En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 16
El sol de Moscú no calentaba; solo iluminaba la frialdad del mármol blanco en el salón de los espejos. Rosalie se despertó con el peso de la advertencia de Alex aún vibrando en sus oídos. Al bajar, no encontró un desayuno, sino una orden: Anya la esperaba en la planta alta, en el ala este de la mansión.
El salón de costura estaba inundado de metros de encaje francés y tul de seda. Tres costureras de rostro impávido trabajaban en silencio alrededor de Anya, quien permanecía de pie sobre un pedestal circular, como una estatua de porcelana a punto de ser terminada.
—Llegas tarde, Rosalie —dijo Anya sin mirarla, observando su reflejo en el tríptico de espejos—. Supongo que las "asistentes" no están acostumbradas a los horarios de la aristocracia.
—Estaba revisando los presupuestos de la gala, tal como pidió el señor Morozov —respondió Rosalie, manteniendo la voz plana, profesional. Se situó a un metro del pedestal, sintiendo que el aire allí arriba era más escaso.
Anya bajó la vista hacia ella con una sonrisa gélida.
—Acércate. Necesito que sostengas la cola del vestido. Las costureras no logran que la caída del chantilly sea perfecta, y ya que Alex dice que tienes "buen ojo", demuéstralo.
Rosalie apretó los puños, pero recordó las palabras de Alex: juega el papel. Se arrodilló sobre la alfombra persa y comenzó a manipular la tela fría y carísima. Era una humillación coreografiada. Mientras Rosalie estaba a sus pies, Anya comenzó a hablar, su voz era un ronroneo triunfal.
—¿Sabes? Este vestido fue diseñado por la misma casa que vistió a la madre de Alex. Es una tradición. Los Morozov no cambian, Rosalie. Son como este diamante —señaló el enorme anillo en su mano izquierda—. Inalterables. Puedes intentar rayarlos, pero al final, solo tú te romperás.
—Incluso los diamantes pueden estallar bajo la presión adecuada, Anya —replicó Rosalie, ajustando un alfiler con una precisión que hizo que la otra mujer se tensara—. Pero no estoy aquí para hablar de geología. Si quieres que este vestido impresione a Alex, deberías dejar de contener el aliento. Te ves... rígida. Como si tuvieras miedo de que el compromiso sea de cristal.
La habitación quedó en un silencio sepulcral. Las costureras se miraron entre sí, aterrorizadas. Anya abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió de golpe. Elena Morozova entró, portando una taza de té cuyo aroma a jazmín inundó el lugar.
—Déjennos solas —ordenó Elena.
Las costureras desaparecieron en segundos. Anya bajó del pedestal, buscando la aprobación de la matriarca, pero Elena ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en Rosalie, quien se puso de pie, sacudiéndose el polvo invisible de los pantalones.
—Anya, querida, ve a la biblioteca. Alex está allí revisando unos contratos y parece necesitar... distracción —dijo Elena con una amabilidad que sonaba a expulsión.
Anya asintió, lanzándole una mirada de superioridad a Rosalie antes de salir. Una vez solas, la atmósfera en el salón de costura cambió. Ya no era una pasarela; era una sala de interrogatorios.
—Toma asiento, Rosalie —Elena señaló una silla de terciopelo frente a ella—. He estado observando tus movimientos. Eres inteligente. Demasiado inteligente para creer que este cuento de hadas con mi hija terminará en algo que no sea una tragedia para ti.
—No busco un cuento de hadas, señora Morozova. Solo busco la verdad —respondió Rosalie, sosteniéndole la mirada.
Elena soltó una risa suave y dejó la taza sobre una mesa de caoba.
—La verdad es un lujo que los pobres no pueden permitirse. Déjame mostrarte algo.
Elena sacó un sobre de cuero de su regazo y lo deslizó sobre la mesa. Dentro había fotografías antiguas y documentos legales. Rosalie los ojeó con el corazón en la garganta. Eran registros de otra mujer, años atrás, con una mirada similar a la de Rosalie.
—Esa era la "asistente" anterior de Alexandra —susurró Elena, inclinándose hacia delante—. Alex te prometió protección, ¿verdad? Lo mismo le prometió a ella. ¿Sabes dónde está ahora? En una clínica de rehabilitación en Suiza, con una cuenta bancaria llena y el alma vacía. Alex no salva a la gente, Rosalie. Alex los colecciona hasta que el peso de su apellido la obliga a desecharlos.
Rosalie sintió un escalofrío. ¿Era esto parte del juego de Alex o era la verdad desnuda?
—Si te vas hoy mismo —continuó Elena, su voz descendiendo a un tono peligrosamente seductor—, te daré lo suficiente para que nunca vuelvas a cantar por necesidad. Si te quedas para la gala... te aseguro que verás a Alex anunciar su matrimonio con una sonrisa, y tú serás la que sostenga la copa del brindis mientras tu mundo se derrumba.
Antes de que Rosalie pudiera responder, el sonido de unos pasos familiares resonó en el pasillo. Alex apareció en el umbral. Se veía agotada, pero al ver a su madre tan cerca de Rosalie, sus ojos se encendieron con una furia contenida.
—Madre, el comité de la gala te espera en el jardín —dijo Alex, su voz cortando el aire como un látigo—. Deja de interferir en el trabajo de mi asistente.
Elena se levantó, alisándose el vestido sin perder la compostura.
—Solo estábamos discutiendo los detalles del brindis, Alexandra. Rosalie es... fascinante. Entiendo por qué la trajiste.
Elena salió de la habitación, rozando el hombro de Alex al pasar. Cuando se quedaron solas, Alex cerró la puerta y se apoyó contra ella, cerrando los ojos por un segundo.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Alex, acercándose rápidamente.
Rosalie miró el sobre de cuero que aún estaba sobre la mesa y luego a Alex. La duda, esa semilla que Elena había plantado con tanta maestría, comenzaba a germinar.
—Me dijo que soy una pieza de recambio, Alex. Y que en tres días, tú misma vas a apretar el gatillo.
Alex tomó las manos de Rosalie entre las suyas. Estaban heladas.
—Escúchame bien —susurró Alex con una urgencia desesperada—. El brindis de la gala no será lo que ellos esperan. Pero para que mi plan funcione, necesito que Anya y mi madre crean que te han ganado. ¿Puedes confiar en mí, aunque todo el mundo te diga que no lo hagas?
Rosalie miró a través de la ventana. Fuera, la nieve seguía cayendo, borrando los caminos, ocultando las trampas.
—Confío en ti, Alex —dijo Rosalie, aunque su voz sonó más frágil de lo que pretendía—. Pero si vas a romperme, hazlo rápido. No creo que pueda aguantar tres días de este veneno.