En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 15
La llamada de Alexander en la terraza se disipó con el rugido del Atlántico, pero el frío que dejó en mis huesos no se marchó con el viento. Me quedé inmóvil bajo las sábanas, sintiendo el peso del aire, ese silencio espeso que precede a las grandes tormentas. Él creía que yo dormía, que era una muñeca de porcelana que podía trasladar de un tablero a otro según su conveniencia. Pero la oscuridad me había agudizado otros sentidos; podía oír el miedo oculto en su eficiencia y el latido errático de su culpabilidad.
Escuché sus pasos regresar a la habitación. No eran los pasos firmes y arrogantes del despacho; eran cautelosos, casi temerosos de romper el cristal en el que me había convertido. El colchón cedió bajo su peso cuando se sentó al borde de la cama. Sentí su mirada sobre mí, una presión física que me erizaba el vello de los brazos. Luego, su mano rozó mi mejilla, apenas un susurro de piel contra piel, pero cargado de una posesividad que me cortaba el aliento.
—Suiza... —susurré, abriendo los ojos hacia la nada, permitiendo que mi voz rompiera su ilusión de control.
Sentí que su mano se tensaba de inmediato, pero no la apartó. Su pulgar trazó el contorno de mi pómulo con una lentitud tortuosa.
—No deberías haber oído eso, Elina —su voz era una barítono quebrada, despojada de su armadura de CEO—. Pero sí. Es hora. No voy a permitir que seas un rehén de las sombras ni de las ambiciones de tipos como Marcus.
—¿Y qué hay de tus ambiciones, Alexander? —me incorporé, dejando que la sábana de lino se deslizara por mis hombros, exponiendo la fragilidad de mi camisón de seda—. Me llevas a una clínica al otro lado del mundo para "arreglarme". ¿Es por mí, o es porque no puedes soportar que tu posesión más valiosa tenga un defecto que no puedes controlar?
El silencio que siguió fue electrizante. Escuché el siseo de su respiración contenida. De repente, sus manos atraparon mis hombros y me atrajo hacia él con una urgencia que me hizo soltar un jadeo. Estaba tan cerca que el aroma a sándalo, salitre y ese rastro metálico de peligro me envolvió por completo.
—No eres una posesión —gruñó contra mis labios, y su aliento cálido me provocó un temblor que no era de miedo—. Eres la única parte de mi vida que no se siente como un negocio. Y si hay una posibilidad, aunque sea mínima, de que vuelvas a ver la luz, voy a quemar cada centavo y cada contacto que tengo para lograrlo. Incluso si eso significa que, cuando recuperes la vista, lo primero que decidas sea marcharte lejos de mí.
Me besó con una ferocidad que sabía a desesperación. Sus manos bajaron por mi espalda, reclamando cada centímetro de mi piel a través de la seda, trazando la curva de mis caderas con una familiaridad que me hacía arder. Era un beso de despedida y de promesa al mismo tiempo. En la oscuridad, su tacto era mi única brújula, y aunque Marcus hubiera sembrado la duda sobre el accidente, mi cuerpo traicionaba a mi mente, buscando refugio en el hombre que me había comprado.
Nos quedamos así, entrelazados en la penumbra de la casa de la costa, mientras el tiempo parecía detenerse. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente para que mi cuello quedara expuesto a su boca. Cada beso que depositaba en mi piel era una marca de propiedad, una obsesión que se filtraba en mis poros. La sensualidad de la noche era opresiva, cargada de la inminencia del viaje y del final de este primer acto de nuestro matrimonio de hielo.
—Duerme, Elina —susurró contra mi cuello, su voz vibrando directamente en mis huesos—. Mañana el avión nos espera. Y cuando vuelvas a abrir los ojos en Ginebra, el mundo será distinto.
Al amanecer, el sonido de las hélices del helicóptero privado sobre la propiedad de la costa borró la paz del océano. Alexander me guio hacia la aeronave con una mano firme en mi cintura, nunca soltándome, como si temiera que el viento pudiera arrebatarme de su lado. El trayecto hacia el aeropuerto internacional fue un borrón de sonidos mecánicos y el constante aroma a cuero del interior del transporte de lujo.
