Sin spoiled
NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 7
La luz del amanecer en la zona norte no entra por la ventana; se desliza con permiso, filtrada por cortinas de lino que cuestan más que mi antigua motocicleta. Me desperté antes de que el reloj inteligente que Araxie me había dejado sobre la mesilla marcara las seis. No fue el ruido lo que me sacó del sueño, sino el silencio. Un silencio denso, artificial, de esos que solo se encuentran en los lugares donde el dinero ha comprado hasta la ausencia de sonido.
Me quedé mirando el techo, tratando de recordar quién era. Por un segundo, busqué el olor a humedad de mi apartamento y el sonido del tráfico de la calle 14. Pero solo encontré el aroma a sándalo de las sábanas. Elías Solo estaba muerto, o al menos convenientemente enterrado en algún lugar de mi subconsciente. Ahora era Julian Vane. Y Julian Vane tenía una agenda que cumplir.
A las ocho en punto, Araxie entró en mi habitación sin llamar. Llevaba un conjunto de seda color esmeralda que hacía que sus ojos parecieran dos piedras preciosas recién pulidas. No me miró como a un hombre, sino como a una herramienta que quería comprobar si seguía afilada.
—Espero que hayas memorizado tu vida, Julian —dijo, lanzándome una carpeta de cuero negro sobre la cama—. Los Ishiguro no son como los matones con los que solías tratar. Son tiburones con doctorados en economía. Si huelen una sola gota de duda, te despedazarán antes del primer plato.
—Me sé hasta el nombre del perro que nunca tuve en Oxford, Araxie —respondí, levantándome. La desnudez frente a ella no me incomodaba tanto como su escrutinio—. Pero sigo sin entender qué pinto yo en una cena de negocios sobre transporte marítimo.
Araxie se acercó al ventanal, dándome la espalda. —Mi padre quiere vender la división de transporte. Es un movimiento estratégico para consolidar poder en el sector tecnológico. Pero hay un problema. Uno de los socios minoritarios de los Ishiguro, un hombre llamado Kenjiro Sato, tiene información sobre una serie de irregularidades en los puertos de origen. Información que podría hundir el trato y, de paso, la reputación de los Vesper-Zandrón.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que lo amenace? —pregunté con una pizca de mi antiguo cinismo.
—No seas vulgar —ella se giró, y su expresión era de una frialdad absoluta—. No vas a amenazar a nadie. Vas a seducir su confianza. Sato tiene una debilidad: cree que es el hombre más inteligente de la sala y le encanta demostrarlo. En algún momento de la noche, se retirará a la biblioteca o a la terraza para fumar. Debes estar allí. Debes usar tu fachada de "analista de inversiones" para dejarle caer que tú también sabes que los números no cuadran. Hazle creer que trabajas para un tercer interesado que pagaría mucho más que mi padre por su silencio.
—¿Quieres que traicione a tu padre? —me quedé helado.
Araxie sonrió, y fue como ver un relámpago en un cielo despejado. —Quiero que Sato te entregue el archivo original que contiene las pruebas. Una vez que lo tengas, me lo darás a mí. No a mi padre. A mí. Mi padre es el pasado, Julian. Yo soy el futuro de este apellido. Y para controlar el futuro, necesito las debilidades del presente bajo mi pulgar.
Entendí entonces que la guerra dentro de "La Atalaya" era mucho más sangrienta que cualquier disputa territorial en los barrios bajos. Aquí no se usaban escopetas recortadas; se usaban secretos y traiciones filiales.
La cena se celebró en el salón principal de la mansión. El despliegue de opulencia era casi obsceno. Camareros con guantes blancos se movían como fantasmas entre mesas adornadas con orquídeas negras y cubertería de plata maciza. Maximilian presidía la mesa con la autoridad de un monarca absoluto. A su derecha, el patriarca de los Ishiguro, un hombre cuya piel parecía pergamino antiguo y cuyos ojos no parpadeaban.
Yo estaba sentado tres lugares más allá, justo frente a Kenjiro Sato. Sato era más joven de lo que esperaba, con un traje de corte impecable y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Me pasé toda la cena interpretando mi papel, soltando términos como "arbitraje de activos", "apalancamiento financiero" y "volatilidad del mercado". Cada vez que abría la boca, sentía el peso del disfraz, pero también una extraña embriaguez. Era fácil mentir cuando el entorno te gritaba que eras importante.
Sato me observaba. Yo le devolvía la mirada con la mezcla justa de respeto y superioridad intelectual que Araxie me había instruido. A mitad de la cena, después de que Maximilian hiciera un brindis por la "prosperidad mutua" que sonó a sentencia de muerte para los competidores, Sato se disculpó y se levantó.
—El aire está un poco cargado de éxito, ¿no cree, Sr. Vane? —dijo Sato, mirándome de soslayo—. Voy a la terraza a buscar algo de realidad.
Era la señal. Esperé dos minutos, intercambié una mirada rápida con Araxie —que estaba entreteniendo al anciano Ishiguro— y me levanté.
