Son dos herederos, distintos países, lo tienen todo, pero no lo quieren (o no han encontrado la forma correcta de usarlo), se encontrarán por una casualidad y no revelaran su identidad por distintas razones, lo tienen todo para crear un emporio, pero como en toda historia no faltara quien los envidia y con mucha avaricia creara conflictos que tendrán que sortear, a su favor? ambos tienen su inteligencia, amigos, contactos y dinero. Será suficiente?
Acompañame a leer esta historia ATT Santihelo
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17 La Caída del Heredero
Andreas cruzó el umbral de cristal de lo que hasta ayer era su imperio. El logotipo de la familia ya estaba siendo reemplazado por una fría tipografía desconocida para él. Al llegar a la recepción, no fue Greta quien lo recibió, sino dos hombres de seguridad con uniformes que no reconoció.
—Señor Andreas, no tiene autorización para pasar de los torniquetes —dijo uno de ellos, bloqueándole el paso con el brazo.
—¿Autorización? Soy el CEO. Quítese de mi camino —rugió Andreas, pero su voz se perdió en la inmensidad del vestíbulo.
En ese momento, Markus Huber bajó por las escaleras de mármol. No vestía como un empleado, sino con la arrogancia de quien ha conquistado un reino. Huber, un antiguo rival universitario, que Andreas creía haber derrotado años atrás, sonreía con una satisfacción depredadora.
—Bienvenido a Helvetia, Andreas. Aunque me temo que llegas tarde para la entrega de llaves —dijo Huber, extendiendo los brazos.
—¿Huber? ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde está mi padre? —Andreas intentó avanzar, pero los guardias lo empujaron de vuelta.
—Tu padre está en su residencia, tratando de asimilar la decepción —respondió Huber con tono meloso—. Peter está destrozado, Andreas. Descubrir que su mano derecha, su "hijo adoptivo", le estaba robando secretos industriales para venderlos a la competencia china... Y luego ser él quien firmó la cesión de la empresa, eso rompe a cualquier hombre.
Andreas sintió un vacío en el estómago. —¿De qué estás hablando? Luca jamás haría algo así.
—Las pruebas dicen lo contrario —Huber le lanzó un sobre con documentos impresos—. Transferencias bancarias a nombre de Luca, registros de acceso a horas prohibidas y correos electrónicos vendiendo los planos del sistema Helvetia. Por eso Peter lo despidió y lo denunció.
Andreas hojeó los papeles con manos temblorosas. Eran falsificaciones perfectas, ingeniería social diseñada para envenenar la mente de un anciano desconfiado como su padre.
—¿Dónde está Luca? Quiero hablar con él —exigió Andreas.
Huber soltó una carcajada seca. —Luca está huyendo, Andreas. Hay una orden de arresto internacional contra él por espionaje empresarial y alta traición. Desapareció en cuanto se enteró de que la auditoría había descubierto su rastro. Probablemente esté fuera del país con el dinero que le robó a tu familia.
La Mentira en las Sombras
Andreas salió del edificio, expulsado y humillado. Se sentó en un banco frente al lago Zúrich, con la lluvia empapándole la ropa. No creía ni una palabra de Huber. Luca no estaba huyendo; Luca sabía quién había infiltrado a los verdaderos traidores y por eso lo habían quitado de en medio.
Lo que Andreas no sabía era que, en ese mismo instante, en una bodega fría del puerto seco, Luca estaba atado a una silla. No lo habían matado porque necesitaban que él "confirmara" la historia de espionaje ante la policía si las cosas se ponían feas. Lo habían secuestrado para que el silencio fuera su única coartada.
Mientras tanto, en Brasil:
En el hotel de São Paulo, Iliana observaba la transmisión en vivo de las cámaras de seguridad de los alrededores de la sede en Zúrich. Vio a Andreas salir derrotado y vio a Huber celebrar con champaña en la oficina principal.
—Ese infeliz de Huber —susurró Iliana, sus ojos reflejando cascadas de código—. No tiene idea de que acaba de abrirle la puerta a un virus mucho peor que el espionaje.
Thomas: —¿Qué has encontrado? Iliana: —Huber no trabajó solo. Los registros de las transferencias bancarias "falsas" de Luca fueron creados desde dentro del sistema de Peter. Alguien se ganó la confianza del viejo para plantar las pruebas. Y Thomas... Acabo de localizar la señal del reloj de Luca. No está huyendo. Está en una bodega a tres kilómetros de donde está Andreas.