Ya en el jet privado, el ambiente era diferente. Aquí, Alexander volvía a ser el hombre de negocios. Lo oía teclear furiosamente en su portátil, dando órdenes cortas y precisas a sus subordinados. Hablaba de liquidar activos, de mover fondos a cuentas suizas y de "limpiar" cualquier rastro de la intervención de Vanessa. Yo me quedé hundida en el asiento de piel, sintiendo la vibración del avión al despegar, preguntándome si realmente estaba volando hacia la curación o hacia una jaula de oro más sofisticada.
—Toma esto —dijo Alexander, rompiendo mi ensimismamiento. Sentí el contacto de una copa de cristal frío en mi mano—. Es un tinto de las bodegas de mi familia. Te ayudará a relajar la tensión.
—No estoy tensa, Alexander. Estoy alerta —respondí, dando un sorbo al vino, que era denso y complejo—. ¿Qué pasará si la cirugía falla? ¿Seguirás queriendo a una esposa que solo conoce el mundo a través de tus descripciones?
Escuché el sonido de su vaso al ser depositado con brusquedad sobre la mesa plegable. Se sentó en el asiento frente al mío, y sentí que sus rodillas rozaban las mías en el espacio reducido.
—Si falla, seré tus ojos por el resto de mi vida —su tono no admitía réplica. Era una sentencia—. Pero no va a fallar. He contratado a los mejores cirujanos del planeta. Elina, el accidente dañó los nervios, no el alma de tu visión. Hay una tecnología nueva, una técnica de regeneración que...
—Me hablas de tecnología como si fuera un contrato de fusión —lo interrumpí con una sonrisa triste—. Alexander, tengo miedo. No de seguir ciega, sino de ver la verdad que has estado ocultando bajo tu protección obsesiva.
Él no respondió. En su lugar, se levantó y se sentó a mi lado en el amplio asiento, rodeándome con su brazo. Apoyé mi cabeza en su hombro, escuchando el latido firme de su corazón. El vuelo a través del Atlántico se sintió como un cruce entre dos mundos. Por un lado, la mansión Thorne, Marcus, la traición de mi padre y el garaje donde los frenos fueron cortados. Por otro, la promesa de una luz que podría ser tan dolorosa como la oscuridad.
Horas después, el aire frío y seco de los Alpes nos recibió al aterrizar. El cambio de presión y el aroma a nieve y pino me indicaron que ya no estábamos en casa. Un coche nos esperaba a pie de pista. El trayecto hacia la clínica fue silencioso, pero sentía la mano de Alexander apretando la mía con una fuerza que delataba su propia ansiedad. Él, que nunca perdía el control, estaba temblando internamente.
La clínica olía a esterilización, a flores blancas y a ese aroma neutro de la riqueza extrema. Me llevaron a una suite privada que se sentía más como un hotel de cinco estrellas que como un hospital. Alexander se encargó de todo, hablando con los médicos en un francés fluido y autoritario, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.
—La operación será mañana al amanecer —me dijo después de que los doctores se marcharan—. Tienes que descansar ahora.
—Quédate conmigo —pedí, aferrándome a su mano cuando sentí que intentaba alejarse—. No quiero estar sola con mis pensamientos en este lugar.
Se quedó. Se acostó a mi lado en la cama clínica, rodeándome con sus brazos mientras la calefacción silenciosa mantenía el frío suizo fuera de nuestra burbuja. Esa noche, la sensualidad fue más sutil, una necesidad de contacto humano puro antes de la intervención. Sus labios recorrían mi frente y mis sienes con una devoción que empezaba a agrietar mi última capa de desprecio.
—Si mañana puedo verte, Alexander... —comencé a decir.
—Si mañana me ves, Elina, verás a un hombre que ha cometido errores imperdonables, pero que no puede imaginar un segundo de su existencia sin ti —me interrumpió, su voz cargada de una honestidad que me desarmó por completo.
A la mañana siguiente, el protocolo médico se impuso. Sentí el frío de la camilla, el tacto de las enfermeras preparándome y el aroma de los antisépticos. Pero sobre todo, sentí la mano de Alexander apretando la mía hasta el último segundo, justo antes de que la anestesia empezara a arrastrarme hacia un vacío negro y profundo.
