó.
—Lo sé.
Mi corazón dio un salto.
—Eso no debería gustarme tanto.
—No debería.
Su boca volvió a la mía.
Más lento.
Más profundo.
Más deliberado.
No había urgencia ahora.
Había hambre.
Controlada.
Pero clara.
Cuando se separó, su respiración estaba apenas contenida.
—No quiero que nadie más te mire como lo hago yo.
—No pueden.
—Lo intentan.
Mi mano se deslizó por su cuello.
—Entonces mírame más fuerte.
Eso lo desestabilizó.
Lo vi.
—No me provoques a ser algo que no pueda controlar.
—Quiero que lo seas conmigo.
Silencio.
Su frente se apoyó contra la mía.
—Eres peligroso.
—Solo porque sabes que no voy a apartarme.
Sus dedos se tensaron en mi cintura.
—No lo harías.
—No.
Un segundo largo.
Y luego, más bajo:
—Te pertenezco tanto como tú a mí.
Eso fue lo que rompió lo poco que quedaba de contención.
No posesión.
No dominio.
Pertenencia mutua.
Su beso fue más intenso esta vez.
Más profundo.
Pero aún contenido.
Porque el peligro de ser descubiertos lo hacía arder más.
Cuando finalmente se apartó, sus ojos estaban oscurecidos por algo que ya no intentaba ocultar.
—No voy a compartirte.
—No tienes que hacerlo.
—No quiero hacerlo.
Sonreí apenas.
—Entonces deja de fingir que no estás obsesionado.
Un segundo.
Dos.
—Lo estoy.
Mi corazón se disparó.
—Eso fue directo.
—Contigo no puedo mentir.
Y en ese momento entendí algo claro.
No era solo deseo.
No era solo pasión.
Era intensidad elegida.
Era querer pertenecer sin miedo.
Era buscarse en cada espacio privado, en cada esquina, en cada sala silenciosa.
Y cada beso furtivo no era solo imprudencia.
Era promesa.
Promesa de que ninguno de los dos iba a fingir indiferencia otra vez.
Y eso…
Eso ardía más que cualquier rumor. 🔥