A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad
NovelToon tiene autorización de Estefany Zárraga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: El Trono de la Reconciliación
Alejandro no permitió que Azul se levantara de inmediato. Se dedicó a mimarla, llevándole el desayuno a la cama y besando la cicatriz de su pecho con una devoción que parecía una plegaria.
—Hoy el mundo se siente diferente, ¿verdad? —susurró Alejandro, apartando un mechón de cabello de la frente de Azul.
—Se siente como si por fin hubiera dejado de correr, Alejandro —respondió ella, con una sonrisa que iluminaba sus ojos verdes—. Pero ahora que mi padre y mis hermanos me han aceptado, tengo miedo de que esto sea solo un paréntesis antes de otra tormenta.
—Mientras yo respire, no habrá más tormentas que no pueda detener —sentenció él, su voz cargada de esa autoridad amorosa que la hacía sentir invencible—. De hecho, tu padre ha llamado. Quiere que hoy sea el día.
El Regreso de la Primogénita
A mediodía, Azul regresó a la mansión García, pero esta vez no lo hizo bajo la lluvia ni con miedo. Lo hizo de la mano de Alejandro, vistiendo un conjunto elegante que gritaba seguridad. Al cruzar el umbral, la servidumbre se inclinó con respeto; ya no era una extraña, era la señorita Azul.
Ricardo la esperaba en el gran salón, flanqueado por sus cuatro hijos. Al verla entrar, el hombre no pudo contener el temblor de sus manos.
—Azul, hija... —dijo Ricardo, señalando un lugar de honor en la mesa—. Esta casa ha estado incompleta por diecisiete años. Hoy, quiero que ocupes el lugar que te pertenece como mi primogénita.
Steven (23 años), quien se sentía especialmente conectado a ella por la cercanía de edad, se acercó y le entregó una pequeña llave de plata.
—Es la llave de la habitación que papá mantuvo cerrada todos estos años. Él decía que algún día la dueña vendría a reclamarla. Está llena de juguetes que nunca usaste y libros que él compraba en cada uno de tus cumpleaños.
Azul tomó la llave, conmovida. Miró a sus hermanos: Jaen, Sofía y Alex. Todos la miraban con una mezcla de admiración y arrepentimiento. Sofía, la menor, se acercó tímidamente y tomó su mano.
—Tus ojos son hermosos, Azul. Papá siempre decía que el verde era el color de la esperanza, y ahora entiendo por qué.
El Sello de Alejandro
La cena fue un desborde de emociones. Ricardo contó historias de cómo enviaba el dinero en secreto y cómo el cirujano que operó a Azul era, en realidad, un amigo íntimo al que él le pagó una fortuna para que no fallara. Azul escuchaba, sanando cada grieta de su alma.
Sin embargo, Alejandro permanecía atento. Aunque respetaba la reconciliación, su instinto protector no bajaba la guardia. En un momento de la noche, se puso de pie y levantó su copa.
—Ricardo —dijo Alejandro, con su mirada oscura fija en el patriarca de los García—. Agradezco que hayas cuidado su vida en las sombras, pero quiero que quede algo claro ante todos los presentes. Azul ha recuperado su lugar en esta familia, pero ella es mi mujer. Mi hogar es su hogar, y mi protección es su escudo. Nadie volverá a hacerla sentir menos, ni por el color de sus ojos ni por su pasado.
Ricardo asintió con respeto. Sabía que Alejandro era el hombre que Azul necesitaba: alguien que no tuviera miedo de enfrentar al mundo entero por ella.
La Sombra del Pasado
Justo cuando la velada parecía terminar en una paz perfecta, el teléfono de la mansión sonó. El ama de llaves se acercó a Ricardo con el rostro pálido.
—Señor... es una mujer. Dice que es la madre de Azul y que ha visto las noticias. Dice que si no recibe una compensación por los "años de cuidado" que le dio a su hija en el orfanato, contará a la prensa una verdad que destruirá este reencuentro.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio gélido. Azul sintió un escalofrío, pero Alejandro le tomó la mano por debajo de la mesa, apretándola con fuerza.
—Dile que hable —dijo Alejandro con una sonrisa peligrosa—. Me encantará ver cómo intenta extorsionar a un hombre que puede comprar su silencio... o su desaparición legal