—Te estaré esperando en la luz —fue lo último que oí antes de perder el conocimiento.
El despertar fue un proceso agónico de ruidos amortiguados y un dolor punzante tras mis párpados vendados. Sentía la cabeza pesada, pero mi primer instinto fue buscar su olor. Y allí estaba. Sándalo.
—¿Alexander? —mi voz salió como un graznido seco.
—Estoy aquí. No me he movido —su mano encontró la mía de inmediato. Su tacto era cálido, un ancla en medio de la confusión postoperatoria.
Pasaron los días en una neblina de revisiones médicas y gotas analgésicas. Alexander se convirtió en mi enfermero personal, alimentándome, leyéndome y describiéndome las montañas que rodeaban la clínica. La tensión entre nosotros había mutado; ya no era el desprecio del inicio, sino una protección que rozaba lo obsesivo. Él no dejaba que nadie más me tocara si no era estrictamente necesario.
Finalmente, llegó el día de retirar las vendas. El cirujano jefe entró en la habitación con un séquito de asistentes. El aire estaba cargado de una expectativa insoportable.
—Es el momento, señora Thorne —dijo el doctor en inglés—. Vamos a ir muy despacio. La luz será molesta al principio.
Sentí las manos del médico trabajando en el adhesivo, el sonido del vendaje al desenrollarse, centímetro a centímetro. Mi corazón latía tan fuerte que temía que interfiriera con el equipo médico. Alexander estaba de pie justo al lado de mi cama, su respiración era lo único que me mantenía centrada.
Las vendas cayeron.
—Mantenga los ojos cerrados un momento —indicó el doctor—. Voy a bajar la intensidad de la luz de la habitación. Ahora... ábralos muy despacio.
Hice lo que me pidió. Mis párpados pesaban como el plomo. Al abrirlos, solo vi borrones grises y una neblina blanca que me quemaba las pupilas. Parpadeé con fuerza, sintiendo el escozor de las lágrimas. El mundo era un caos de formas sin sentido.
—No veo nada... —susurré, y el pánico empezó a cerrarme la garganta—. Solo hay blanco. Alexander, no veo nada.
—Tranquila, es normal —dijo el doctor—. El cerebro necesita reconectarse. Déle unos segundos.
Cerré los ojos de nuevo y los abrí. Poco a poco, la neblina empezó a disiparse. Las formas grises cobraron bordes. Vi la silueta de una ventana, el brillo del metal de una bandeja... y luego, una sombra imponente justo a mi lado.
Me giré hacia la sombra. La imagen tardó en enfocarse, como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Vi una mandíbula fuerte, una nariz recta y unos labios apretados en una línea de ansiedad pura. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos. Eran de un azul tormentoso, cargados de un dolor y una esperanza tan crudos que me obligaron a apartar la vista por un segundo.
Era él. Alexander.
Era más hermoso y más aterrador de lo que había imaginado en mis sueños. La frialdad que siempre emanaba de su voz no estaba en su mirada; en sus ojos solo había una adoración febril, una protección que se sentía como una marca.
—¿Elina? —su voz tembló, un sonido que nunca pensé escuchar en él.
Lo miré de nuevo, dejando que mi visión se estabilizara en los detalles de su rostro: la pequeña cicatriz en su ceja, el rastro de cansancio bajo sus ojos, la forma en que sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la barandilla de la cama.
En ese momento, la puerta de la suite se abrió con violencia. Un asistente de Alexander entró pálido, sosteniendo una tablet.
—Señor... tiene que ver esto. Es Marcus. Ha filtrado los documentos del accidente a la prensa internacional. Dicen que usted manipuló la cirugía para borrar pruebas. La policía suiza está en la entrada de la clínica.
Alexander se tensó, y la mirada de amor se transformó en un instante en la mirada del depredador que protegía su territorio. Se giró hacia mí, y por primera vez, pude ver la sombra completa del hombre con el que me había casado.
—No dejes que te lleven, Alexander —dije, mi voz firme mientras mis nuevos ojos se llenaban de lágrimas de miedo.
Él se inclinó sobre mí, me tomó el rostro con ambas manos y me besó con una pasión desesperada antes de ponerse en pie para enfrentar el caos que venía a buscarnos.