La terraza daba a los jardines iluminados por focos ocultos entre los árboles. El aire de la noche era fresco, pero ya no olía a lluvia y hollín. Olía a pino y a dinero. Encontré a Sato apoyado en la barandilla de mármol, sosteniendo un cigarrillo fino.
—Sabe, Sr. Sato —dije, acercándome sin hacer ruido—, en Oxford nos enseñaron que los números son la base de la verdad. Pero en el mundo real, los números son solo la opinión de quien los escribe.
Sato no se giró, pero vi cómo se tensaban sus hombros. —Una observación audaz para un asistente personal, Vane. ¿Qué opina usted de los números que estamos discutiendo hoy?
Me puse a su lado y miré hacia la ciudad, que brillaba a nuestros pies. —Opino que hay una discrepancia de unos doce millones en los registros del puerto de Singapur. Una discrepancia que, casualmente, tiene su firma en el margen.
Sato se giró violentamente, su fachada de calma desapareciendo por completo. —¿Quién es usted realmente?
—Soy alguien que sabe que los Vesper-Zandrón no perdonan los errores, pero recompensan muy bien la discreción —bajé la voz, dejando que el tono de Elías Solo, el cobrador que sabe cuándo apretar, se filtrara sutilmente en la voz refinada de Julian Vane—. El archivo que usted guarda... el que tiene los registros reales de las cargas. Si llega a manos de Maximilian, usted desaparecerá antes de que el sol salga. Pero si me lo entrega a mí, puedo asegurarle una salida segura y una compensación que hará que Singapur sea solo un mal recuerdo.
El miedo en los ojos de Sato era palpable. Era el mismo miedo que había visto en el "Gordo" Suárez, solo que vestido con un traje de cinco mil dólares. En ese momento, me di cuenta de que, sin importar cuánto dinero tuvieran, todos eran igual de vulnerables cuando la verdad les apretaba el cuello.
—No lo tengo aquí —susurró Sato, mirando frenéticamente hacia las puertas de cristal—. Está en mi maletín, en el guardarropa.
—Tráigalo. Ahora. Dirá que se siente mal y que se retira. Yo lo interceptaré en el vestíbulo.
Sato asintió y entró casi corriendo. Me quedé solo en la terraza, con el corazón martilleando contra mis costillas. Había cruzado una línea. Ya no era solo un impostor; era un agente doble en una guerra familiar.
Entré al vestíbulo justo cuando Sato salía del guardarropa con un maletín de cuero. Estaba pálido. Me entregó un sobre grueso, oculto tras una carpeta de cuero.
—Dígale a sus empleadores que espero el pago mañana —dijo con voz temblorosa antes de salir apresuradamente hacia su coche.
Sentí el peso del sobre en mi mano. Era el primer encargo turbio cumplido. Pero cuando me giré para buscar a Araxie, me encontré con alguien que no esperaba.
Maximilian Vesper-Zandrón estaba al final del pasillo, fumando un puro. Su mirada era como un láser que atravesaba mi traje, mi piel y mis mentiras.
—Julian —dijo con esa voz de trueno que me hacía querer buscar un arma que ya no tenía—. Sato parecía tener mucha prisa. ¿Le ha sentado mal la cena o le has dicho algo que no debía saber?
Oculté el sobre tras mi espalda con una naturalidad que me sorprendió a mí mismo. —Parece que los negocios de Singapur le quitan el apetito, señor. Solo le recordaba la importancia de la lealtad.
Maximilian se acercó, el humo de su puro envolviéndome. Me miró fijamente durante unos segundos que parecieron horas. —Espero que así sea. Porque la lealtad en esta casa es como el oxígeno: si falta, todo el mundo muere. Incluido tú.
Se dio la vuelta y se alejó. Exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo. Busqué a Araxie y la encontré en su despacho, tal como habíamos acordado. Le entregué el sobre.
Ella lo abrió, escaneó los documentos y una sonrisa lenta y triunfante iluminó su rostro. Se acercó a mí y me puso una mano en la mejilla. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada ardía.
—Bien hecho, Julian. Has demostrado que puedes moverte en las alturas tan bien como en los callejones. Mañana empezaremos el siguiente nivel del juego.
—¿Y qué pasa con Sato? —pregunté.
Araxie guardó el sobre en una caja fuerte oculta. —¿Sato? Sato ya no importa. Ha cumplido su propósito. Ahora, vete a descansar. Tienes que empezar a acostumbrarte a ser un ganador. Los ganadores no hacen preguntas sobre los que se quedan por el camino.
Regresé a mi habitación, pero el cansancio que sentía era diferente. No era el cansancio de los huesos; era el cansancio de la conciencia. Me quité el traje, lo colgué con cuidado y me miré en el espejo. Julian Vane me devolvió la mirada, impecable, frío, exitoso.
Pero en el fondo de sus ojos, todavía podía ver a Elías Solo, el hombre que sabía que, tarde o temprano, todas las deudas se cobran. Y la deuda que estaba acumulando con los Vesper-Zandrón iba a ser la más cara de mi vida.
Me dormí con el sabor del whisky caro en la boca y la sensación de que, en esta jaula de oro, yo no era el asistente de Araxie. Era su arma. Y las armas, tarde o temprano, terminan disparándose.