Iliana pulsó una tecla y el reloj de Andreas en Zúrich vibró.
«LUCA NO ES UN TRAIDOR. ES UNA TRAMPA DE HUBER. VE A LA DIRECCIÓN QUE TE ENVÍO. SÁCALO DE AHÍ ANTES DE QUE LO ELIMINEN. — I.»
Andreas bajó del coche negro a dos manzanas de la dirección indicada. El conductor no dijo una palabra, solo le entregó un auricular pequeño y desapareció en la niebla. Andreas miró su reloj una vez más. El mensaje seguía ahí, parpadeando en la pantalla táctil que él creía convencional.
«NO USES LA PUERTA PRINCIPAL. TRES GUARDIAS EN EL PERÍMETRO. ESPERA MI SEÑAL.»
—¿Quién eres? —susurró Andreas al aire, apretando el auricular contra su oído. No hubo respuesta de voz, solo un pitido electrónico que indicaba que la conexión estaba activa.
Andreas se movió entre las sombras, trepando una valla de tela metálica. Su traje de diseño estaba arruinado, manchado de grasa y agua, pero no le importaba. La adrenalina había silenciado el dolor de la trampa de Huber. Si Luca estaba ahí, si Luca no era un traidor, aún había una esperanza de recuperar a su padre.
Desde el hotel en São Paulo, Iliana tenía una visión de "dios". Había logrado puentear el satélite de comunicaciones de Helvetia Defence Corp y ahora veía el mapa térmico de la bodega en tiempo real.
—Thomas, prepárate. Voy a freír el nodo de energía de la manzana —dijo Iliana, sus dedos moviéndose con una velocidad sobrehumana—. En tres, dos, uno...
En Zúrich, un estallido sordo resonó en la calle. Los transformadores del poste principal lanzaron una lluvia de chispas azules y, de repente, toda la zona industrial se sumergió en una oscuridad absoluta. Los generadores de emergencia de la Bodega 14 tardarían 15 segundos en entrar en línea.
«AHORA. ENTRADA LATERAL. CÓDIGO 1044.»
Andreas corrió. Tecleó el código en el panel digital que, gracias al hackeo de Iliana, aceptó la clave sin resistencia. Entró justo cuando las luces de emergencia, de un rojo alarmante, empezaron a parpadear.
El interior de la bodega era un laberinto de contenedores de carga abandonados. Andreas avanzó, guiado por los pitidos en su auricular que se intensificaban cuando se acercaba al objetivo. Al fondo, tras una oficina de cristal reforzado, lo vio.
Luca estaba atado a una silla de metal. Tenía el rostro hinchado y la camisa manchada de sangre seca. Frente a él, un hombre con uniforme de Helvetia sostenía un teléfono, gritando órdenes ante el fallo eléctrico.
Andreas no esperó. Agarró una barra de acero de un estante cercano y, antes de que el guardia pudiera reaccionar, lo golpeó con una ferocidad nacida de meses de frustración contenida. El guardia cayó desplomado.
—¿Andreas? —la voz de Luca era apenas un susurro quebrado—. ¿Eres tú o estoy alucinando por los golpes?
—Soy yo, amigo. Vamos a sacarte de aquí —Andreas comenzó a desatar las cuerdas con manos temblorosas.
—Andreas... no debiste venir —dijo Luca, tosiendo—. Huber... Huber creó una trampa. Lo convencieron de que yo era el topo. Usaron mi firma digital... Alguien se infiltró en mi sistema meses antes.
—Lo sé, Luca. Lo sé todo. Tenemos que irnos, ahora.
«SALIDA NORTE. EL CAMINO ESTÁ LIMPIO. LAS CÁMARAS ESTÁN EN BUCLE.»
Andreas cargó con Luca, pasando el brazo del asistente sobre sus hombros. Mientras salían por la puerta trasera hacia el callejón, Andreas se detuvo un segundo y habló por el auricular.
—Gracias. No sé quién eres, ni por qué nos ayudas, pero si salimos vivos de esta, te deberé más que la empresa.
En Brasil, Iliana escuchó las palabras de Andreas a través del micrófono oculto en el reloj. Una pequeña lágrima de alivio rodó por su mejilla, pero su expresión se mantuvo firme. No podía revelar quién era. No todavía. Huber era solo un peón, y si Andreas sabía que ella era una hacker de élite, y ceo de Sideris corp pondría en peligro a su familia también.
—De nada, CEO —susurró ella para sí misma, aunque él no podía oírla—. Pero la factura será cara.