Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Voy a descubrir la verdad.
La recuperación de Keyla no fue solo física.
Su cuerpo sanaba poco a poco, pero su corazón vivía en una contradicción constante: el dolor profundo por Darío y Joel, y la felicidad inesperada que sentía cada vez que miraba a Mateo dormir entre sus brazos. A veces lo observaba durante largos minutos, como si temiera que alguien pudiera arrebatarle incluso ese pequeño milagro que la mantenía en pie.
—Eres lo único puro que me queda —le susurraba—. Por ti voy a resistir.
Las noches eran largas y difíciles. El silencio se llenaba de recuerdos, de miradas acusadoras, de palabras que aún dolían como cuchillos. Ulises. Su decepción. Su rechazo. Esa imagen se repetía una y otra vez en su mente.
Andrés, en cambio, estaba más presente que nunca. Demasiado.
—No deberías pensar en nada más que en tu hijo —le decía—. El estrés no te hace bien. Déjame todo a mí.
Keyla asentía en apariencia, pero por dentro algo se negaba a rendirse.
Pasaron algunos días antes de que se sintiera con fuerzas suficientes para salir. Cuando finalmente decidió ir al hospital, lo hizo con el corazón apretado. Primero visitó a Joel.
Entró despacio a la habitación. Él estaba pálido, lleno de vendajes, pero consciente. Al verla, frunció el ceño, como si intentara entender por qué sentía alivio al verla allí.
—Hola —dijo ella en voz baja.
—Pensé… pensé que no vendrías —respondió Joel con dificultad.
—Claro que vendría. Lo siento… siento todo esto.
Joel la miró fijamente.
—No tienes que disculparte conmigo, Keyla. Yo sé que tú no hiciste nada.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—Gracias… eso significa más de lo que imaginas.
—Ten cuidado —añadió él—. Hay gente que no quiere que sepas la verdad.
Antes de que pudiera responder, la enfermera entró y pidió que saliera. Keyla asintió y se dirigió a la habitación de Darío.
Verlo así fue devastador.
Su amigo, siempre fuerte, siempre sonriente, ahora parecía frágil, atrapado entre máquinas y silencios. Se sentó a su lado y tomó su mano.
—Perdóname —susurró—. Todo esto pasó por mi culpa… o al menos eso quieren hacer creer a todos.
Darío no podía hablar, pero sus ojos se movieron lentamente hacia ella. Lágrimas silenciosas rodaron por las mejillas de Keyla.
—Te prometo algo —continuó—. Voy a encontrar al culpable. No importa cuánto me cueste. Te lo debo… y me lo debo a mí misma.
Apretó su mano con cuidado y luego se marchó, con una determinación nueva latiéndole en el pecho.
De vuelta en casa, Keyla intentó reconstruir los hechos una y otra vez. Se sentó en el sofá, con Mateo dormido en su pecho, mientras repasaba cada detalle.
—¿Quién podría odiarme tanto? —se preguntó en voz alta.
No encontraba respuestas. No tenía enemigos. No ambicionaba nada que no fuera sobrevivir. Y sin embargo, alguien había creado una versión de ella tan oscura que incluso Ulises había creído.
Los días siguientes se dedicó por completo a su hijo. Cambiaba pañales, cantaba canciones suaves, caminaba por la casa con Mateo en brazos hasta que ambos se quedaban dormidos. Ese pequeño ser la anclaba a la realidad.
Fue entonces cuando Andrés tomó una decisión “por ella”.
—He pensado que lo mejor es que te tomes unas vacaciones —le dijo una noche—. Unos meses fuera del trabajo. Lejos de la empresa… y de Ulises.
—¿Vacaciones? —repitió Keyla, desconfiada.
—Es por tu bien. Las cosas están muy tensas. Los accidentes… la policía… No quiero que estés expuesta.
Ella lo miró fijamente.
—¿O no quieres que esté cerca de la verdad?
El rostro de Andrés se endureció apenas un segundo, pero enseguida volvió a sonreír.
—No seas ingrata. Gracias a mí no estás en la cárcel.
Esa frase se le clavó como una espina.
Ulises, por su parte, estaba atrapado en su propio conflicto.
La condición de Joel, era incierta mejoraba lentamenten. y eso lo tenía devastado. Cada visita al hospital era un recordatorio de que algo no estaba bien. Decidió posponer la boda con Katia.
—No es el momento —le dijo—. Joel está grave. Darío también.
Katia fingió comprensión.
—Claro, amor. Yo entiendo.
Pero por dentro estaba furiosa… aunque sabía que no podía hacer nada.
—No te preocupes —le dijo luego a Andrés—. Tener tiempo es mejor. Keyla está lejos. Todo sigue bajo control.
Mientras tanto, Keyla no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Aprovechando que no trabajaba, comenzó a investigar. Caminó por los alrededores del hotel, habló con dueños de locales, fingiendo ser una madre primeriza curiosa, observadora. Preguntó por cámaras, por grabaciones antiguas.
La mayoría le cerró la puerta.
Hasta que un pequeño minimarket llamó su atención.
—Tenemos cámaras afuera —le dijo el dueño—. Guardamos las grabaciones unas semanas.
El corazón de Keyla se aceleró.
—¿Podría ver las del día del accidente?
El hombre dudó, pero finalmente accedió.
Lo que vio la dejó helada.
En la pantalla aparecía una mujer. Caminaba encorvada, con el mismo abrigo que Keyla solía usar. El mismo color de cabello. El mismo cuerpo. Se detenía cerca del hotel… y luego sacaba algo de su cuerpo.
—¿Eso es…? —susurró.
Era una barriga falsa de embarazo.
La mujer la arrojaba a un basurero sin mirar atrás y se alejaba rápidamente.
Keyla sintió que las manos le temblaban.
—Esto prueba que alguien se hizo pasar por mí —dijo—. Alguien planeó todo.
—Pero no se le ve la cara —respondió el dueño—. No es suficiente para la policía.
Aun así, Keyla salió de ahí con una copia del video. Era una grieta. Pequeña, pero real.
Cuando Andrés se enteró, estalló.
—¿Estás loca? —le gritó—. ¿Andas investigando por tu cuenta?
—Estoy buscando la verdad —respondió ella con firmeza.
Él se acercó peligrosamente.
—Escúchame bien —dijo en voz baja—. Gracias a mí no estás presa. Gracias a mí llevas el apellido Montenegro. Sin mí, ya te habrían quitado a tu hijo.
Keyla lo miró, aterrada.
—No te atrevas a amenazarme con Mateo.
—Puedo hacer mucho más de lo que imaginas —respondió él—. Así que deja esto. Agradece lo que tienes.
Esa noche, Keyla no durmió.
Miró a su hijo y comprendió algo terrible: Andrés no era su salvación. Era su carcelero.
Aun así, no se detuvo.
Siguió buscando. Revisó rutas, horarios, llamadas. Sabía que Katia estaba involucrada. Lo sentía. Cada sonrisa suya era una burla.
—No voy a rendirme —susurró—. Aunque tenga que hacerlo sola.
Porque ahora lo entendía:
No solo estaba luchando por limpiar su nombre.
Estaba luchando por su libertad.
Por la de su hijo.
Y por la verdad que alguien había intentado enterrar… pero que empezaba, lentamente, a salir a la luz.