Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capítulo 16:Cuando la tierra ruge… y el lazo sostiene
El amanecer no llegó con luz, sino con una quietud inquietante.
El cielo estaba cubierto por nubes bajas, densas, que parecían aplastar el horizonte. El aire se sentía pesado, cargado de una electricidad extraña que erizaba la piel. Ni los pájaros cantaban. Ni el viento soplaba con su fuerza habitual.
El omega estaba despierto desde antes del alba.
No por insomnio, sino por una sensación persistente en el pecho. Una presión suave, constante, como si algo invisible estuviera tensándose bajo la tierra. Permanecía recostado junto al duque, escuchando el ritmo firme de su respiración, aferrándose a esa certeza silenciosa: estoy a salvo.
Entonces lo sintió.
Un pulso profundo.
No un temblor.
Un aviso.
Abrió los ojos de golpe.
—No es normal —murmuró.
El duque despertó de inmediato. Había aprendido a reconocer ese tono en él. No era miedo. Era intuición afilada por la experiencia.
—Habla conmigo —pidió, incorporándose.
El omega apoyó la palma contra el suelo de piedra fría.
—La vibración no es superficial… viene de muy abajo. Y se está acumulando.
No alcanzó a decir más.
La tierra rugió.
Las paredes del castillo vibraron con violencia. El suelo se sacudió como si algo gigantesco intentara levantarse desde las entrañas del mundo. Los candelabros chocaron entre sí, derramando cera caliente. A lo lejos, los primeros gritos rasgaron el aire.
El duque ya estaba de pie.
—¡Alarma general! —ordenó con voz clara, que atravesó el caos—. ¡Protocolos de emergencia ahora!
Las campanas comenzaron a sonar, graves y urgentes, expandiendo el aviso por todo el ducado.
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Desde las murallas, la ciudad se veía vulnerable.
Las calles empedradas se ondulaban como si respiraran. Algunas construcciones antiguas crujían peligrosamente. En la zona baja, el canal principal golpeaba sus muros con fuerza creciente, enturbiado por el desprendimiento de tierra.
El olor a polvo se mezclaba con el del agua removida y el metal.
—Si el canal se rompe, inundará los barrios del este —dijo un capitán, la voz tensa.
El omega ya estaba frente al mapa del ducado. Sus dedos recorrían rutas, pendientes, zonas de riesgo. Su mente trabajaba con una claridad que incluso a él le sorprendía.
—No colapsará aún —dijo—. Pero la presión aumentará. Necesitamos abrir desagües secundarios ahora mismo y evacuar las zonas de suelo arcilloso. Esas cederán primero.
Algunos dudaron.
Era joven.
Era omega.
Era tímido… en apariencia.
El duque no permitió que la duda creciera.
—Háganlo —ordenó—. Confíen en él como confían en mí.
El omega inhaló profundo.
El miedo estaba ahí, latiendo bajo las costillas. Pero no lo dominaba. Se había transformado en algo distinto: enfoque.
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—Necesito ver el daño de cerca —dijo el omega—. Los planos no bastan.
El duque lo miró con dureza… y con preocupación.
—Es peligroso.
El omega sostuvo su mirada. No con desafío, sino con convicción tranquila.
—Si no ajustamos sobre la marcha, perderemos más.
El duque cerró los ojos un instante. Luego asintió.
—No te alejes de mí. Y si te digo que te retiras, lo haces.
—Lo prometo.
Salieron juntos al corazón del caos.
El polvo se levantaba con cada réplica. La gente corría, pero al verlos, algo cambiaba. No pánico. Dirección.
—El duque está aquí.
—El elegido también.
El omega habló con firmeza, pero sin gritar. Indicó rutas, organizó grupos, calmó a quienes temblaban más por miedo que por el suelo inestable.
En un edificio inclinado, se arrodilló, tocando las piedras.
—Aquí va a ceder —dijo—. Si no liberamos peso ahora, caerá completo.
—¿Derribar una pared? —preguntó un ingeniero, pálido.
—Sí. Esta. Ya.
—¡Es parte de la estructura!
—Lo sé —respondió con calma—. Pero no sobrevivirá al próximo movimiento.
Confiaron.
Cuando la pared cayó, segundos después el suelo cedió exactamente donde el omega había previsto. El resto del edificio resistió.
El duque lo observó desde atrás, con el corazón golpeándole fuerte.
Es valiente, pensó.
Y no porque no tenga miedo… sino porque actúa a pesar de él.
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Mientras el omega se movía entre escombros y personas, el duque coordinaba el todo.
Distribuía recursos, asignaba prioridades, enviaba mensajeros antes de que el pánico pudiera propagarse. Su voz era firme, su presencia imponente. No había espacio para el caos bajo su mando.
—Mantengan la calma —ordenaba—. La calma salva vidas.
Cuando una réplica más fuerte sacudió la zona norte, el duque reaccionó sin pensar, cubriendo al omega con su cuerpo cuando una cornisa se desprendió a escasos metros.
—¡Retírate! —ordenó, con una autoridad que no admitía discusión.
El omega obedeció.
No porque fuera frágil.
Sino porque confiaba plenamente.
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El mayor peligro llegó al atardecer.
Una fisura profunda apareció cerca del antiguo puente, vital para conectar dos sectores del ducado. El río golpeaba con furia creciente.
—Si cae, quedarán aislados —informó un capitán.
El omega observó el puente, el flujo del agua, el terreno circundante. Cerró los ojos un segundo.
—No caerá —dijo—. Pero debemos aliviar la tensión ahora.
Dibujó rápidamente un esquema.
—Apoyos temporales aquí y aquí. Desvíen el tráfico. El diseño original puede adaptarse.
El duque no dudó.
—Háganlo. Yo asumo la responsabilidad.
Trabajaron contra el tiempo, con el suelo aún vibrando bajo sus pies.
El puente resistió.
Cuando la tierra finalmente se aquietó, el sol se ocultaba tras montañas cubiertas de polvo y nubes.
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El ducado estaba herido.
Pero vivo.
La gente se reunió en la plaza central. Algunos lloraban. Otros se abrazaban. Muchos miraban al omega con respeto abierto.
—Nos cuidó.
—Pensó en todos.
El omega sintió el peso de esas miradas… y no huyó.
El duque se acercó y tomó su mano sin esconderlo.
—Hoy —dijo en voz baja— vi de qué estás hecho cuando el mundo se rompe.
El omega levantó la vista, agotado pero firme.
—Y yo vi que no me soltaste —respondió.
El duque apoyó la frente en su cabello, sin importar quién mirara.
—Tu ingenio me guía —susurró—. Mi fuerza te sostiene. Juntos… resistimos.
El omega cerró los ojos.
Comprendió entonces que no había nacido para desaparecer en el silencio.
Había nacido para construir, incluso sobre tierra quebrada.
Y junto a él…
para demostrar que ningún desastre era más fuerte que un lazo elegido.