En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 18: Salvaje
Desde la penumbra de la arboleda, donde el sol moribundo apenas se filtraba, Leonardo observó la figura de Esperanza de rodillas, con la cabeza gacha. Aquella imagen de derrota, de la furia apagada, le causó un gusto amargo, una súbita desilusión que rozaba el aburrimiento.
"Que pérdida de tiempo", pensó.
Lentamente, comenzó a girar el caballo, sus movimientos deliberados y pausados. Ya nada lo ataba a ese vulgar altercado.
Pero algo, una vibración casi imperceptible en el aire, lo detuvo.
Leonardo volteó.
Esperanza había levantado la cabeza. Su labio ya comenzaba a hincharse, pero sus ojos verdes, aquellos pozos profundos bajo las cejas fruncidas, no reflejaban dolor, sino una rabia ardiente, indomable. Era el fuego puro de la injusticia.
Malen, triunfante y desesperada por el control, se acercó a la mujer de rodillas. Con un gesto de desprecio final, le escupió el rostro.
La reacción fue inevitable, instintiva.
Esperanza no dudó. Se lanzó como una pantera salvaje. No era una pelea; era una descarga de furia acumulada durante años de opresión. Manos firmes se aferraron al cabello oscuro de Malen, tirando con una fuerza desesperada. El barro ya cubría sus ropas viejas, y su largo cabello negro se pegaba a su piel sudorosa. Los golpes, certeros y ciegos, se unían a los arañazos. Eran dos mujeres revolcándose en la tierra húmeda, presas de una ferocidad primigenia.
Leonardo, oculto en las sombras densas de un árbol, se deleitó con la escena. Su expresión exterior permanecía como una máscara de calma impasible, jamás permitía que nada exterior alterara su calculado control, pero por dentro, sentía un éxtasis exquisito. Aquella mujer, de piel morena, con ojos de esmeralda salvaje, que luchaba con tal fiereza para liberarse de la humillación, le recordaba a aquel felino cautivo que se negaba a doblegarse. Era la única chispa de adrenalina que había sentido desde que llegó a esa hacienda muerta.
Esperanza logró sujetar a Malen por la espalda, retorciendo su brazo en un agarre doloroso y empujando su rostro contra el fango.
—¡No volverás a meterte con los niños! —siseó con el aliento agitado, su voz era un gruñido bajo. —¡¿Oíste?!
Tenía la batalla ganada. Malen se debatía inútilmente. Pero antes de que el resto pudiera reaccionar, la otra joven, la que había comenzado el conflicto, tomó un grueso palo de madera que usaban para apilar la cosecha. Se abalanzó y golpeó a Esperanza en el rostro.
El sonido fue un crujido amortiguado.
En ese instante, la exquisita emoción de Leonardo se disipó, cortada de tajo. Esa mujer, con su insolencia burda, había arruinado su diversión. La paz que había buscado al cabalgar se vio interrumpida por una vulgaridad que le resultaba inaceptable.
Suspiró, lento y tranquilo, asumiendo los hechos.
Malen se levantó, el rostro cubierto de barro y resentimiento. Le arrebató el palo a su amiga y lo levantó por encima de su cabeza. El madero vibró con su furia.
Esperanza yacía en el suelo. Sus labios estaban partidos, el gusto metálico de la sangre se mezclaba con la tierra mojada en su boca. El dolor pulsaba en su sien, pero sabía que el siguiente golpe no la dejaría levantarse.
Justo cuando el palo iniciaba su descenso fatal, un relincho poderoso y grave congeló la escena.
Un hombre emergió de las sombras de la arboleda, rompiendo la línea invisible entre la luz del atardecer y la oscuridad. Su caballo era una sombra imponente.
Los tres cuerpos se paralizaron, el palo detenido a centímetros del rostro de Esperanza. Pero no fue solo la interrupción lo que las petrificó. Al reconocer la rica vestimenta de montar y la silueta del jinete, la sangre se les heló.
El amo estaba allí. Y su presencia, en medio de tal escándalo y violencia, era una señal de muerte segura bajo aquel cielo en llamas.