Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 16: Entre lo dicho y lo vivido
Keily
Al día siguiente de la cena, me miré en el espejo con la misma pregunta de siempre: ¿de verdad era yo esa chica que anoche se atrevió a entrar a un salón elegante con un vestido blanco?
La respuesta llegó rápido, amarga: no. Esa no era yo, era un disfraz prestado por Luciana, por Sofía, y sostenido por las palabras de Gastón. Y aunque me había hecho sentir fuerte por unas horas, la inseguridad regresaba con más fuerza en cuanto estaba sola.
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En la universidad, la magia del vestido ya no existía. Volví a ser la “nerd gordita” con la que nadie quería sentarse. Apenas crucé el pasillo, escuché las risitas ahogadas.
—¿Vieron las fotos de anoche? —una voz sonó a mi espalda—. Increíble, ¿no? Cómo se nota que todo es un arreglo.
—Obvio —contestó otra—. Gastón jamás miraría a alguien como ella si no fuera por los padres.
Tragué saliva y aceleré el paso, fingiendo que no escuchaba. El nudo en mi estómago me recordó que, aunque él me hubiera defendido frente a adultos importantes, eso no borraba lo que la gente de mi edad pensaba de mí.
—Cerebrito.
Me giré al escuchar su voz. Gastón estaba apoyado contra la pared, con esa sonrisa tranquila que últimamente se estaba volviendo peligrosa para mí. Había venido a buscarme.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, más brusca de lo que quería.
—Esperarte. —Se encogió de hombros—. Después de lo de anoche, no pensaba dejarte caminar sola entre estos buitres.
Rodé los ojos, aunque por dentro algo se encendía con sus palabras.
—No hace falta que me defiendas todo el tiempo.
—Claro que hace falta. —Su tono se endureció—. Porque yo sé lo que se siente ser el blanco de comentarios, Keily.
Lo miré, sorprendida.
—¿Tú? ¿El popular del colegio?
Él asintió despacio, bajando la voz.
—Nunca te lo dije, pero antes de ser “el Moretti” que todos querían en su equipo, también tuve mis días de humillación. Y sí, me escudé en molestar a otros para que no me molestaran a mí. —Hizo una pausa, incómodo—. No es excusa. Fui un imbécil contigo.
Me quedé callada, sin saber qué decir. Era la primera vez que lo escuchaba admitir su culpa sin burlas, sin sarcasmo. Solo sinceridad.
La mañana siguió con clases, pero yo no podía concentrarme. Cada vez que recordaba su confesión, una parte de mí quería creerle, y otra gritaba que era demasiado tarde, que el daño ya estaba hecho.
En el almuerzo, cuando otra chica murmuró algo hiriente a mi paso, Gastón reaccionó al instante. Se levantó, se colocó frente a ella y dijo en voz alta:
—¿Quieres repetirlo, así lo escuchamos todos?
El comedor se quedó en silencio. La chica palideció, murmuró una excusa y salió casi corriendo. Yo, en cambio, sentí todas las miradas clavadas en mí, como si de repente fuese protagonista de un espectáculo que nunca pedí.
—Gastón… —susurré cuando nos sentamos otra vez— No hacía falta.
—Sí hacía falta. —Me miró fijo—. Tú todavía no entiendes cuánto vales. Y hasta que lo entiendas, yo voy a recordártelo las veces que haga falta.
Su voz sonó tan seria que me dejó helada.
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Esa tarde, mientras volvía a casa, pensé en todo lo que había pasado en menos de una semana: de odiarlo, a verlo tambalear borracho en mi habitación; de evitarlo, a escuchar su defensa en la cena; de dudar, a sentir mi corazón acelerarse cuando me miraba así.
No estaba lista para admitirlo en voz alta, pero algo dentro de mí empezaba a cambiar. Y eso me asustaba más que cualquier burla.